
Al morir el general Tomás Guardia en 1882, sus sucesores emprendieron la tarea de consolidar las instituciones estatales a partir de una profundización de una serie de reformas liberales.
Al respecto, es muy común, al leer obras de historia de Costa Rica, que en sus páginas los gobiernos posteriores a Guardia se asocien con un grupo de jóvenes políticos e intelectuales liberales quienes, por sus anhelos de grandeza y su arrogancia, fueron llamados “El Olimpo”.
Pero ¿a partir de cuándo los bautizaron así? ¿Quién les puso ese llamativo apodo e identificó a aquella generación como de dioses griegos?
Tiempos violentos

La invención del Olimpo costarricense ocurrió a inicios del siglo XX, cuando Rafael Iglesias gobernaba el país de manera autoritaria, pues su segundo mandato (1898-1902) se sustentó en varias argucias electorales.
A principios de 1897, Iglesias convocó al Congreso para analizar una propuesta de las municipalidades, cuyo objetivo era reformar el artículo 97 de la Constitución Política para permitir la reelección presidencial sucesiva por una sola vez.
Los oposicionistas a Iglesias enfrentaron ese proyecto y denunciaron que era nocivo para la república. Aunque organizaron clubes políticos por todo el país, la reforma se aprobó el 12 de mayo y el 28 de julio el Congreso convocó a elecciones de primer grado el 14, 15 y 16 de noviembre.
Para frenar a Iglesias, el 25 de julio de 1897 se realizó una concentración de oposicionistas en la plaza de los Ángeles en Cartago. Alrededor de 40 partidarios de Iglesias los esperaron en la estación del ferrocarril con tarros de lata y armados de garrotes, puñales, realeras, cuchillas, piedras y revólveres.
Ante esa violenta bienvenida, los oposicionistas denunciaron que la policía no había sido neutral sino abiertamente hostil a su reunión. Al día siguiente, los clubes políticos de oposición se fusionaron en el Partido Republicano, para disputarle las elecciones a Iglesias.
En las primeras semanas de agosto, los oposicionistas se reunieron continuamente y en esos espacios caracterizaron a Iglesias como un ser indigno, amoral, sin piedad, sediento de poder a toda costa, hasta llamarlo tirano. La aprobación de la reelección presidencial fue expuesta como el triunfo “de la mentira o de Satanás”.
El 4 de agosto, el republicano Ramón Bolaños Rodríguez dijo que se enfrentaban a la infamia que el oficialismo estaba lanzando sobre la patria y que, en caso de concretizarse la reelección de Iglesias, la grandeza de Costa Rica se echaría abajo en el concierto internacional de naciones.
Para él, los oficialistas o “continuistas”, definidos como “hijos bastardos de la patria”, producirían “el hundimiento de nuestras libertades”. Y los oposicionistas, como “hombres libres”, en cuyas venas ardía “la sangre de nuestros heroicos antepasados”, debían impedirlo.
Deslindadas las fronteras entre unos y otros, los clubes de ambos partidos se lanzaron a hacer propaganda barrio por barrio, en un empeñoso esfuerzo por convencer a los votantes. Eso hizo que los encuentros entre opositores y oficialistas fueran más continuos, de forma que las posibilidades de enfrentamiento callejero se multiplicaron.
A inicios de septiembre, el ministro de Gobernación ordenó a gobernadores y jefes políticos del país reprimir las plazas políticas cuando los oradores usaran expresiones como “bandido, asesino, ladrón, estafador y otras semejantes”.
Asimismo, se prohibieron “los gritos de vivas”, la circulación de propaganda sin permiso de las autoridades, la portación de armas y las reuniones políticas que amenazaran la paz.
Por supuesto, ese recurso sirvió para que la policía encerrara a simpatizantes republicanos y alegara, para hacerlo, la violación de la ley, lo cual equivalió a echar más leña al fuego.
El 14 de setiembre, después de un encuentro sangriento en Heredia, la Comisión Permanente en el Congreso suspendió por 60 días las garantías individuales.
Empequeñecidas las posibilidades de ganar el poder por medio de votaciones limpias, los opositores intentaron hacerlo con una revolución, pero su conato de revuelta no fructificó y los cabecillas fueron puestos en prisión.
Aunque las garantías se restituyeron unos días antes de las elecciones de segundo grado, que se verificaron el 14, 15 y 16 de noviembre, las directivas centrales del Partido Republicano de San José, Cartago, Heredia, Alajuela y Puntarenas circularon una hoja suelta en la que anunciaron que su partido no votaría en esos comicios.
Por supuesto, Iglesias ganó las elecciones, pero a las urnas solo asistió un 39% de los votantes. Iglesias ya arrastraba consigo una acumulación de rencores y desprecio por un grupo opositor al que bautizaría un joven republicano unos años después como “El Olimpo”.
Los dioses del Olimpo tropical
En febrero de 1899 hubo un nuevo intento de golpe de Estado que fracasó. La violencia amenazaba con volver a aparecer en las elecciones de 1901-1902, particularmente si Iglesias extendía todavía más sus años en el poder.
Empero, en agosto de 1901, Iglesias le envió una carta a Cleto González Víquez, entonces destacado abogado y militante de la oposición, para llegar a un acuerdo que permitiera una transición política en 1902.
El 14 de setiembre, Iglesias y sus allegados se reunieron con dirigentes del Partido Republicano; de allí salió el consenso para postular como candidato presidencial a Ascensión Esquivel por el Partido Unión Nacional (PUN).
Sin duda, la transacción beneficiaba a Iglesias y era la opción de muchos liberales para evitar quedar fuera del poder una vez más.
Pero otros republicanos, entre los que estaban Albino Villalobos, Faustino Montes de Oca, José María Zeledón y los hermanos Rogelio y Víctor Fernández Güell, no aceptaron la transacción y decidieron enfrentar a Esquivel.
Desde el periódico El Derecho: diario republicano, fundado y dirigido por los hermanos Fernández Güell, se lanzaron los principales dardos en contra de la transacción política, con declaraciones como que no se podían fundar “Repúblicas con lágrimas, ni se reconquistan los derechos de un pueblo llevándolo a los pies del amo” o que el “oro se arranca del seno de la tierra y la libertad de las entrañas de los tiranos”.
Los republicanos intransigentes alegaban que el PUN no era más que una “imposición” alrededor de cuya bandera se refugiaban “los ambiciosos, los enemigos del pueblo y unos cuantos patriotas extraviados”. Había llegado la hora del combate y el clarín anunciaba la pelea.
En un arranque de imaginación, el 6 de octubre de 1901, bajo el seudónimo “Pascual” y con apenas 18 años, Rogelio Fernández Güell apodó a los antiguos miembros republicanos del PUN como “El Olimpo”.
En ese texto se presentó la situación política de Costa Rica como sombría:
“Todo estaba en silencio; los Dioses en el Olimpo dormían dulcemente, en tanto que la tempestad tronaba sobre el pueblo […]. De pronto se conmovió el monte y ante los Dioses se desplegó una bandera blanca que decía ‘Transacción’. Ellos se levantaron, y pocos momentos después, la bandera ondeaba en sus manos.
[…] Embriagados en el incienso vano, se llenaron la cabeza de humo, la gloria los visitó un día en medio de aplausos, vieron brillar en lontananza un porvenir soberbio y llenos de orgullo se apellidaron Dioses.
Ningún título mejor: esa palabra representa todos los sueños de una época pasada, todos los absurdos de una edad que rodó a la sepultura, todas las falsedades que inventaron los hombres un día y que luego creyeron realidad. ¡Dioses!
[…] Esos divinos señores jamás se presentaron abiertamente en el campo de combate. El porvenir era el destierro. Apenas el nombre de transacción llegó a sus oídos, despertaron. ¿A dónde nos han arrastrado? A los pies del amo. ¿Qué debemos hacer? ¡Combatir al amo y a los falsos Dioses!”
Liberado el apodo, muchos otros lo utilizaron.
A inicios de 1902, en otro artículo, “Pascual” se quejó de esas deidades que no tenían luz propia y brillaban con fulgor prestado, rodeadas por “un prestigio inmerecido, endiosados por la ignorancia popular, enorgullecidos con su talento y su fama”.
“Pascual” los veía como “sepulcros blanqueados” y como seres muertos, a quienes tarde o temprano despertaría “la trompeta apocalíptica”, para “comparecer en el juicio de la Historia para responder ante la Patria” por sus ultrajes a la libertad del pueblo.
En otro artículo, el mismo autor describió a la “política olímpica” como nacida de la traición, la calumnia y la actitud sinvergüenza.
Por siempre
Los republicanos propusieron la candidatura de Máximo Fernández, a quien describieron como “hijo legítimo de Costa Rica, republicano irreductible”.
Las elecciones de primer grado llegaron sin problemas y se desarrollaron el 15, 16 y 17 de diciembre. El PUN arrasó en eso comicios, pero los republicanos aceptaron la derrota como algo que se podía presagiar en vista de la transacción y de la reorganización que debieron hacer de su partido, pero se alegraron de que su lucha había tenido eco entre “multitud de pechos generosos”.
Conforme avanzaron los días, los republicanos se convencieron de que la victoria de Esquivel había sido “bien triste” y no merecía “cantarse en voz alta”.
Eventualmente, las elecciones de segundo grado, realizadas el 16 de febrero de 1902 en el Edificio Metálico, fueron impugnadas por Víctor Fernández Güell, pero su denuncia no tuvo ningún éxito.
El apodo que le puso su hermano a aquellos políticos corrió mejor suerte y se volvió imperecedero.