Cuando usted esté leyendo esto, muchos costarricenses estaremos preparándonos para ejercer nuestro derecho a elegir a nuestro próximo gobernante. Lo haremos en mayor o menor número, probablemente con igual entusiasmo que el pasado mes de febrero, pero después de una de las campañas más extrañas, y viciosas, de nuestra historia reciente.
Que la escogencia final se realice entre dos convidados de piedra; que uno de ellos suponga el continuismo de un gobierno que, nacido en medio de una gran esperanza, también defraudó, como tantos predecesores; que el otro se haya volado de un plumazo la tradición liberal de ambas repúblicas y vuelto a introducir la religión en la política; que la mayor preocupación del debate haya girado en torno a nuestra orientación y preferencias sexuales y los derechos que las acompañan y que la argumentación se haya visto reemplazada por la opinión vitriólica, la noticia falsa o el simple insulto en las redes sociales, son factores que han arrojado la gasolina de la virulencia sobre la hoguera de la pasión.
Y el ambiente de tensión ha sido tan constante y tan prolongado que tirios y troyanos hemos llegado a convencernos de que, en caso de ganar el que menos nos gusta, el país se abocará a hundirse en el caos, sea económico, sea ideológico. Y no es para tanto. Cuando este domingo en la noche sepamos el resultado, nos acostaremos, sosegados, o desasosegados, según sea el caso. Pero el lunes volveremos a amanecer en el país más feliz de Latinoamérica y uno de los más felices del mundo.
Vivimos en el país más feliz del mundo porque nos lo creemos. Y con justa razón. En parte por mero azar. Porque gozamos de un clima que elude con tal soltura los extremos de temperatura que es casi imposible morir por esa causa. Y de una posición geográfica que nos exime de tormentas y huracanes frecuentes. Pero en parte también por previsión, que evita que un temblor o un terremoto causen más que daños materiales.
Pero lo somos también por justo mérito. Porque varias generaciones hemos trabajado para ello. Porque nos lo hemos ganado. Porque hemos cultivado un estilo de vida en el que no hay problema que se resista a la espera de que se aclaren los nublados del día. Y porque preferimos conceder a pelear. Y porque hemos invertido en educación y salud para todos, lo que nos hemos ahorrado en armas. Y nos hemos dotado de instituciones que se encargan de que las cosas, mal que bien, mejor o peor, sucedan, si no para todos, sí para la mayoría. Y de un modelo de estado de derecho en el que nadie puede ejercer su poder arbitrariamente y en el que todos gozamos de garantías. Y de una libertad de expresión y un régimen de libertad de prensa casi perfectos. Y de un estilo de vida republicano que es orgullo de propios y envidia de extraños.
Y también por nuestro natural. Porque somos igualados a fuer de llanos. Y educados y corteses. Y nos gusta ayudar, aunque no sepamos cómo. Y hacemos gala de humor hasta en las condiciones más insospechadas. Y nos gusta vacilar. Y festejar. Porque nos gusta mucho reírnos: sonreír y carcajearnos. Porque así expresamos, cotidianamente, nuestro “pura vida”, nuestra peculiar versión tropical de “la joie de vivre”.
Sé que todo esto puede sonar a lugar común, a simplificación, a estereotipo e incluso a mistificación. Porque el discurso no puede esconder que, en la vida de los pueblos, como en la de las personas, a todos nos toca nuestra dosis de infortunio y no todo es, ni de lejos, color de rosa. Ni lo es para todos. Ni todos los días.
Pero en tanto los infortunios sean reversibles, la tendencia natural se impone. Y esa alegría de vivir, en lo esencial, no se verá afectada mañana, después de conocidos los resultados, ni tiene por qué afectarse durante estos cuatro años. La podremos volver a disfrutar, y la volveremos a disfrutar, cada mañana, porque es nuestra. Es nuestro patrimonio, natural y cultural. Y como en el poema de Mario Benedetti, es nuestra obligación, y debería ser nuestra vocación, defender esa alegría. Esa alegría que es, como dice Neruda en su poema a Nazim Hikmet, nuestra única secta. Sea quien sea. Pese a quien pese. Defender la alegría.