Mónica Morales. 15 febrero
Tinta Fresca
Tinta Fresca

He hecho dieta, ayuno intermitente, ejercicio matutino y eliminé azúcares. Los tres kilos siguen ahí, tan aferrados a mi cuerpo como yo aferrada a la idea de que estoy gorda.

Siempre he sido gorda. Fui de esas bebés de piernas apretadas y por eso mi mamá se hizo experta en cortarle los elásticos a los calzones para que no me marcaran.

Sufrí el bullying que vive toda niña rellenita. Tenía pocos amigos, cero pretendientes y ninguna aspiración a ser parte de las populares de la escuela o el colegio.

Mis primos me cantaban: “y avanza y avanza Mónica con su panza, y rebota y rebota como una pelotota”... Tengo 34 años y aún recuerdo sus voces entonando la canción como si fuera un himno.

Cuando llegó la adolescencia, llegaron los cambios físicos. Me estiré y bajé de peso. Era lindísima, pero ya el daño estaba hecho. Tener amplias caderas y unas grandes nalgas naturales solo me llenó de inseguridades.

Mi porcentaje de grasa siempre está al límite y, claro, de algo tienen que estar rellenas estas nalgas. Lo que hoy muchas –y muchos– se desean, para mí ha sido un martirio.

Me quejo de lo que se queja toda persona gorda: encontrar pantalones que me queden bien es como una misión imposible, en las sillas del bus no me caben las caderas, y en la tele y las revistas nunca hay mujeres como yo. ¡Juepucha, así cómo cuesta ser feliz!

Mi gordura no son esos tres kilos de más que cada mañana marca la báscula. Mi gordura está en la cabeza, en la insistente idea en que nunca estoy lo suficientemente flaca, en la culpa que acompaña el comerse una dona o un helado.

Si ustedes me conocieran en persona entenderían lo ridículo de mi autopercepción. Mis medidas son 79, 68, 103. Soy Kim Kardashian pero sin tetas. Y todo eso después de haber parido.

La presión por ser parte de un estándar es inevitable, y aunque mis papás siempre me han insistido en que soy preciosa, yo siempre he pensado que todas las gallinas ven lindos a sus pollos.

Hace pocos días vengo trabajando en aceptar esos tres kilos extra que se niegan a salir de mi cuerpo, apropiarme de ellos, llevarlos con orgullo. Hay una simple razón: ahora yo soy la mamá gallina y quiero que mi pollita crezca feliz con su cuerpo, sea como sea.

También hay otra razón: me encanta que mi esposo me toquetee las nalgas, pero sobre este tema no quiero entrar en detalles porque sé que mis papás leen mis columnas.

Sigo haciendo ayuno intermitente, evadiendo los azúcares y haciendo el ejercicio matutino porque me hacen sentir que cuido mi cuerpo. Lo hago un poco por salud y otro por vanidad –que un poquito de vanidad no le hace daño a nadie–.

Soy una persona más feliz desde que trabajo en aceptarme y agradecer por lo que me tocó. El fin de semana pasado hasta me puse un crop top. ¡Tomen eso, primos!