
Me encuentro en un café. A pesar del ruido, me concentro. No me perturba. Me centro en la lectura. Pero hay algo que noto, en este ir y venir de la conciencia, me doy cuenta del presente. Solo estoy. La sensación o la intuición, como quiera que se le llame, del awareness, del momento.
Es la intuición de las cosas que pasan ante mis sentidos, sin ser cuestionadas. Estos mismos eventos no son caminos al pasado; esto es, no son vehículos que me transporten hacia hechos ya consumados de mi historia. Tampoco me transportan a un imaginario, a una historia que podría ser, pero que no es.
Me pregunto si en este solo estar experimento lo que San Agustín pensó del presente: como un instante sin extensión, un punto que desaparece en el mismo instante en que es. Sin embargo, lo que experimento aquí no es un punto que se extinga. No lo siento así. Solo estar es una secuencia de presentes. ¿Evoca esto, más bien, aquella conciencia que se alcanza en la meditación Zen?
En este estado meditativo, estamos centrados en las inhalaciones y exhalaciones, sin ningún contenido más que la conciencia de ese movimiento. Pero creo que tampoco es esto. Solo estar sí tiene contenido: el fluir de las percepciones de mis sentidos.
Algo importante que encuentro en este solo estar es que aquí no existe la angustia. La angustia requiere un objeto, ya sea futuro o pasado. Puede ser difuso o concreto. En el solo estar no hay tal referencia. Al fluir las sensaciones y sentir este fluir, no hay posibilidad de atrapar un objeto y, por consiguiente, de generar la angustia.

También, me he percatado de algo más: no necesito una estructura externa para encontrarle sentido a mi existencia. Solo estar no exige la idea de sentido. No tengo que analizar, razonar ni evaluar.
Es decir, no comparo, no desmenuzo ni ligo pensamientos o imágenes. Es una mera secuencia, sin sentido, sin angustia, sin proyección. Y ahora esto me hace entender que puedo estar solo sin angustia. La soledad con angustia requiere evocar o anticipar. Solo estar resulta ser, entonces, un estado que conduce a una calma profunda. La calma no se produce; se advierte cuando dejamos de huir del presente.