Son poquiticos, pero arrechos: si acaso suman unos 5.000. No hay comparación posible con los 450.000 nicas que radican en suelo tico, según estimaciones de organizaciones sociales como Ticos y Nicas somos Hermanos .
Registrados en el consulado de Managua, solamente hay 900 costarricenses, pero las propias autoridades diplomáticas consideran que la verdadera cifra es al menos cinco veces mayor.
Aunque lo usual es que sean los nicaraguenses quienes cruzan la frontera deseosos de una mejor calidad de vida, también hay ticos que viajan a la tierra de Sandino y Darío en busca de exactamente lo mismo.
En la delegación costarricense –que carece de embajador desde octubre del 2010, cuando el Gobierno de Chinchilla lo retiró debido a conflictos por la isla Calero – explican que los costarricenses radicados en Nicaragua generalmente son personas que ocupan cargos gerenciales en compañías de renombre. Claro, están también quienes llegan solos, a trabajar duro en busca de prosperidad, los que se enamoraron de una pareja nicaraguense y los que se identificaron a tal punto con la revolución sandinista de los años 70, que cruzaron la frontera y formaron su hogar allá.
Con el tiempo, cambiaron su acento, perdieron el arrastre de las erres e incorporaron el “pues”, hasta que los nicas dejaron de verlos como los “creídos de la región” y empezaron a tratarlos de “
A veces, las relaciones se ponen tensas, sobre todo cuando los Gobiernos entran en disputas de soberanías y hay amenaza de invasiones. Recientemente, el nacionalismo de unos y de otros ha emergido a causa de los conflictos limítrofes por la mencionada isla y por la carretera paralela al río San Juan que construye Costa Rica, casos elevados a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Sin embargo, algunos de los ticos residentes en Nicaragua se apresuran a aclarar que “esos son los menos, unos cuantos cabezas calientes”.
Por supuesto que nunca está de más esquivar las confrontaciones, sobre todo cuando los ánimos se ponen caldeados, la prensa manosea mucho algún asunto o alguien se pasa de tragos en una fiesta y “se encachimba”.
Pero, más allá de situaciones puntuales como esas, los ticos que viven en Nicaragua se confiesan felices del país donde residen, entre otras cosas porque allá –afirman– su vida es un poco menos ajetreada y acelerada que la que tendrían en el supuesto país más feliz del mundo.
Tan cerca de su país y a la vez tan lejos, poco a poco van echando raíces. Las siguientes son algunas de esas historias.
Una vida en el Mercado Oriental
“La gente se sorprende, siempre me preguntan que ¿por qué, si todos los nicas se van para Costa Rica, un tico se viene para acá?”, cuenta Juan Valverde, un costarricense con 12 años de vivir en Managua, mientras nos da un recorrido por el mercado Oriental, considerado el más grande de Centroamérica.
Juan, de 32 años y poseedor de un acento notablemente nicaraguense, afirma que la misma pregunta le hacen a ambos lados de la frontera.
–¿Y qué responde?, le cuestiono justo cuando se detiene a saludar a uno de sus tantos amigos vendedores.
–Que aquí hay muchas oportunidades de surgir, añade sin dudarlo.
–¿Más que en Costa Rica?
–En Costa Rica, está muy saturado todo: el comercio y la inversión. Aquí hay más opciones y, poco a poco, se sale adelante, afirma.
A eso le suma Juan la tranquilidad del país y la calidez de la gente y, acto seguido, agrega que en Tiquicia “los que hablan mal de Nicaragua, son, por lo general, los que no conocen el país”.
Antes de marcharse para Managua, laboraba como vendedor en una zapatería en el centro de San José. Su padre lo instó a emprender el viaje para abrir juntos una pequeña empresa, en la que él se desempeñó como asistente administrativo. Mas, al tiempo, su papá regresó a Costa Rica y Juan no. Ya había echado raíces en Nicaragua, se hizo de una esposa pinolera y tuvieron un hijo.
Con lo aprendido al lado de su padre, inició un negocio de distribución de calcetas, que le deja ganancias suficientes para llevar una vida cómoda.
“Mejor, sin duda, que la que hubiera podido llevar en Costa Rica”, afirma este empresario empírico.
De lunes a sábado, pasa repartiendo mercadería y visitando clientes en el Oriental, algo así como el mercado de la Coca Cola en San José, aunque unas 16 veces más grande.
En ese lugar, todos lo estiman y lo llaman “el tico”, pues es el único de esa nacionalidad que camina sin temores por los tramos y comercios de aquel mercado considerado peligroso , tanto que a los turistas se les recomienda no frecuentarlo y a los nacionales, hacerlo con mucho cuidado.
Juan luce despreocupado: asegura que hasta los delincuentes y “huelepegas” lo conocen y no le hacen nada. “Hay que saber darse a querer; ese es el secreto”, sostiene, tras decir que ve a sus “colegas” del mercado como una familia en la que incluso hay un equipo de futbol y él funge como director técnico.
Le reclama poco a Nicaragua: el desorden y la basura en las calles son sus principales quejas. Por el contrario, le toca lidiar a menudo con el reclamo que le hacen los nicaraguenses: “¿por qué en Costa Rica tratan tan mal a los nicas?”.
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Él elige dar una respuesta serena y evitar la confrontación: “Les digo que hace tiempo yo no voy allá (a Costa Rica), pero que la mayoría los tratamos bien”.
Valverde comenta que algunos ticos que se establecen en Nicaragua con puestos importantes y salarios altos, son muy presumidos y “juegalocos”, y que este tipo de personas son las que le generan “mala fama” al resto de los costarriceneses, e insiste de inmediato en la necesidad de mantenerse humilde, “se esté donde se esté”.
Pese a que extraña los toros de Zapote y algunos dichos ticos, confiesa que regresar no está en sus planes, pues toda su vida está allá y su única prioridad es trabajar duro.
Comprometida desde la revolución
Doña Claudina Valverde Mora llegó a Nicaragua junto con la revolución sandinista , convencida de querer hacer su aporte a la lucha que se libraba en ese momento, y en la cual participaba su esposo, un médico nicaraguense.
Pasados aquellos días de finales de los años 70 y principios de los 80, doña Claudina ha ocupado diferentes cargos públicos relacionados con recursos humanos. A lo largo de estos 35 años laboró en el Hospital Militar, en la Alcaldía de Managua y fue directora del
Las puertas de su casa, situada en el municipio El Crucero, están siempre abiertas a nicas y ticos. Con todos departe amablemente y les chorrea café, algo poco usual allá, donde se estila usar el
Pensionada desde hace dos años, doña Claudina es ahora la encargada de mantener unida a la colonia tica, algo que logra por medio de sus picadillos de arracache y sus
A estas alturas, siente a Nicaragua como su casa, pues ahí crió a sus hijos y ahora a sus nietos. Eso sí, cuando muera, dice muy seria, quiere que la entierren en Costa Rica.
El ‘bombeta’ de Tipitapa
En el muncipio de Tipitapa, al sur de Managua, todos conocen a Darwin Rodríguez León porque –él mismo lo dice– es muy extrovertido y “bombeta”. Este tico de 38 años relata que su vida es más apacible de aquel lado de la frontera, a una hora de la capital.
Vive con su esposa, Silvia Vílchez Medina, y su hijo Sebastián; y formó un grupo de
Orgulloso de su negocio, Darwin considera que en Costa Rica las cosas difícilmente le habrían salido tan bien. “Nadie es profeta en su tierra”, sostiene el administrador.
Silvia cuenta que los amigos nicas le dicen que “Darwin es el único tico que les cae bien, el único buena gente”. “Lo que pasa es que no conocen a más ticos y aquí se cree que los ticos son muy engreídos”, explica ella.
Darwin opina que las percepciones de los nicas hacia los ticos y de los ticos hacia los nicas están llenas de prejuicios, pero que todas esas imágenes estereotipadas se caen cuando las personas se conocen. “Cuando me preguntan por qué los otros ticos no son como yo, les contesto que la mayoría somos así, buena gente”.
Él llegó a Nicaragua hace diez años, justo cuando su esposa, de nacionalidad nica decidió regresar a su patria junto a sus padres, luego de muchos años de residir en Costa Rica.
La causa de la mudanza fue la búsqueda de seguridad, pues el pequeño supermercado de los papás de Silvia, ubicado en el barrio La California, San José, era asaltado casi todas las semanas.
Silvia asegura que en Nicaragua no se ve tanta delincuencia organizada, y con ese mismo argumento, el Gobierno de ese país, lo promociona como el más seguro del istmo. En una entrevista concedida a
No obstante, las mismas cifras de la Policía sugieren que los delitos contra personas van en aumento: mientras en el año 2000 se registraron 26.546 casos, en el 2010 la cifra subió a 68.447, lo que representa un incremento de más del 150%.
La tasa de homicidios en ese país durante el 2010 fue de 13 por cada 100.000 habitantes, un poco superior a la de Costa Rica, que para el mismo período, la tuvo en 11 por 100.000.
Pese a ello, Darwin y su familia viven tranquilos. Quien más extraña Tiquicia es Silvia, mientras que Sebastián, de 14 años, dice que quiere volver, pero porque es fiebre del futbol y quiere cumplir su sueño de jugar algún día con la Selección Nacional.
Aclimatados
El viaje de Rafael Cubillo Garay tuvo las mismas motivaciones que el de casi cualquier inmigrante, estuvo marcado por la necesidad. Tenía 21 años, se acababa de graduar del colegio nocturno Justo Facio y era padre de una recién nacida. La empresa para la cual laboraba abrió operaciones en Nicaragua y lo enviaron a él por ser el único soltero.
Se imaginaba que Nicaragua era un “pueblo feo y hecho leña” y su plan era regresar en tres meses porque la posibilidad de quedarse allá no lo entusiasmaba. Sin embargo, sus planes cambiaron en el camino y, de a pocos, se fue encariñando con el país más grande de Centroamérica, que duplica y sobrepasa en 30.000 kilómetros cuadrados el área de Costa Rica.
Hoy, 12 años después de su arribo, se considera “ticonica”. Siente tanto cariño por ambas naciones que no sabe cuál gallo pinto es más sabroso, si el de allá (más tostado) o el de acá (más jugoso), así que mejor declara empate técnico.
Hace dos años, abrió una pequeña empresa de acero, Acenica, con la cual le ha ido muy bien en lo económico y brinda empleo directo a 18 nicaraguenses.
“Acá todo se torna más sencillo; hay mucho espacio para desarrollar y para emprender”, manifiesta Cubillo, quien cursó sus estudios universitarios en una centro privado del país del norte.
Hace siete años, se mudaron a vivir con él su esposa, Gabriela Sánchez Cubillo, y sus dos hijos. Para entonces, llevaban cuatro años de mantener una relación transfronteriza.
Para Sánchez, a diferencia de su marido, la adaptación ha sido más complicada, sobre todo por el calor de Managua. Y es que, en marzo y abril, la temperatura asciende fácilmente a 34 grados centígrados; pero el clima es pesado todo el año, incluso en diciembre, cuando la temperatura mínima baja a unos 20 grados.
Dariana, de 11 años, hija e Rafael y Gabriela, también ha tenido algunas dificultades pues, cuando va de visita a Costa Rica, la molestan porque “habla como nica” y cuando regresa a Nicaragua, la molestan por “hablar como tica”.
Sin embargo, opina Gabriela, la cabanga y el calor se compensan con la posibilidad de hacer paseos a sitios históricos y de gran belleza natural como Granada o Catarina.
“Yo subo las fotos a Facebook y la gente de Costa Rica pregunta de dónde son. No pueden creer que sean de Nicaragua, no se imaginan las bellezas que hay acá ”, cuenta.
A esta familia también le ha tocado enfrentar las tensiones que emergen cuando hay conflictos entre los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua.
La broma más común que le hacen los nicas a los ticos es preguntarles si se van a robar el río San Juan, llamarlos “tiquillos” o exigirles que les devuelvan Guanacaste... “Yo he visto las dos caras de la moneda. Incluso yo mismo hice chistes de nicas cuando vivía en Costa Rica. Acá es similar; se oyen chistes de ticos, esas bromas me molestan, en cualquier sentido que se den”, expresa Rafael Cubillo.
Sí recuerda que la época más complicada fue cuando murió el nicaraguense Natividad Canda , en el 2005, tras ser atacado por dos perros rottweiler en un taller en La Lima de Cartago.
La noticia, que la prensa de allá hizo resonar por muchos días, causó gran enojo en Nicaragua. “Por esos días, decidí tener mucha mesura, bajar el perfil, dejar de frecuentar los lugares a los que siempre iba y quedarme calladito, porque sí había mucho malestar”.
Sin embargo, Rafael aclara que tales incidentes son una excepción, pues, en general, destaca que los nicas lo han tratado con amabilidad.
Cuenta que al cumplir los 27 años, hizo una fiesta a la que invitó a ticos radicados en Nicaragua y a nicaraguenses, pero no llegó un solo tico ni lo llamaron de Costa Rica para felicitarlo. “Me sentí un poco mal y fueron los nicas los que me acuerparon, me dijero que ahora ellos eran mi familia”.