Los dedos se le empezaron a entiesar desde hace más de medio siglo. Si su memoria no lo traiciona –y parece que no lo hace–, él era un chiquillo de unos siete años.
La artritis se los torció, al igual que las piernas, y le robó uno que otro anhelo de niño. Le molesta, sí, pero tampoco le hace mucho caso. En el mundo en el que le tocó vivir a Martín, la rigidez de su cuerpo ha sido solo una pequeña piedra en el zapato.
Al final, con todo y todo, los dedillos le sirvieron. Se acomodaron curvos sobre su vocación y se doblegaron al son de las primeras melodías que oyó en la escuela de enseñanza especial Fernando Centeno Guell, en Guadalupe.
Entonces aprendió otra cosa: ¡a soplar! “Diay, soplando. Yo no las conocía, las oí sonar pero no las conocía, y entonces le pagaron a un viejo para que nos diera clases en la Centeno Guell. Tenía como 13 años”. Ese fue su primer encuentro con la trompeta.
Quién sabe si la irreverencia se le pegó desde aquella época, pero lo cierto es que ya no lo suelta. Así, con ese mal humor seguidillo de una risotada, contesta cada pregunta. Casi convence de que es él quien ha revolcado al mundo, y no el mundo a él. Años después de aquel primer soplido, y un poco guiado por la necesidad, descubrió que aquel instrumento también podría servirle de tabla salvadora.
El compás de
Los vendedores ambulantes, en cambio, se instalan en bandada esperanzados de que esa noche no aparezca la policía municipal.
“¡Música, lleve la música!”, grita el que abraza los discos mientras bailotea, dos pasos hacia al frente y uno hacia atrás.
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Música es precisamente lo que Manuel Martín Irias Quirós hace a diario para ganar su pan. “Yo aquí vengo a trabajar, no ando pidiendo”, recalca tras terminar la pieza española, sentado en su maltrecha silla de ruedas, frente a la librería Universal, en el centro de San José.
Ahí es común encontrarlo. Llega a eso de las 4 p. m. y, dependiendo de cómo lo trate la noche, cambia de lugar. Para las 8 p.m., ya el tarrillo anaranjado alberga unos cuantos colones. Si le va bien, dice, puede reunir hasta ¢20.000 en un día.
Un sombrero le cubre la alambrina blanca que tiene por melena. Oscurece y el sombrero ya no le hace falta. Entonces, las tenues luces de la avenida central le abrillantan la cabeza.
¢100... ¢500... ¢1.000... Los caminantes son agradecidos. Martín los bendice, pero no los ve: hace también una vida entera que sus ojos solo distinguen parchones. Al filo de las 11 p. m., se hace hora de ir a casa. Quizá su hijo vaya o tal vez viaje en taxi... La noche siguiente, el trompetista toca en la avenida 0.
Manuel Martín vino al mundo hace 71 años y lo plantaron bajo un árbol de limón. Al menos, eso dice él. “Tenía año y dos meses y vivía en la calle, mi mamá era de esas que hay ahora, que andan de aquí para allá con los hijos a cuestas, pidiendo, y que luego los dejan en cualquier lado; así era mi mamá”.
Para aquellos días, un proyecto de electricidad atrajo a los vecinos de Alajuela a los alrededores del río Virilla, y entre ellos estuvo Martín.
“Entonces ahí llegó la mamá mía con el hijo de mi madre, de año y dos meses, que era yo. Y me tenía amarrado en un potrero, debajo de un palo de limón, y ella allá, lavando trastes”, narra, mientras enhebra los parches de la historia que le han contado.
Pronto aparecieron un par de padres adoptivos. “Dos muchachos que eran hermanos, uno ya se murió; querían ayudarme, llevarme a su casa. Y se lo consultaron a su mamá”.
El trompetista no sabe muy bien por qué, pero al final, la anciana madre de estos muchachos –de unos 60 años–, aceptó traerme a su casa. “La cosa es que cruzaron los ríos Ciruelas y Virilla, y en la noche llegaron con el hijo de mi madre envuelto con una camisilla, sin pantalón. Dicen que mi mamá no les dio ni el chupón”.
Fueron buenos con él, recuerda; pero las cosas cambiaron con el tiempo. Los males del pequeño se pronunciaron y su educación se hizo cada vez más difícil. Cuando la suerte y la bondad de algunos le permitieron terminar su educación, Martín descubrió que el mundo era más duro de lo que imaginó. “Nunca me quisieron dar trabajo, pese a que soy bachiller en Ciencias y Letras”.
Aun así cacheteó a la vida. Y para sacar adelante a una familia de nueve hijos y a una esposa que lo dejó, él, su trompeta y un acordeón, se instalaron en la avenida central, desde que el músico tiene 27 años.