Iñigo Lejarza (ilejarza@gmail.com). 6 octubre
Tinta Fresca credito: Dominick Baltodano
Tinta Fresca credito: Dominick Baltodano

Comencemos con una somera lección de humildad. Cuanto más conocemos, más sabedores somos de lo infinitamente pequeños e irrelevantes que somos en este universo que, según los últimos cálculos, tiene al menos 13.800 millones de años de antigüedad. El sol que nos alumbra tiene unos 4.500 millones de años, misma edad que nuestro planeta, que se formó prácticamente en forma simultánea. Y nuestra especie, apenas 300.000 años de caminar sobre el planeta.

Como todavía no sabemos a ciencia cierta cuál es la tasa de expansión de este universo, no sabemos tampoco si se expandirá constantemente o si, por el contrario, esa expansión se detendrá y el universo volverá a contraerse. Pero eso es irrelevante para nosotros, como especie, porque es altamente improbable que estemos ahí para verlo.

Si no nos hemos encargado nosotros mismos de extinguirnos (y estamos haciendo méritos para ello hoy mismo), requeriríamos colonizar el espacio, porque el sol también tiene fecha de caducidad, pues está a media vida. Y, sin necesidad de apurar tanto el tiempo, hay muchas formas y escenarios en que podríamos, y podemos, desaparecer como especie. Si el pasado es el mejor predictor del futuro, no deberíamos durar muchos miles de años más.

Y, sin embargo, aquí estamos. Cada día más soberbios y jactanciosos, como individuos y como especie. Cada vez más ansiosos por mostrarnos, asertivamente, como el ombligo, no ya del mundo, sino del universo. Monos desnudos cada vez más vanidosos y orgullosos de nuestras galas. Primates ruidosos, blandiendo hachas y teléfonos.

Empecinados en generar límites y barreras entre nosotros, sean estas tan físicas como guetos o tan etéreas como las fronteras. Empeñados en establecer jerarquías de todo tipo, desde las que confieren la riqueza o el poder hasta las que podemos crear artificialmente en materia de gustos.

Buscando desesperadamente lo similar, lo que nos identifique, lo que nos valga y nos justifique, lo que nos brinde el gélido calor del grupo, aunque para hacerlo tengamos que demeritar a otros, mediante el simple procedimiento de decretar que los que es diferente es peor.

Alquimistas inversos que mutamos oro en carbón, patriotismo en nacionalismo, democracia en mayoría, conflicto en guerra y disenso en muerte.

Angustiados monos locos que, presas de una mala metáfora de la teoría de la evolución, seguimos creyendo que vivimos en un mundo en el que no cabemos todos, en el que los recursos no alcanzarán y en que la única forma de sobrevivir es mediante la competencia feroz y la aniquilación de otros que compitan por esos recursos. Por ello hay que agruparse, ser más y más fuertes, porque solo así sobreviviremos: a costillas de otros, que serán menos y más débiles. Y estamos dispuestos a apear nuestro cerebro y nuestra razón, y anegar lo que la evolución de la especie y la historia de las civilizaciones nos enseña una y otra vez: que ningún problema nuestro se resuelve, en forma estable, mediante el recurso de la fuerza; que lo que nos ha permitido progresar es la cooperación y que, para nuestra especie, el único motor de la sobrevivencia es el amor.

Sé que así dicho debe de sonar cursi, a edulcorado mensaje motivacional, a hablada de líder religioso viendo para el ciprés, a música de coro juvenil que aplaude mientras se mece, a anuncio de refresco, a mensaje de político millenial, a tuit de iluso, a grafitti de tonto de barrio y a baba de perico.

Por separado o, peor aún, todo junto. Pero aparquen la sorna un minuto, y pónganse a pensar. Pregúntense: ¿qué me mueve a mí, cada mañana, para levantarme y hacer lo hago? ¿Por qué me afano? ¿Para qué emito tantas y tan complejas conductas? ¿Cuál es el motivo ulterior de todo lo que hago? Y verán que, después de que hayan rascado la superficial capa prosaica de los lunes por la mañana (“para ganar dinero” o “para pagar las facturas”), lo que encontrarán es amor.

Y no hay que acudir al eximio ejemplo de las madres, o de las monjas, o de las médicas.

Piense en su mascota; en sus esfuerzos de reciclaje; en el cuido de su jardín; en el cultivo de sus afectos; en su adscripción a causas; en su aprecio por el arte y lo bello; en su orgullo por un trabajo bien hecho.

La inmensa mayoría de los seres humanos actuamos movidos por el amor. Ese concepto que, más allá de los gestos del altruismo y el desprendimiento; más allá de la atracción física y la pulsión sexual; más allá de la amistad y el compromiso, era reconocido desde la antigüedad clásica como la pulsión de la vida por sostenerse y perpetuarse; por crecer y ordenarse; por superarse y mejorar. Reconocida, simbólicamente, como Eros. Porque la vida ama la vida. Y cuando la vida es consciente, se sabe frágil y se valora. Y la valora en otros seres vivos. Y se cuida y los cuida.

Por eso, en estos tiempos de incertidumbre, de ruido y de furia, mal haríamos al ignorar nuestra fragilidad y nuestra irrelevancia cósmica; al desentendernos de las amenazas que nos son comunes; al ceder a la tentación de la autoafirmación a costillas del otro; a creernos poseedores de la verdad y a confundir ideas con personas; al zaherir, al agredir y al lastimar a otros en forma gratuita, por motivos baladíes, sin justa causa. Porque solo el amor es capaz de materializar el destino de un ser vivo y consciente. No ahorremos amor; ese amor que dejamos guardado y sin usar, porque nos hace vulnerables: al rechazo, al qué dirán, al cómo me veré.

Gástemoslo de todas maneras: porque de nada sirve sin usar; porque no se acaba y porque, a la postre, siempre nos hará felices.Porque no hay un destino de cada uno separado de todos, sino un destino de todos encarnado en cada uno de nosotros. Y que de nosotros depende.

De nuestra capacidad de amar, sobre todo.