
Ram Singal ya había salido de la oficina cuando recordó que le faltaba enviar un correo electrónico. Era una mañana despejada de septiembre (once días marcaba el calendario) y este ingeniero civil había comenzado a caminar hacia otro compromiso que tenía en agenda. Pero volvió sobre sus pasos porque, como gerente de proyecto, necesitaba enviar un mensaje e incluir a algunas personas en una reunión.
Regresó al piso 64 de la Torre Norte del World Trade Center, su oficina de siempre, se sentó frente a la computadora y comenzó a escribir. Entonces.... Escuchó el ruido.
Primero fue un estruendo. Después, el edificio entero empezó a moverse. Ram sintió que la torre se inclinaba de un lado al otro, varios metros, como si durante unos segundos aquella masa gigantesca de acero y concreto hubiera olvidado que estaba hecha para permanecer inmóvil. Su primera idea fue un terremoto, claro. El edificio se movió una vez. Dos veces. Tres.
Ram se quedó viendo a la ventana. Arrugó su frente, respiró. Los segundos se hacían largos. Volvió a respirar e intuyó que aquello no era un terremoto.
No hubo pánico al principio. Hubo, más bien, un sentimiento mucho más cotidiano: el fastidio. Pensó en el tedio que le provocaba tener que desalojar el edificio, que la jornada se interrumpiría, que el trabajo tendría que esperar, que tendría que aplazar reuniones.
Volteó su cuerpo para ver a su equipo de trabajo y sus compañeros estaban extrañados: le preguntaban qué debían hacer. Ram simplemente respondió: tenemos que salir de aquí.

Aunque no tenía muy claro qué sucedía (sospechaba que una avioneta había colisionado), Ram estaba convencido, no solo de que había que salir, sino de cómo. Unos diez años antes, Ram había desarrollado un programa de inspección de integridad estructural para el complejo del World Trade Center. Conocía el edificio desde la médula.
—Vamos —les dijo—. Empecemos a bajar.
Y se fueron a buscar los escalones más cercanos, hasta que alguien dio un grito que terminó de cambiar la mañana.
—¡Segundo avión! ¡Segundo avión!
La otra torre había sido golpeada.
Ram recuerda que alguien dijo que estaba empezando una tercera guerra mundial. La idea resultaba difícil de aceptar: ¿quién se atrevería a atacar de esa manera el corazón de Nueva York?
La gente comenzó a apresurarse por las escaleras. Todos querían salir. Algunos estaban en shock.
Ram, haciendo el esfuerzo mental de mantener ejercicios de respiración, guió a un grupo de personas hasta la escalera más cercana. Al llegar, se toparon con que estaba completamente inutilizable; bloqueada.
Tuvieron que buscar otra. No más la encontraron y comenzó a caer agua. Las tuberías se habían roto y el agua descendía por las escaleras. Había que sujetarse de los pasamanos para no resbalar. Avanzaban lentamente, hasta que Ram vio que el peligro estaba aún peor allí.
Había que buscar una tercera escalera. Misión imposible si Ram no hubiera tenido los planos del World Trade Center en la mente.
Para llegar hasta allí tuvieron que atravesar un corredor completamente oscuro. El agua les caía encima. El suelo estaba inundado hasta los tobillos. Las luces de emergencia aparecían y desaparecían con un parpadeo débil. En la oscuridad podían verse cables colgando del techo. Ram y los demás tuvieron que agacharse, tantear las paredes a ciegas y avanzar lentamente hasta encontrar alguna luz.
En algún momento, mientras descendían, la torre comenzó a temblar con una violencia que él, como ingeniero estructural, entendió de una manera distinta.
El yeso caía del techo. El suelo se movía. Las sirenas sonaban. Las luces parpadeaban. Los gritos y las oraciones no cesaban.
Años después todavía busca una comparación para describirlo y lo que más se le asemeja es “estar dentro de una película de terror”.
Aquello que movió el suelo no fue nada menos que la caída de la torre Sur; el derrumbe había movido el suelo y asustado hasta la médula. La piel de gallina más pronunciada en su vida.
Entre cenizas, gases asfixiantes y rutas prácticamente oscuras, Ram emitió palabras; fue voz en un túnel que se bifurcaba entre la vida y la muerte. De repente, las escaleras se hicieron piso: finalmente lograron salir.
Habían caminado apenas unos minutos lejos del edificio cuando el suelo volvió a temblar. Ram miró hacia atrás. La Torre Norte había empezado a caer.
Ram, una vez más, volvió a respirar. En sus ojos se reflejó la dirección del derrumbe: si hubiera caído hacia ellos, era su fin. Pero el edificio descendió sobre sí mismo y lo que se extendió hacia ellos fue el abrazo de una nube gris.
Corrieron. Y detrás de ellos corría el polvo. Los gritos ahora se ahogaban. El rostro estaba cubierto de ceniza. Los zapatos. La ropa. Todo era un uniforme gris.
Todo se veía irreal. Nada que se pareciera en la vida. Pero Ram estaba vivo. Y no estaba solo.
Varias personas decidieron quedarse cerca de él. Afortunadamente, Ram tenía un centro de meditación a unos tres kilómetros de distancia. Los llevó allí, les dio comida, meditaron, respiraron. Esperaron hasta la noche, hasta que los trenes comenzaron a funcionar de nuevo.

***
Al día siguiente, Ram salió temprano de su apartamento después de meditar. “Lo que vi fue un hueco en el cielo”, recuerda. Veinticinco años después de aquel martes, Singal revive su historia en una videollamada con La Nación, realizada el miércoles 9 de setiembre desde Nueva York, la misma ciudad donde estuvo a cinco minutos de morir bajo los escombros de la Torre Norte.
Él habla con la tranquilidad de un gurú. Tiene 69 años y una sonrisa permanente que contrasta con la manera en que abre los ojos cuando recuerda los momentos más traumáticos de aquel día.
Todo, sigue siendo, una sensación difícil de explicar. Durante años, las Torres Gemelas habían formado parte del paisaje de Nueva York y también de su propia vida.
De pronto, no había nada.
“Yo estaba muy conectado con ese lugar porque había escrito el programa de mantenimiento para todo el complejo. Mi corazón también se hundía porque pensaba: ahora ya no existe el programa, nada de lo que hice importa ya”.
Ram no tuvo mucho tiempo para irse en sus pensamientos porque empezaron a llegarle llamadas. Periodistas de distintos lugares del mundo querían hablar con el hombre que había salido de la Torre Norte apenas unos minutos antes de que desapareciera. Una de esas llamadas llegó desde España. El periodista le hizo una pregunta que Ram todavía recuerda: “¿qué iba a hacer Estados Unidos para vengarse?“.
Ram, aún procesando lo vivido, tuvo una respuesta orgánica: “hoy ellos se vengaron como terroristas. Mañana nosotros nos vengaremos. Después ellos volverán a vengarse. La gente seguirá muriendo. ¿Dónde termina todo esto? Tenemos que detener ese círculo vicioso de la venganza. Tenemos que comenzar el proceso de sanación. Y la sanación comienza con el perdón“.
El periodista se sorprendió. Pero Ram también comenzó a preguntarse qué significaba perdonar después de haber sobrevivido.
Porque él había salido, pero diez de sus amigos del trabajo no.
“Ellos habían decidido quedarse. Esperar instrucciones”. Ram recuerda que esas instrucciones nunca llegaron. Cuando intentaron salir, ya era demasiado tarde.
“¿Por qué ellos habían muerto? ¿Por qué yo estaba vivo? Empecé a sentir la culpa del sobreviviente. A los días, cuando veía llorar a sus hijos, pensaba en eso constantemente".
Ram traga grueso antes de revelar cómo logró hacer las paces consigo mismo. “Me dije a mí mismo que yo también había muerto con ellos. Esta vida que tengo hoy me fue dada después. Mi vida anterior había terminado. Si uso esta nueva vida solamente para mí, entonces no es realmente mi vida. Esta vida me fue dada. No me pertenece”.
“Si uso esta vida para ayudar a las personas, para ayudar a la humanidad, entonces quizá hasta Dios pueda justificar por qué Ram sobrevivió”, se dice a sí mismo. “Tal vez tenía algo que hacer en el mundo. Yo morí con ellos, con mis amigos, y renací”.
Ram también se pregunta aún por qué no sintió miedo. Mientras todos descendían, Ram comenzó a detenerse para hablar con las personas que estaban más asustadas.
—Yo pensaba: “Si yo también hago exactamente lo mismo que todos los demás, ¿qué diferencia hay?”.
Había una mujer que estaba aterrorizada. Cada vez que escuchaba un ruido, se sobresaltaba y gritaba. Ram estaba dos escalones delante de ella. Entonces la llamó.
“Le dije: “Ven. Ponte delante de mí. Estamos juntos. No te preocupes. Vamos a salir juntos. Ten fe. Todo estará bien... Ellas sentían que todo el mundo estaba corriendo, que nadie estaba cuidando de nadie. Y aquí había una persona que estaba cediendo su lugar y diciéndoles que se pusieran delante”
Algunas comenzaron a llamarlo ángel. “Pensé: “Vaya, parece que convertirse en ángel es muy fácil. Solo tienes que ponerte detrás”, dice entre risas.
“Yo soy una persona ordinaria. Entonces pensé: ¿por qué no puedo ser un pequeño ángel? Un microángel. Un ángel aparece cuando alguien lo necesita. Ayuda de manera desinteresada. No necesita que nadie sepa que es un ángel. No busca fama. No pide nada a cambio. Y cuando termina su trabajo, simplemente se va".
“Creo que no sentí miedo porque estaba ocupado ayudando a otras personas. Cuando empecé a pensar en los demás, mi propio miedo nunca llegó”.

No hay otra razón más que la meditación para justificar la calma que tuvo Ram aquel día. Su camino con esta práctica comenzó cuando tenía 21 años y acababa de terminar sus estudios de ingeniería en su natal India. Allí, la organización espiritual internacional Brahma Kumaris llegó a su ciudad con la intención de abrir un centro de meditación. Una tía ofreció un espacio de la casa familiar y Ram, que estaba allí, comenzó a acercarse.
Él mismo se describe entonces como un joven travieso. “Bebía, fumaba, hacía travesuras. Hacía todo tipo de cosas. Era un muchacho inquieto. No me enorgullece quién era”.
La meditación comenzó como una transformación personal. “En una semana de hacer meditación, pude dejar muchos de mis malos hábitos. Entonces me pregunté: ¿cómo sería si hago esto por mucho tiempo?“.
Un pensamiento curioso le aterrizó: por qué no pensar en la meditación como una especie de ingeniería.
“Yo estudié ingeniería civil y trabajo con edificios, puentes y estructuras. Pero esto era como una ingeniería espiritual. Quería entender qué conocimientos y qué fuerzas podían hacer mejor mi vida”.
Al poco tiempo, emigró a Estados Unidos, donde dirigió compañías y finalmente abrió su propia firma, la cual le permitió tener una oficina en el World Trade Center. Pero eso no está en primera plana en su mente, sino cuando escapó de aquel rascacielo, volteó hacia atrás y miró las Torres Gemelas desapareciendo detrás de él.

***
Siete años después de los eventos del 9-11, Ram encontró un tomo de la revista Time en un kiosko. Se puso a leerlo y encontró un artículo sobre la felicidad y su capacidad de propagarse entre las personas.
La idea era simple: tal como la gripe, una persona feliz podía influir en otras. Y esas personas podían, a su vez, influir en muchas más. Ram comenzó a pensar entonces en su propia experiencia.
“Yo había pasado por una tragedia, pero ayudar a otras personas me había hecho sentir una felicidad que nunca había conocido de otra manera”. Y entonces apareció una pregunta. “¿Por qué la bondad parecía tan débil?“, se pregunta.
“Hay una enorme cantidad de personas buenas en el mundo, pero unas pocas personas pueden hacer cosas terribles y sacudir al planeta entero. Digamos que es un 5% de la población del mundo la que hace daño. Entonces, ¿por qué la bondad parece tan aburrida? ¿Por qué somos tan tímidos para hacer el bien?“.
Ram tuvo recuerdos de aquel temblor que sintió cuando el primer avión colisionó en la torre. “Pensé: si una sola acción terrorista puede sacudir al mundo, ¿por qué una buena acción no puede hacer lo mismo?“.
La pregunta terminó convirtiéndose en un proyecto.
Hoy, Ram Singal coordina una campaña global llamada “7 mil millones de actos de bondad”, una iniciativa interreligiosa que parte de que cada una de las personas del planeta haga un acto de bondad por alguien más. Uno por cada uno de los 7 mil millones de habitantes del mundo. “Es como imaginar la bomba atómica, una explosión inmensa, pero de cosas buenas”, explica.
Ram imagina lo que podría ocurrir si esos actos se multiplicaran. Una persona ayuda a otra; esa persona, a su vez, ayuda a una tercera.
Para impulsar esa idea, Ram ha viajado por más de 500 ciudades de 18 países y ha realizado más de 1.200 presentaciones sobre el programa.
“Un acto de bondad es hacer algo que está por encima de tu deber o de tu obligación. Algo que nadie espera de ti. Algo que haces porque viene de tu corazón”, reflexiona.
“La gente piensa que para cambiar el mundo hay que hacer algo gigantesco. Pero a veces simplemente tienes que hacer algo más de lo que te corresponde. En verdad, si pudiera dar un solo mensaje, diría lo siguiente: no tengas miedo de ser una buena persona”. Una buena acción, piensa, también puede sacudir al mundo. Solo que, en vez de hacerlo caer, quizá pueda ayudarlo a levantarse.
