Íñigo Lejarza. 14 abril
Eutanasia
Eutanasia

En un par de meses largos se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de mi amigo Mauricio. Su muerte fue producto de un cáncer hepático muy agresivo y, pese a reserciones e intentos de transplante, no fue posible evitar la metástasis. Encaró todo el proceso con enorme valentía, y disfrutó esos años al máximo.

Sin embargo, cuando ya se supo condenado, tuvo la valentía de alzar la voz y, en este mismo medio, pidió para sí y para otros el derecho a una muerte digna, definida en sus propios términos.

No le gustaba la palabra eutanasia, por considerarlo demasiado sofisticado para denominar algo que, para él, era muy simple. Una decisión personal en la que ejercer el libre albedrío. Sabía que había al menos un texto que planteaba esa posibilidad (Proyecto 19 440 Ley sobre Muerte Digna de pacientes en estado terminal), aunque en su modalidad pasiva.

Es decir, se plantea la posibilidad de que, cuando la persona está médicamente desahuciada, y si así lo ha dispuesto explícitamente mediante un testamento vital, se le puedan suspender los tratamientos y, sedándolo apropiadamente para evitar el dolor, dejarlo morir.

Pero no era eso en lo que Mauricio pensaba.

Él creía que la ley se quedaba corta, y que debíamos aspirar a leyes similares a las existentes en países como Holanda, Bélgica o Luxemburgo, Canadá o Colombia. O, en su defecto, a modalidades de “suicido” asistido como las existentes en Suiza, Alemania, el estado australiano de Victoria, Japón y los estados de California, Colorado, Montana, Oregon, Vermant, Washington y Washington DC, en los Estados Unidos de América.

No le gustaba la palabra “sucidio” aplicada a estos casos, porque para él un suicida es alguien que, teniendo opciones, decide acabar con su vida. Prefería el término “muerte digna” porque la única opción que él tenía sería poder decidir cómo morir, no si hacerlo o no. Para esto no tenía esperanza alguna. Y no la tuvo: murió días después de su cumpleaños número 51, ayudado, sí, por quienes podían y debían paliar sus dolores, pero no en los términos que él hubiera querido.

El mes pasado murió mi padre, después de 14 años consecutivos de quebrantos de salud, de los cuales pasó los último 9 tendido en una cama y los últimos 3 convertido en una persona que se veía como mi padre pero con el cual ya no había modo de conectarse como hijo porque estaba ya más allá del bien y del mal, y solo emitía algunos automatismos que no dejaban resquicio a ninguna muestra de conciencia o de voluntad.

Al principio del proceso, mi familia optó por una atención semicalificada en el hogar, pero el costo de la asistencia personal en España, unido al hecho de que el cuidador de un paciente 24/7 pasa el 90% del tiempo haciendo nada, les hizo desistir de la opción. Quedó entonces dependiendo de la devoción de mi madre y del amor de mi hermana, que terminaría recibiendo por ello una magra ayuda monetaria pública. Esta ayuda, una cama hospitalaria de la diputación, un médico de cabecera cuyas visitas se fueron espaciando progresivamente y los medicamentos propios de la vejez, constituyen el costo total que para el Seguro Social tuvo mi padre en esos 9 años. Pero el costo físico y, sobre todo, emocional, para mi madre y mis hermanos fue bestial.

Contemplar, impotente, como tu esposo y tu padre se convierte en un remedo de ser humano sin que todo el cuidado, el cariño y el esmero sirvan de nada, es un espectáculo cruel que, cuando se prolonga indefinida e innecesariamente, no es sino otra forma de castigo cruel e inhumano para los veladores, y degradante e indigno para el paciente. Sé, positivamente, que no es lo que hubiera querido mi padre, si hubiera tenido opción.

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Y esto les ha pasado a muchos, y nos sigue pasando. Y nos pasará cada vez más. Porque, nos dice el Banco Mundial que, por primera vez en la historia de nuestra especie, los mayores de 65 años superan a los niños de 5 años o menos. Y porque aneja a nuestra creciente longevidad, llegan también los procesos cancerosos, las esclerosis laterales amiotróficas, los procesos degenerativos de la demencia senil y un sinnúmero de condiciones para las que la ciencia no tiene respuesta y la tecnología médica tampoco.

Procesos que privan al ser humano de su dignidad y que obligan al enfermo y a sus seres queridos, a soportar, innecesariamente lo que es, a todas luces, una tortura, un “encarnizamiento” o “ensañamiento terapéutico”, que ha llevado a mucho compatriotas a interponer recursos ante la Sala Constitucional para poner fin a estos martirios.

Tenemos que hablar francamente de esto. Y tenemos que empezar a hacerlo ya. Porque mostramos más preocupación y humanidad con los animales que con nuestros congéneres.

Porque no se trata de un mandato, ni de una obligación compulsoria. Se trata de un derecho, es decir, una facultad de ejercer, cada cual según su conciencia y sus valores.

Porque tenemos todos los medios para hacerlo y hacerlo bien, con todos los protocolos y todas las salvaguardas legales para evitar usos dolosos. Y porque, de no hacerlo, el costo en sufrimiento físico, emocional y patrimonial será enorme para miles y miles de ciudadanos particulares, y para la sociedad como un todo.

Espero que cuando nos toque, si fuera el caso, podamos ejercer la opción que Mau no tuvo.

Quisiera, dado el caso, que pudiéramos evitar ser una carga para nuestros seres queridos.

Y para el erario público. Quisiera que, como hombres libres, decidiéramos el cuándo y el cómo. Sin sufrir dolor y sin provocarlo. Sin tener que renunciar a nuestra dignidad de seres humanos cuando más lo requerimos: en el preciso momento de dejar de serlo.