Una faja de seis propiedades angostas sobrevive, pared con pared, junto al más ancho epicentro del consumo comercial al oeste del Valle Central. Toquemos la puerta a los vecinos de Multiplaza

Por: Dario Chinchilla U. 24 agosto, 2014
Imagen sin titulo - GN
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Se vende el último barrio unos pasos al sur de Multiplaza, en Guachipelín de Escazú. Aproveche. Precio a convenir. De hecho, ahí está el detalle: lo complicado será convenir.

La vía que comunica la ruta 27 con la calle principal hacia Guachipelín guía a uno de los epicentros comerciales del país, una ruta que es apenas transitable en carro en horas pico. Entre el conglomerado de tiendas chic, bancos y restaurantes verá que sobrevive una faja de no más de 75 metros de frente cuyo mayor brillo es el de la diferencia.

En medio de los centros comerciales Metroplaza y el Boulevard está calle Matapalo, cuyo nombre es menos nais pero más criollo. Mientras que sus alrededores todavía huelen a nuevo, este barrio fue nuevo hace muchísimos años.

Raúl Cubillo es uno de muchos propietarios de seis terrenos que no se han vendido en calle Matapalo. | FOTO: RAFAEL MURILLO
Raúl Cubillo es uno de muchos propietarios de seis terrenos que no se han vendido en calle Matapalo. | FOTO: RAFAEL MURILLO

Sus vecinos están lejos de ser los más viejos de Guachipelín, pero, cuando llegaron hace más de 40 años, conocieron esta zona rosa como una sabana polvorienta donde escaseaban el agua y la luz eléctrica, pero nunca las moscas.

Ahora que la vecindad es exclusiva para paseantes con billeteras abiertas, los pioneros originales quieren vender, pero no a cualquier precio. La barriada ha sobrevivido orgullosamente al bum inmobiliario por una falta de acuerdos vecinales. También ha jugado la suerte, de la cual los lugareños todavía no deciden si es de la buena o de la mala.

Vida en el desierto

“Ya sé, nosotros somos la mosca negra en la sopa”, dice José Antonio Cubillo, un hombre moreno y alto de 50 años cuando se refiere a esa extrañeza que provoca la supervivencia del barrio en medio de tanto negocio.

“Yo nací en la tienda Aliss…, cuando la tienda Aliss estaba sembrada de maíz y frijoles”. Él cuenta que, cuando era niño, por estas tierras nadie daba nada.

En la sala de su casa nos cuenta que su papá, Jesús Cubillo, era el gran propietario y quien parceló para la venta el terreno donde ahora están las seis propiedades en calle Matapalo. La geometría angosta con la que don Jesús trazó las líneas es el principal motivo de la permanencia.

La gran dificultad que han encontrado los propietarios para colocar su tierra en el mercado de bienes raíces es la delgadez. Ninguna desarrolladora podría acomodar un grupo de negocios de dimensiones “guachipelinescas” en un terreno de diez, nueve o siete metros de frente, a pesar de que tengan la impresionante profundidad de cien metros.

Los terrenos tienen poco frente y gran profundidad, y muchos han instalado cuartos de alquiler. | FOTO: RAFAEL MURILLO
Los terrenos tienen poco frente y gran profundidad, y muchos han instalado cuartos de alquiler. | FOTO: RAFAEL MURILLO

En medio de un mar comercial y sin vecinos, el barrio es una isla con una densidad poblacional vibrante. Muchos de los propietarios han aprovechado la profundidad de sus terrenos para construir cuartos de alquiler, cuya mayoría está ocupada por familias nicaragüenses.

Casas medianas y pequeñas de concreto y de madera son la norma en el lugar. Uno de los terrenos le da techo a unas 55 personas; y los vecinos calculan que en otro pueden vivir unas 150, por hablar solo de dos de ellos.

Era muy distinto el paisaje de soledad que encontró el patriarca de la familia Castillo cuando decidió mudar a los suyos de barrio Cuba a Guachipelín. Le costó ¢6.000 el terreno hace más de 40 años.

“Yo venía saliendo de la escuela y papá me trajo a pasear aquí, a conocer, y yo le dije: ‘Papi, no nos vamos a venir para acá, ¿verdad?’; y él me dijo: ‘No es que nos vamos a venir, es que ya compré”, nos cuenta Guillermo Castillo, de 57 años, un vecino descamisado que nos habló de su pasado familiar.

Los alrededores solo tenían un puñado de casas de madera, y la vía en la que hoy se desesperan los choferes era un camino de piedrilla en donde cada tanto pasaban los camiones de Granjas Don Jaime empujando el perfume de gallinero hacia los hogares. Aquella era la industria principal de la zona: una granja avícola que dio trabajo a muchos, y una plaga de moscas para todos. En el terreno de aquella industria hoy se levanta el rey del consumo en la zona oeste del Valle Central: Multiplaza.

Cuando llegó de su Puriscal natal en 1970, luego de que su papá comprara el terreno donde ahora vive, Raúl Cubillo, de 69 años, recuerda que debía ir a bañarse a un río cercano porque no había agua corriente.

Elisa Carballo no precisa el año en que llegó su familia a la zona, pero sí recuerda que debieron recolectar firmas entre los vecinos para que el ICE hiciera la conexión eléctrica. Antes, las canfineras eran luz de sus noches. Hoy, dos terrenos en el barrio tienen vallas publicitarias luminosas.

La modernidad llegó paso a paso, como en todas partes, y fue cambiando el barrio. Sin embargo, la fisionomía de aquella zona rural tuvo primero una drástica cirugía plástica con el paso de la ruta 27, y después con la llegada de Multiplaza. El valor de las propiedades se disparó.

Aquellos potreros empezaron a estar in.

Los vecinos de calle Matapalo vieron los alrededores cuando solo había potreros, huertas y granjas; también vieron el levantamiento de los gigantes comerciales.
Los vecinos de calle Matapalo vieron los alrededores cuando solo había potreros, huertas y granjas; también vieron el levantamiento de los gigantes comerciales.

Asuntos de plata

“Si a mí alguien me dijera: ‘Tome, aquí le pago a $600 el metro’, yo se lo tiro; pero el problema es que nadie me compraría solo a mí”, nos explica Rodrigo Montes, el pulpero del barrio, dueño del abastecedor Joselyn.

Rigo, para los amigos, es un hombre con la cabeza brillante, limpia de cabellos. También es un caso raro: es el único vecino que figura como propietario singular del terreno que ocupa. A él le conviene vender su propiedad, incluso por menos de lo que cree que vale, porque será el único beneficiario.

La propiedad de los otros terrenos suele estar dividida entre tres, seis, diez personas cada uno...

La aritmética de cuánto se embolsaría cada dueño es lo que ha empantanado varias veces los esfuerzos de llegar a una cifra común.

“El terreno tiene una ubicación fantástica dentro de un área superprivilegiada”, reconoce el corredor de bienes raíces José Luis Moreno. La empresa con la que labora, Terráquea, se reunió con los vecinos de tres propiedades –pues con seis fue imposible– para llegar a un acuerdo y ofrecer conjuntamente sus terrenos en el mercado.

Convinieron en vender a $1.200 el metro, pero por un año que duró la relación con la empresa no se concretó la venta. Antes había existido interés de varios compradores pero no se habían logrado acuerdo entre los vecinos; ahora hubo acuerdo pero no comprador.

Otro corredor de Terráquea, Luis Reyes, explica que hubo un momento en que los precios estuvieron altísimos para las propiedades en la zona, pero luego de la recesión estadounidense bajaron, aunque todavía se mantienen atractivos.

Entre algunos vecinos han resurgido dudas sobre si los $1.200 será una cifra muy baja. De hecho, hay quienes evitan hablar de un precio que les parezca razonable.

Uno podría pensar que este tipo de desacuerdos vecinales agriaría las relaciones en el barrio. Falso. Por ejemplo, Rigo Montes acepta que la situación es frustrante para alguien como él, que incluso está dispuesto a recibir menos dinero, pero acepta con resignación la decisión de cada dueño.

Guillermo Castillo, por su parte, reflexiona: “Nosotros entendemos que la necesidad de unos no es la misma necesidad de otros”.

Nueva vida urbana

La propiedad de la familia Castillo es un caso raro en el barrio. Ellos son los únicos que han mantenido el terreno solo para la familia, y no han construido cuartos de alquiler. Una servidumbre de paso comunica los jardines y las casas de los hermanos Guillermo y Carlos Castillo, y la de una hermana que falleció recientemente.

Las casas en calle Matapalo tienen pocos metros de frente y una profundidad de casi 100 metros.
Las casas en calle Matapalo tienen pocos metros de frente y una profundidad de casi 100 metros.

Guillermo lamenta algo que entiende como una realidad: nadie les pagará los esfuerzos que han invertido para construir sus casas. Lo que vale plata es la tierra, no sus hogares.

En general, ellos agradecen las facilidades que ha traído la nueva vida comercial aledaña, la cercanía con los bancos y las farmacias, la diversión para los muchachos de la familia.

Carlos Castillo dice: “El desarrollo nos ha favorecido; aunque, claro, no es lo mismo ir a Multiplaza que ir al Mayoreo. No es algo para gente de clase media trabajadora. El Cima lo tenemos muy cerca, pero nosotros vamos al San Juan de Dios”.

Varias noches por semana, a la familia se le dificulta conciliar el sueño por una discoteca cercana que empieza sus noches a las 10 p. m.

“Los impuestos suben y suben por estar entre toda esta cochinada. A uno no lo miden como una persona humilde, sino que viene el trancazo”, se queja Ana Victoria Araya, esposa de Guillermo. Un lamento similar expresa Rigo Montes, quien dice sentirse “asfixiado” con los tributos y el aumento en los servicios públicos.

Él ha pensado en cerrar su pulpería varias veces, pues fluctúa mucho la clientela: si hay una construcción cercana le irá mejor; si no la hay, no. Ahora anticipa la apertura de un Fresh Market a pocos metros de su casa, y dice que tendrá que medir el efecto en su negocio.

“Yo lo que quiero es estar pensionado en el campo, retirado, con unas gallinas para entretenerme”, dice Rigo, quien ansía volver al cantón de Mora que lo vio nacer.

El corredor de bienes raíces Luis Reyes asegura que las familias podrán vender “en la medida en que se vayan dando cuenta de la realidad del mercado”.

A contrapelo, muchos vecinos dicen que, si nunca concretasen la venta, ellos se quedarían tranquilos.

“Al final, esto es una herencia, y es mejor no deshacerse de ella”, nos dice Raúl Cubillo.

Bajo el árbol de mango de su jardín, él nos recuerda las épocas cuando trabajó en los potreros aledaños cortando zacate pitilla, una hierba muy humilde y nativa de las Américas que sirve para alimentar al ganado. Es dura y muy difícil de cortar.

“Uno no quiere irse con sus raíces a otro lado”, dice. “Uno está sembrado aquí”.

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