
Allá donde no hay suelo que pisar, porque la marea inunda el bosque o deja al descubierto su maraña de raíces, no es el primer sitio que viene a la mente cuando se habla del Caribe y el Pacífico. Ese imaginario lo acaparan sus playas, que sin proponérselo relegan a los manglares: aquellos ecosistemas, que aunque agonizantes, siguen siendo cruciales para la reproducción de las especies marinas.
En esos bosques, que por temporadas solo recibe visitantes en lancha, la piel se adhiere a la humedad del trópico mientras la marea, generalmente tranquila, deja ver la convivencia entre el agua salada del mar y la dulce de los ríos. Y quizás porque los manglares tienen un bajo volumen en comparación con el territorio nacional, las consecuencias de las amenazas suelen darse por sentado, pero si desaparecen, los principales afectados serían los humanos.
“La problemática está instalada desde hace tiempo, los manglares siguen muriéndose. Hay una persistencia de su destrucción”, dice Lenin Corrales, biólogo y analista ambiental. Se refiere a los daños que producen los residuos —en su mayoría provenientes de la Gran Área Metropolitana (GAM)—, la expansión urbana, la sedimentación, la construcción de salineras y camaroneras, el calentamiento global y los efluentes de la actividad agrícola.
Golpe a la mesa (y el bolsillo)
Los manglares en el mundo, incluidos los de Costa Rica, están en riesgo de colapso. Según la Unesco, la cobertura global se ha reducido a la mitad de la superficie original en los últimos 40 años.
Un ejemplo cercano surge del monitoreo remoto del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (Cimar UCR) en el manglar de Punta Flor, en Isla Chira. Allí se ha detectado una menor cantidad de invertebrados marinos en las zonas degradadas, como los cangrejos rojos (Ucides occidentalis), marinera (Goniopsis pulchra) y de mangle (Aratus pacificus), según la investigadora y bióloga Jimena Samper Villareal.
Otro caso es el del río Aranjuez, que atraviesa la provincia de Puntarenas, el cual fue canalizado por plantaciones de caña de azúcar. Y al perder la naturalidad del cauce y de la zona costera, los sedimentos se han acumulado durante años en el manglar.
“Ese río tiene avenidas y en algunas épocas del año grandes flujos de agua. En el momento en que ese manglar desaparezca, el agua va a entrar directamente y le va a pegar a Puntarenas. No sabemos qué va a pasar, probablemente empiece a erosionar la ciudad”, explica Corrales.
O bien, si desaparecieran en zonas como el Golfo de Nicoya, los efectos serían directos en las economías locales, donde las comunidades subsisten de recolectar, pescar o vender especies marinas asociadas a la alimentación: cangrejos, moluscos, camarones o peces cirujanos, que pasan sus periodos larvales o juveniles en los manglares.
“El problema es que, como no son grandes volúmenes o no mueven indicadores del Banco Central, la gente no entiende que si yo pierdo un manglar en Colorado de Abangares, se me quedaron 20-30 familias sin sustento porque no hay en qué trabajar”, acota Corrales.
En términos monetarios, los manglares pueden generar beneficios de $40,7 promedio por hectárea al año, de acuerdo con el estudio Valoración económica de los servicios ecosistémicos provistos por los manglares del Golfo de Nicoya, elaborado por el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) en 2018.
En una tercera capa, los manglares protegen a las costas: amortiguan el oleaje durante las tormentas, reducen el riesgo de desastres como inundaciones, filtran el agua y almacenan grandes cantidades de carbono.
También sirven de refugio para aves y especies terrestres desplazadas por la pérdida de otros bosques. Para animales como las boas (Boa constrictor imperator) o los tamandúas (Myrmecophagidae), que llegan a competir con las especies nativas, son la única cobertura boscosa que les queda.
Y la pérdida de los beneficios que brinda el ecosistema, según la investigadora Samper, afecta inevitablemente al bienestar humano. “(Se reduce) el secuestro de carbono, biodiversidad, protección de la costa, reciclaje de nutrientes, así como su función como ambiente guardería de juveniles de muchas especies de consumo humano, incluidas comerciales”, explica.
El riesgo de desaparición es inminente: según el Diagnóstico del Estado del Ambiente Marino-Costero del Pacífico de Costa Rica, elaborado por el World Wildlife Fund (WWF), el país ha enfrentado una pérdida histórica de 13.930 hectáreas de cobertura de manglar desde 1992.
Además, para el 2050, la tierra perdería 7.065 km² de manglares, acorde con una evaluación global emitida por la Lista Roja de Ecosistemas (LRE) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que calificó a los ecosistemas costarricenses como “vulnerables”.
Cangrejos viven en tapas de botella
“Cualquier lugar donde usted encuentre manglares cerca de las ciudades, va a encontrar una gran contaminación”, señala Jorge Jiménez Ramón, biólogo especialista en manglares y exdirector de MarViva.
Sobre los manglares de Puntarenas, añadió que están contaminados por los residuos orgánicos y fecales de la capital, así como los ingenios azucareros ubicados en los bosques. Como consecuencia, las bacterias de los residuos compiten por consumir el oxígeno y dejan en desventaja a las especies nativas, que desaparecen o migran hacia otras zonas.
Lo mismo ocurre en la desembocadura del río Tárcoles, en Guacalillo, donde los cangrejos de manglar, esos mismos que aparecen en las monedas de ¢50, habitan tapas de botella en lugar de ramas de un mangle. Años atrás también afloraban del lodo las pianguas y las chuchecas, pero ahora casi no quedan.
La contaminación por químicos la vive el manglar de Tivives, en Esparza, luego de que el río Jesús María recibiera los desechos de una planta de cianuro. También es protagonista de una sedimentación tan fuerte que, según Jiménez, hace que los manglares “estén desapareciendo”.
“Por la concentración de sedimentos, las partes del manglar se están llenando de tierra y eso hace que empiezan a crecer los pastos y los árboles. El manglar se reduce en un escenario en el cual tenemos un aumento del nivel del mar, debería ser al revés”, acota el biólogo.
De la contaminación por el uso de insecticidas y pesticidas para el riego agrícola no se escapan los manglares aledaños al río Tempisque. “Pareciera extraño, pero las políticas crediticias generalmente favorecen el uso y el abuso de fertilizantes; muchos terminan en el agua y por lo tanto en el manglar. Está relacionado con las políticas en las que si usted no utiliza tantos kilos (de fertilizantes) por hectárea, no le dan el préstamo”, añade Jiménez.
En otros sitios, como Térraba-Sierpe, el flujo de las mareas se reduce por la construcción de canales o muros que buscan drenar la zona para talarla y, eventualmente, cultivarla con pasto y caña.
La problemática se agrava (todavía más) con la explotación de las especies que anidan en los manglares: las chuchecas, que aunque son prohibidas de extraer desde la década de los años 70, aún se pueden comprar en restaurantes alrededor del Golfo de Nicoya. Y quizás no se ha extinguido la especie, pero sí se ha reducido el avistamiento de otras especies como el colibrí de manglar (Chrysuronia boucardi), endémica de la costa del Pacífico costarricense y bajo amenaza de extinción.
Para el 2021, el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie) calculó una cobertura de manglar en Costa Rica de 52.802 hectáreas, lo que representa alrededor de 1% del territorio nacional. De ese total, el 99,85% de los ecosistemas se encuentra distribuido en la costa pacífica, incluyendo la isla del Coco, y solamente el 0,15% en la vertiente del Caribe (sectores de Gandoca y Moín).
Larga recuperación
“En este momento los manglares necesitan restaurarse”, señala el biólogo Jiménez. Pero esa tarea requiere tiempo: según el clima y la intensidad de las amenazas, la recuperación puede tomar entre 15 y 20 años en sitios húmedos sin problemas de hidrología, o hasta 100 años en zonas secas afectadas por la tala.
A su juicio, los manglares pueden verse beneficiados si se destruyen los canales que pretenden dragar la zona, de las campañas de reforestación y el desarrollo de sistemas de tratamiento de aguas negras.
“Yo creo que el país avanzó mucho en lo que es la protección del manglar por tala directa desde los años 60 y70, pero no por la contaminación de las aguas (...). Es un trabajo que le compete mucho a los gobiernos locales en la construcción de plantas de tratamiento. Se necesita más vigilancia, más control”, agrega.
Dichosamente, la recuperación es factible. Corrales, quien ha trabajado por décadas en múltiples proyectos de restauración, aseguró que si la tierra se conserva, el manglar puede regresar. “Nosotros lo único que hacemos es devolverle las condiciones hidrológicas y el manglar vuelve a repoblar”, cuenta. Y de ello depende qué tan alterado esté y la voluntad política por sanear la problemática.
Eso sí, aseveró que en algunas zonas, como Chomes de Puntarenas, hay viviendas asentadas dentro de los manglares. En esos casos habría que analizar la viabilidad social de reubicar a las familias y, a la vez, contemplar el potencial de restauración de cada área afectada.
“El país necesita conocer cómo está el manglar y cuáles son las amenazas”, dice. “Lo que se necesita es hacer estudios sobre las causas de degradación de los manglares. En Costa Rica probablemente podamos decir que ‘el país ya no está perdiendo tanto manglar’, pero degradándose sí. Ahí está el ejemplo de Pitaya, de Jicaral, de Uvita... La reacción de las autoridades, a veces, es que hasta que se muere el ecosistema, actúan”.

A lo largo del mundo, distintas iniciativas han demostrado que es posible revertir parte del deterioro. En junio pasado, la revista Science encontró que, gracias a la regeneración natural, las pérdidas mundiales se han desacelerado de forma drástica mientras que las ganancias han aumentado. Y en Costa Rica, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente rescató en 2023 que el Santuario del Tiburón Martillo del Golfo Dulce restauró 68 hectáreas de hábitat de manglar degradado.
Por lo pronto, el país sostiene esfuerzos planteados en la Estrategia regional para el manejo y conservación de los manglares en el Golfo de Nicoya (2019-2030) y otras políticas ambientales del Programa Nacional de Humedales.
A nivel local, un ciudadano que viva cerca de un manglar puede comenzar por limpiarlo. Y quien esté lejos de estos ecosistemas puede empezar por algo más sencillo: no tirar basura al río.


