Estoy en la posición donde alguna vez estuvo Michael Jordan. También Shaquille O’Neal y Kobe Bryant... Entre 1997 y el 2000, todos pasaron por la misma liga en la que jugó el gigante que ahora me observa desde el otro lado del largo Gimnasio Nacional.
Keith Closs mide 2,21 metros. Yo, 1,90. La diferencia parece poca escrita en números. En la realidad, es un abismo.
Él tiene unas manos enormes. Cuando toma el balón parece sostenerlo con la facilidad con la que se agarra una naranja. Yo intento imitarlo, pero él sonríe apenas y acomoda mis dedos uno por uno sobre el cuero.
—Relaja tu cuerpo. Si no estás relajado, todo en la vida cuesta el doble— me dice, con su voz susurrante, grave, como un eco.
Me mueve el pulgar. Levanta un poco el índice. Aflojo la muñeca. “Try. Try. Try”, me dice. Intentar otra vez. Después otra vez más, susurra y, de paso, me asegura que el baloncesto consiste en eso, en tratar. Pero a los segundos él mismo corrige la idea. “La vida consiste en eso”, afirma.
El hombre que ahora acomoda mis manos sobre una pelota jugó tres temporadas con Los Angeles Clippers, entre 1997 y el 2000, pero hoy vive en Costa Rica junto con su esposa costarricense (que conoció en Shanghai, China) y dirige una academia itinerante.
“Pero mi vida ha sido de muchas muchas cosas”, me adelanta Keith, quien me contará que antes de todo eso fue un niño pobre. A los 12 años ingresó a una pandilla y el baloncesto, dice, le salvó la vida.
“El deporte me auxilió. Cambió completamente el rumbo de mi vida. Hay personas que dicen: ‘Solo jugó tres años en la NBA’, pero pertenezco a menos del uno por ciento de la población mundial que puede decir que jugó en la NBA. No importa si fue un segundo o diez temporadas. Llegué al nivel más alto del baloncesto y ahora utilizo esa experiencia para ayudar a otras personas”.
Antes de la NBA
¿Cómo una persona que pasó por la NBA termina un martes cualquiera, en San José, enseñándole a un periodista torpe cómo sostener una pelota? Antes de responderlo, va primero otro lanzamiento fallido.
—Inténtalo otra vez, me dice Keith. El balón vuelve a mis manos. Mis dedos regresan a la misma posición que él acomodó una y otra vez. El índice apunta al aro. La muñeca debe quedar relajada. Las piernas hacen el trabajo. Los brazos solo acompañan. Lanzo. La pelota golpea el tablero, roza el aro y sale despedida. Pero Keith ya la atrapó.
—Está mejor —dice, con una sonrisa.
Durante toda la mañana Keith me explica que para él el baloncesto no se divide entre buenos y malos jugadores. Se divide entre quienes dejan de intentarlo y quienes siguen lanzando.
Por eso mismo, cuando le preguntó sobre su historia no empieza por la NBA, sino por una casa donde no había dinero.
Keith Nació hace 50 años en Hartford, Connecticut. Hubo un tiempo, cuenta, en que su madre no podía comprarle zapatos nuevos. Las suelas se abrían y él las sujetaba con cinta adhesiva. Cuando llovía, metía periódicos dentro de los tenis para intentar mantener los pies secos. La ropa llegaba heredada por familiares mayores.
Él cuenta que su infancia llegó a ser tan frustrante que se fue a la calle a buscar refugio, y lo que encontró fue una pandilla.
“Viví esa vida”, dice a secas, con la mirada perdida en el gimnasio. “La conocí desde adentro. Conocí esa realidad. Todavía conozco personas que siguen siendo narcotraficantes o continúan viviendo de ese estilo de vida”, rememora.
Por eso hoy no le asusta entrar a comunidades donde otros prefieren no poner un pie. En su caso, lo hace pensando en que una pelota puede girar planes.
“No tengo ningún problema en ir a esos barrios porque yo crecí en uno. Sé cómo moverme. Sé cómo hablar con la gente. Ellos entienden que no soy una amenaza. Quiero que esos muchachos vean que sí es posible salir de ahí.”
Seguimos conversando mientras jugamos uno contra uno. Primero, hacemos un saque inicial. Aún recuerdo cuando en el colegio mi altura me permitía ganar sin problemas el saque (aunque mi desempeño como basketbolista fuera pésimo). Hoy, aquella virtud que apareció en mi adolescencia queda anulada con una sonrisa de Keith. Su brazo eleva el balón a cerca de 2,50 metros. Salto con todas mis fuerzas y es imposible alcanzarlo.
Así que pierdo la pelota y Keith ataca, pero no lo hace para humillarme (podría, sin problemas), pero mueve su cuerpo para enseñarme un movimiento. Parece sencillo cuando lo hace él, como un giro. El balón cambia de mano. Encesta y la red apenas se mueve. Cuando intento repetirlo descubro que el cuerpo humano puede olvidar, al mismo tiempo, dónde están los pies, las manos y el aro.
Él se ríe, en complicidad, y me palmea la espalda. “Tranquilo, esto es lo que hacemos siempre en la academia”, me cuenta.
Hace tres años Keith y su esposa Karla decidieron que Costa Rica sería su casa. Ahora la vida transcurre entre canchas. Una semana la academia entrena en el St. Jude School, en Lindora. Otra ocupa el Pan-American School, en Santa Ana. También pasa por el Colegio Cotepecos, en Sabana Sur, y por el Anglo American School, en Tres Ríos.
Allí la idea es siempre primar la formación de personas antes que jugadores. “No quiero solamente enseñarles baloncesto. Quiero enseñarles cómo conseguir una beca porque yo conseguí una. Quiero enseñarles qué hace falta para llegar al profesionalismo porque yo fui profesional”.


Entre esos muchachos ya hay uno que obtuvo una beca para terminar la secundaria en Alabama. Otro, de apenas quince años, integra la Selección Sub-19 de Costa Rica. También hay una joven para la que buscan una oportunidad similar en Estados Unidos.
Pero Closs insiste en que ninguna de esas historias empieza con el talento, sino con disciplina. Así que volvemos a lanzar (yo a intentar encestar) el balón al tablero, no sé cuántas veces.
¿Qué hace un exNBA en Costa Rica?
Antes de sentarnos a hablar de Costa Rica, inevitablemente volvemos a la NBA. Keith vistió el uniforme de Los Angeles Clippers y compartió la liga con Michael Jordan, Shaquille O’Neal, Karl Malone, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon y Kobe Bryant.
Así que le pregunto por algunas anécdotas y él sonríe para contarme que Michael Jordan le hizo muchísimos puntos. Que era prácticamente imposible detenerlo. “Yo tuve muchos problemas para marcar a Michael, pero él también conmigo”, ríe.
Entre sus recuerdos favoritos hay uno que involucra a Kobe Bryant. Closs había sido instructor en un campamento de baloncesto al que asistió un Bryant adolescente. En uno de los entrenamientos lo hizo correr series de velocidad como parte de los ejercicios. Años después, cuando ambos coincidieron en la liga de verano, Bryant decidió cobrarse aquella vieja deuda. Frente a todo el gimnasio, obligó a Closs a hacer las mismas carreras como una especie de “venganza”. “Fue su forma de devolvérmela”, recuerda entre risas.

Lastimosamente, Keith salió de la NBA por problemas de alcoholismo, pero su talento siguió brillando pues fue fichado por los Harlem Globetrotters, en el año 2000. Hoy ya lleva 20 años sobrio y justamente su rehabilitación le cambió su mirada del mundo, cuyo aprendizaje desea compartir con la juventud en el país.
—¿Cuál fue su primera impresión del nivel del baloncesto en Costa Rica?
—Mi primera impresión fue que aquí existe muchísimo potencial. Hay muchos jóvenes con talento. Lo que necesitan es la orientación adecuada.
”Con la infraestructura, veo muchos esfuerzos separados. Desde mi punto de vista, si una iniciativa no beneficia realmente a los jóvenes, entonces no debería hacerse, pero si algo va a contribuir al crecimiento del baloncesto en Costa Rica y al desarrollo de los muchachos, entonces todos deberían sentarse juntos".
—¿Qué pueden hacer los padres para que el deporte realmente transforme la vida de sus hijos?
—Lo primero es ser realistas sobre las capacidades de sus hijos. Cuando llegué a Costa Rica escuchaba constantemente frases como: “Mi hijo es muy bueno”, “es el mejor de su equipo”, “fue el mejor jugador de su escuela”. Sin embargo, luego llegan al gimnasio y descubren que hay otros niños que juegan igual o mejor. Los padres deben ser honestos.
”Si un muchacho dice que quiere obtener una beca para estudiar en Estados Unidos o jugar en la NCAA División I, entonces debe comprometerse de verdad. A veces eso significa renunciar a fiestas, a paseos a la playa o a otras distracciones para dedicar ese tiempo a entrenar y convertirse en el mejor jugador posible.
”El año pasado ocurrió una situación muy triste. Una muchacha había dejado un equipo y, cuando le tocó enfrentarlo en un torneo como rival, una madre pasó todo el partido insultándola desde las graderías. La joven terminó perdiendo el control, subió hasta donde estaba la señora y la golpeó. Nunca debimos haber llegado a ese punto. Los adultos tienen que entender que son un ejemplo para los muchachos".

—¿Qué representa el baloncesto para usted?
—El baloncesto es un idioma universal. Jugué en muchos países donde no entendía el idioma, pero siempre entendía el baloncesto. Mis entrenadores podían hablar una lengua que yo no conocía, pero bastaba con observar.
”Todo el mundo quiere ganar dinero, y eso está bien. Pero hay formas correctas de hacerlo. Cuando dejamos que el ego entre en el deporte, deja de tratarse de los niños y empieza a tratarse de nosotros. Y nunca debería ser así. Siempre tiene que ser por ellos".
—Costa Rica vive un momento complicado: cada vez más jóvenes terminan involucrados con el narcotráfico y la violencia. ¿Cómo puede el deporte cambiar la vida de esos muchachos?
—Recuerdo visitar una comunidad muy pequeña, prácticamente en medio de la selva. Había presencia de carteles de droga y algunos niños ya estaban siendo utilizados para vender drogas.
”Unos amigos nos invitaron a organizar una fiesta de Navidad y llevar regalos para esos niños. Mientras yo hablaba, había una niña pequeña sentada en la primera fila. Una y otra vez se levantaba para abrazarme. Volvía a sentarse. Al poco rato se levantaba otra vez para abrazarme. Finalmente terminó sentándose sobre mis piernas mientras yo seguía hablando con todos los demás. Son momentos como esos los que te hacen entender el impacto que puedes tener en la vida de un niño. Hay cosas que nunca olvidas.
”Otra experiencia muy especial fue con el proyecto que hacemos cada diciembre en el Estadio Nacional junto al padre Sergio. Nuestros propios jugadores regalaron sus balones personales a otros niños que no tenían uno. Para mí ese momento fue muy importante porque entendí que nuestros muchachos estaban recibiendo el mensaje correcto. No se trataba únicamente de aprender baloncesto. Estaban aprendiendo a compartir, a pensar en otras personas.
“Recuerdo una comunidad de Guanacaste en que había un niño que ya estaba involucrado en el tráfico de drogas. Después de conversar con nosotros cambió completamente su actitud”.
—¿Qué cree que necesitan hoy los niños costarricenses?
—Nos hemos vuelto demasiado egoístas. Vivimos encerrados en nuestro propio mundo. Pensamos únicamente en lo que ocurre dentro de nuestra casa y dejamos de preocuparnos por lo que sucede afuera.
”Después nos preguntamos por qué tantos jóvenes terminan involucrados en la violencia, las drogas o la delincuencia. Pero muy pocas personas se hacen la pregunta realmente importante: ¿qué estoy haciendo yo para cambiar esa realidad?
”Es muy fácil criticar. Es muy fácil señalar a los jóvenes y decir que están tomando malas decisiones. Lo difícil es involucrarse. Lo difícil es dedicar tiempo. Lo difícil es aparecer cuando nadie más quiere hacerlo.
”Todos hablan. Muy pocos actúan. Y llega un momento en que las palabras dejan de tener valor porque la gente ya las ha escuchado demasiadas veces.
”Tenemos que poner acciones detrás de nuestros discursos. No podemos limitarnos a decir que nos preocupan los jóvenes. Tenemos que demostrarlo”.
Puede contactar a la academia de Keith Closs al número 7053-1731.
