
¿Alguna vez se han preguntado cuál es la ventaja evolutiva que nos confiere, como especie, haber desarrollado capacidades de razonamiento?
Somos una especie con 300.000 años de historia, y la respuesta más obvia pareciera apuntar al desarrollo de destrezas para lidiar con nuestro entorno, más allá de las provistas por los mecanismos instintivos de huida o lucha. Esto requiere habilidades cognitivas, ciertamente, pero no necesariamente razonamiento.
Por otro lado, los últimos 4.000 años (poco más del 1% de nuestra evolución), muestran el desarrollo de esa capacidad en grado sumo, mediante la elaboración de normas legales, silogismos lógicos y teorías científicas. Pero no nos engañemos: estos son logros de individuos excepcionales, no del común de la especie. La ciencia y la tecnología avanzan merced a una minoría de individuos. El resto nos mordemos la lengua y volvemos los ojos al cielo si tenemos que calcular mentalmente la multiplicación de 17 por 27. Nuestras capacidades cognoscitivas, individualmente consideradas, son muy limitadas para la mayoría de nosotros.
Lo más probable, como suele suceder, parece estar en el justo medio. En los 2.500 siglos que nos llevan de los primeros H. Sapiens al desarrollo del lenguaje y la escritura modernos, desarrollamos el razonamiento como un medio para entender el comportamiento de otros humanos, de nuestra horda o de otros colectivos; para poder anticipar sus acciones, amistosas u hostiles; para no dejarnos engañar, en suma.
Solo que, a la vuelta del tiempo, esas mismas capacidades nos han obligado a bajarnos de nuestro pedestal de mono sabio. Nos ha tomado todo ese tiempo para darnos cuenta de que puede que los demás no logren engañarnos, pero nos engañamos nosotros mismos con frecuencia y facilidad pasmosas. Evidencia acumulada en los últimos 50 años nos deja ver, claramente, que somos muy limitados y bastante torpes a la hora de tomar decisiones, tanto individuales como grupales.
Como no podemos saltar con facilidad entre el hoy vivido y el futuro imaginado, tomamos decisiones contrarias a nuestros mejores intereses. Ahorramos menos y comemos más de lo que debemos. Como no aprendemos en cabeza ajena, nos creemos inmunes a los infortunios que acaecen a otros y realizamos comportamientos de alto riesgo. Manejamos tomados y tenemos sexo sin protección. Anteponemos la creencia personal a la abrumadora evidencia. Tomamos homeopatía y consultamos el horóscopo. Como somos muy deficientes en el manejo de probabilidades, subestimamos el tiempo y la dificultad de alcanzar nuestras metas. Por eso procrastinamos continuamente y jugamos lotería.
Estas limitaciones individuales, y muy humanas, se acrecientan, y sus consecuencias se agravan, cuando la estupidez se nos contagia, y la propagamos en manada y a mansalva. Cuando nuestra incapacidad de separar el grano de la paja, lo cierto de lo falso, nos lleva a reproducir contenidos, mensajes, imágenes y noticias que no soportan el más mínimo escrutinio, si tuviéramos el mínimo autocontrol para hacer pausa y preguntarnos cuatro o cinco cosas.
Este virus, como el de la gripe, nos puede afectar a todos, porque su explotación se basa en un conocimiento detallado de nuestras carencias de razonamiento y de nuestras debilidades como individuos. Y podemos ver a personas muy bien educadas, con altos grados académicos, obtenidos en prestigiosas universidades, aparcar lo mejor de su cerebro para dar rienda suelta a sus prejuicios o a las emociones del momento. Ninguno de nosotros es inmune.
Por eso, debemos seguir desarrollando todos los mecanismos posibles, individuales y colectivos, para protegernos de nuestra propia estupidez. La educación sigue siendo el mejor de aquellos y el periodismo de calidad el mejor de estos. Porque como no hay vacuna para esta pandemia, la capacidad debemos desarrollarla un día sí y otro también, en esta generación y en las que siguen.
Y no lo digo a propósito de la última elección presidencial, en la que un tema puntual, revestido de connotaciones ideológicas y emocionales desproporcionadas, y unos intentos inéditos de manipulación de la opinión pública, nos tuvieron a punto de volarnos de un plumazo 200 años de modelo republicano y 70 años de modelo de convivencia.
Lo digo porque cosas así han pasado, pasan y podrían volver a pasar, en otros lugares, y también aquí, si no nos cuidamos de nuestra propia ignorancia, de nuestras limitaciones y de nuestras debilidades. Empezando por admitirlas y conocerlas.
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