Por: Antonio Alfaro.   30 septiembre, 2017

Le llaman la sin hueso, la muestran los Rolling Stone, la asoma la culebra, la estira el camaleón, la exhiben en más de un selfie los muchachos sin razón.

Ciertamente no tiene huesos, pero puede romperlos todos con una ofensa, un maltrato, un chisme.

La Real Academia Española, creyéndonse muy objetiva, se limita a definirla como “órgano muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para gustación, para deglutir y para modular los sonidos que les son propios”.

Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Más reveladora y atrevida es la adivinanza de los escolares en el recreo: “Guardada en estrecha cárcel por soldados de marfil, está una roja culebra, que es la madre del mentir”.

Es bien sabido que los animales no la consideran poca cosa. La culebra la muestra a menudo con sus dos puntas separadas; a falta de nariz, con ella “olfatea” el ambiente. El oso hormiguero carece de dientes, pero su larga lengua le permite engullir hasta 35.000 hormigas por día. Según National Geographic, la saca y la mete a gran velocidad, hasta 160 veces por minuto. Gracias a ella y su precisión casi quirúrgica, no destruye el hormiguero, donde al día siguiente puede ordenar de nuevo la especialidad de la casa. No menos artista, el colibrí complementa su gracioso, veloz y ágil vuelo con el disparo de su lengua, que, por si fuera poco, puede enroscarse para agarrar cual mano el néctar, según recientes descubrimientos científicos. Los gatos, mientras tanto, se acicalan con la lengua como para fiesta de quinceaños y los perros lamen sus heridas con efectos milagrosos.

La lengua de las lenguas es sin embargo la humana. En la mesa se da gusto con exquisita segmetación: lo dulce lo percibe solo en la punta y sus alrededores (haga la prueba); lo salado, en los bordes, cerca de los dientes; el ácido, justo en medio, hacia los lados; por último, quizás como metáfora de la vida, los sabores amargos, cerca del abismo por el que bajan los alimentos.

Más allá del gusto, Su Majestad da al hombre el privilegio del habla. A algunos monos es lo único que les falta; irónicamente, a algunas personas es lo primero que les sobra.

No por casualidad dicen que con la lengua se tropieza más fácilmente que con los pies.

Tampoco se trata de culparla; no es ella la responsable si su dueño la tiene viperina (perteneciente a las víboras). Menos si otra parte del cuerpo la salpica con sus fallos. Qué reproche podemos hacerle si se quedan “en la punta de la lengua” las palabras o nombres que la memoria no termina de recordar. Nadie puede atribuirle tampoco una mala preparación física, aunque la consecuencia del ejercicio ocasional sea siempre terminar “con la lengua afuera”.

La lengua bien usada es de mucha utilidad. Habla incluso sin palabras. Los Rolling Stone la eligieron para simbolizar en su logotipo el aire revolucionario de los jóvenes ingleses en los años '60. Bien se sabe que una lengua afuera lleva algo de irreverencia, como sugiere más de uno en su festejo de gol. En cambio, en un emoticón podría volverse el más amistoso de los reproches por chat.

Afortunada en la mesa, decisiva en el estrado, bienaventurada en la montaña a orillas del Mar de Galilea, dichosa en el beso, venenosa en la difamación, la lengua hace o deshace.

Si el chisme fuera un deporte, más de una que conozco le ganaría a Usain Bolt.