
De camino al valle de Limoncito, en Coto Brus, Guillermo Hurtado explica que la mayoría de habitantes de la zona heredaron esas tierras de sus padres.
Así me da a entender porqué alguien viviría en lugares tan alejados y profundos.
El paisaje, además de ser infinitamente verde, tiene algunos rótulos desteñidos de Rodolfo Piza, y comercios que comparten el nombre: Pulpería El Valle, Soda El Valle, Salón El Valle.
Allá, en las entrañas de la montaña, se encuentra una finca que se alimenta por el río Coto y el río Limoncito.
Entre pollos, cabras, matas de plátano, y perros, el fondo CARSI-CRUSA inauguró dos estanques para que los habitantes de los alrededores, y los indígenas guaymíes –que habitan en la reserva La Casona–, aprendan sobre la piscicultura.
“El fin de este proyecto es el desarrollo social. Lo que va a coronar este proyecto es juntar a los guaymíes como ciudadanos costarricenses, con los criollos blancos, para darles esa oportunidad de prosperidad a través del uso del agua y la piscicultura”, comentó Hurtado.

Con el fin de llevar las capacitaciones, Green Jobs contó con una traductora para los indígenas, Carmela, una señora seria que no ve a los ojos, pero reconoce la importancia de dar saltos de fe.
“Yo vi que este proyecto era muy bueno, con el fin que es para el consumo de la familia. Así uno puede ir creciendo, y va vendiendo el pescado en la zona”.
Para CARSI-CRUSA y para la UTN, así como para don Guillermo, la importancia de este proyecto –en esta zona específicamente– es mostrarles a los habitantes que existe otra forma de vida. Sin embargo, en un inicio fue difícil que los guaymíes se involucraran en el proyecto.
“A la gente mía le cuesta entender cuando algo es bueno porque quieren ver los resultados rápidos. Pero ya al menos hay 10 indígenas en el proyecto”, aseguró Carmela.
Bajo el agua
A las 8:45 a . m. el sol calienta el agua de los estanques en la finca. Allí se tendrán que meter quienes quieran aprender a pescar.
Así, poco a poco, ante un pueblo entero reunido, se meten campesinos, jóvenes, señores, y mujeres indígenas con sus vestidos.
Don Guillermo también entra y mientras actúa, les explica lo que va haciendo. Lo que ellos tienen que hacer. Los alienta a que se muevan más lento.
Les tomó, más o menos, media hora en pescar lo suficiente para alimentar a un público atento. Más de 50 cabezas hambrientas.
Entre los presentes estaba Urbano Mendoza, miembro de la asociación de desarrollo indígena La Casona y síndico en el circuito de Limoncito.
“El proyecto de piscicultura es muy visionario para la comunidad, indígena o no. Esto le dará sostenibilidad al pecado de río”.
Según Mendoza, “desde la historia, a los indígenas los han catalogado como gente pobre o con poco conocimientos. Pero eso no es cierto. En la parte científica no tenemos conocimientos, pero a través de colegios y asesorías técnicas los indígenas pueden superarse”.
La finca
Para llegar a la finca hay que cruzar un puente de hamaca, y pequeñas venas de río que refrescan. Los del pueblo se acercan conforme los rumores de una nueva forma de vida, se instalan entre las calles de piedra. Todos quieren aprender.
Una vez que los peces están fuera del agua, las señoras pasan a cocinarlos. Mientras esto sucede, don Guillermo reflexiona.

“En este momento, el mercado de los productos agropecuarios está colapsado. No existe una plataforma que les permita –a los de la zona– comprar a precios justos para que ellos puedan rentabilizar sus productos. Entonces tuvimos que proponer un método con productos atípicos, y ahí entra la piscicultura”.
Mientras don Guillermo habla, una larga fila se arma para que cada quien recoja su plato: arroz, ceviche de plátano, picadillo de palma, plátanos maduro y un fornido pez gato, frito, carnoso, blanco, limpio, puro.
“Esta es, probablemente, la única comida fuerte que muchos tendrán hoy, y sin mentirle, puede ser que durante días. Esta forma, lo que estamos haciendo, nos permite estar con ellos. Yo me ausento dos semanas, y qué van a pensar. Se desmotivan, y ellos lo único que tienen es la esperanza”.
