
La falta de agua en Aserrí ha obligado a vecinos, comerciantes y centros educativos a modificar sus rutinas para conseguir el líquido. En algunas comunidades, el servicio llega durante pocas horas de la madrugada; en otras, los habitantes dependen de estañones, tanquetas y botellas para almacenar lo necesario. El problema ocurre además en medio de un brote de hepatitis A que suma 14 casos entre Aserrí y San Juan de Dios de Desamparados.
Los vecinos han convertido estañones azules, botellas de gaseosa y otros recipientes en pequeñas reservas para cuando el agua vuelve.
Doña Mandemia Rojas está en el jardín de su casa, rodeada de ropa tendida, cuando le preguntamos cómo enfrenta el problema.
“Aquí es terrible. Yo hoy me levanté a las 5 de la madrugada para ponerme a lavar. Toda esta ropa que ve es de esa tanda. Ya esto es la rutina”, cuenta.
“Yo espero que tal vez si entra Acueductos y Alcantarillados (el municipio se encarga de la operación de agua en Aserrí) tal vez las cosas mejoren”, agrega.

A un kilómetro está la pulpería de doña Maritza Castillo, quien lleva 50 años viviendo en Salitrillos. Recuerda que décadas atrás debía levantarse de madrugada para recoger el agua y dice que esa rutina está regresando.
“A veces la conectan a las 4:30 de la mañana y a las 7 ya no hay. Si vuelve por la tarde, puede durar dos horas y se vuelve a ir”, cuenta.
En su casa, la falta de agua tiene consecuencias particulares. Su esposo tiene una discapacidad y diabetes; su hijo sufre asma y ella padece una hernia que le dificulta levantar estañones pesados.
Para beber y cocinar compran tres garrafones los miércoles y sábados, a ¢2.300 cada uno.

Pero incluso cuando llega agua por las tuberías, Maritza no siempre confía en ella.
“Una vez abrí el tubo para llenar un vaso y salieron unas lombrices negras. Cuando llueve fuerte, también puede salir con barro. ¿Quién va a tomar agua con barro?”, reclama.
En el barrio Los Itabos encontramos a don Miguel Ángel “Felo” Segura, de 93 años. Vive solo y tiene dos estañones: uno para almacenar agua y otro para el sanitario. Cuando la presión no alcanza, se baña con un tarro.

“Yo no tengo dificultades porque tengo esos estañones. Vivo solo. Pero hay mucha gente que sí las tiene. Hay casas donde viven cinco o seis personas y no tienen una gota de agua”, afirma.
Y agrega: “Muchas de estas personas no tienen ni para comprar arroz, menos para un estañón”.
Don Miguel también dice que, por los reportes sobre contaminación del agua, ahora la hierve antes de consumirla.
La preocupación coincide con los hallazgos del Ministerio de Salud, que detectó niveles de cloro por debajo de lo recomendado, sedimentos y coliformes fecales en el Sistema Lourdes del Acueducto Municipal de Aserrí. Salud confirmó 14 casos de hepatitis A entre Aserrí y San Juan de Dios de Desamparados.
Más testimonios
Más abajo aparece Mary Arce, vecina de la zona desde hace unos 30 años. Ella recuerda cuando el agua del río formaba parte de la vida cotidiana.
“Mis hijos se bañaban en el río. Yo lavaba las mantillas y hasta recogía agua del río para tomar”, recuerda.
Ahora, dice, aquel río está prácticamente seco y ya no confía en el agua que sale de los tubos.
Mary relaciona el deterioro con el crecimiento de las viviendas en las partes altas y con la falta de planificación.
“Cuando eso pasó, vino el verdadero problema. Me van a disculpar, pero aquí todo se trata de las heces”, asegura.
También cuestiona la forma en que se han tratado los recursos naturales de la comunidad.
“¿Cómo es posible que antes tomábamos y nos bañábamos con esta agua del río y ahora yo no confío ni siquiera en el agua que de vez en cuando sale del tubo?”, pregunta.
“¿Cómo es posible que yo, que soy solo una maicera, sepa que hay que cuidar los árboles, que hay que cuidar cómo nos deshacemos de lo que botamos?”, añade.
En otra comunidad de Aserrí, una profesora de una escuela pública, que pidió mantener su identidad en reserva, cuenta que el centro educativo debe hacer “mil maravillas” para funcionar.
La Municipalidad les envía una tanqueta, pero generalmente el agua se termina al mediodía. Si el servicio llega durante la noche, intentan llenar los tanques para tener abastecimiento durante la jornada siguiente.
“Se trata de la calidad del agua. Aquí nosotros le pedimos a los niños que traigan agua potable de sus casas para mantenerse hidratados porque todo está contado, pero también es difícil porque no sabemos cómo es el agua en sus casas”, explica.
En algunas ocasiones, dice, deben suspender lecciones porque llegan a la tarde sin agua.
La profesora lleva 30 años trabajando en Aserrí y asegura que las quejas por el servicio no son nuevas.
En los comercios, la situación también deja pérdidas.
Comercios

Mario Mora tiene más de 30 años de trabajar en su salón de belleza. Antes atendía entre cinco y seis personas al día; ahora apenas puede trabajar con dos o tres.
“Estamos hablando de que me ha reducido el trabajo a la mitad”, afirma.
Para ahorrar agua, Mario ha tenido que modificar la manera en que trabaja. Algunas veces logra recoger agua durante la madrugada y muestra tres botellas que llenó con un pequeño chorro que comenzó a salir alrededor de las 4 de la mañana.
“Algunas veces ha salido limpia y otras veces sale como un fresco de tamarindo. Obvio, para beber prefiero comprar agua, pero no es justo porque pago un recibo de una agua que no me llega”, reclama.
Mario también cuestiona que, mientras los comercios y vecinos enfrentan racionamientos, se construya un parque frente a la iglesia.
“¿De dónde cogen agua para hacer ese parque? La necesidad prioritaria era arreglar el asunto del agua”, dice.
Eileen Varela, manicurista, comparte su preocupación. “Acá es muy incómodo. Por dicha los clientes comprenden, pero es difícil”.
Ella comparte su salón con Gerald Morales, quien trabaja como barbero. “Es muy complicado. La vida cambia y nos tenemos que adaptar a que no abra al tubo”, agrega.
Puede leer el reportaje completo sobre este tema en Revista Dominical y en este enlace.
