
María de los Ángeles baila desde los 8 años. Aprendió en el patio de su casa escuchando la radio de la
vecina. A los 12, mientras asistía a la escuela, comenzó a participar en concursos de talento. A los 20, conoció a su primer novio en una pista de baile. 55 años después –de ese día– María de los Ángeles sigue bailando.
No está muy segura de cuál es su apellido, y recuerda poco de su primera pareja de baile. A los 75 años, dice que su memoria solo reacciona bien a los pasos.
“De todo lo que le puedo decir, le aseguro que el baile me devuelve la vida. Me siento muy alegre”.
De acuerdo con múltiples estudios, el baile –en el adulto mayor especialmente– es terapia. Por esto, el Parque la Libertad, en Desamparados (San José), abrió un espacio para que personas mayores a 60 años pasaran el viernes 13 activados.

Durante la mañana, ese espacio público reunió a más de 500 adultos mayores, aproximadamente para que fueran parte de distintas actividades al aire libre.
Hubo una sesión de ejercicios, caminatas por senderos, una presentación artística, y al finalizar, un baile con La Gran Orquesta. Toda la banda llegó vestida de negro.
María asistió a todo, y además se pudo llevar una de las matas que regalaban.
“Me gusta cuidar las plantas porque mantiene la mente activa. Mucha gente subestima las capacidades de un adulto mayor”, me asegura mientras termina de arreglarse el cabello.
Durante el baile, el baño de mujeres pasó muy ocupado con “trucos para peinarse sin darse un dolor de cabeza todo el día”.
Para Aliss Jiménez, gestora comunicativa del Parque, estas actividades es de lo que trata esa institución.
“Nos importa que el espacio que tenemos, se pueda abrir hacia muchas comunidades. La del adulto mayor requiere de condiciones, no es tan sencillo porque hay que tener cuidado. Sin embargo, el Parque no ve eso como un impedimento para realizar una agenda que los incluya”.
El bolero y la flor
Llegó con un amigo, uno anónimo que me suplicó para que no escribiera su nombre, “ni apellidos”.
Marín lleva la cuenta de todos los bailes a los que han asistido. Ambos tienen 67 años.
“Desde los 50, que enviudé, comencé a ir a los salones o a actividades como esta. Antes de eso no me gustaba. Comencé a ir porque unas amigas de mi mujer me dijeron que me haría bien. Y resultó que sí”, me dijo Marín.
Lo que Pedro más disfruta de esos eventos es un buen bolero, y regalar flores.
“Yo sé que ya no me voy a enamorar de nuevo, pero me gusta compartir con las compañeras. Muchas de ellas también están viudas, entonces la flor es para compensar”, asegura.

A mi alrededor, cientos de señores y señoras bailaban sin percatarse de su cuerpo.
Estaban sumergidos en sí mismos. Danzaban entre ellos, contentos y libres. Si existe una población a la que poco le importa lo que piensen los demás, son nuestros abuelos. Aquel inmenso grupo le fue fiel al principio básico del baile: la expresión corporal.
En media fiesta, Marín sacaba a bailar a más de una. Por asistir a tantos eventos similares, las caras se reconocen. Entre ese montón de espíritus desconocidos, que compartían un momento mágico dentro de un galerón, se sentía el tiempo en pausa.
Marín también lo sentía así. Por eso, me dijo, “cuando mi señora murió me sentí muy solo, por eso sus amigas me dijeron que fuera a bailar. Con la música a uno se le olvida de todo”.
El anónimo
No me quiso dar su nombre porque temía incomodar con lo que me iba a decir.
“No quiero que nadie de la familia se sienta mal”.
“Pero yo vengo a estas cosas porque sino, no tengo nada que hacer. Mis hijos trabajan, son profesionales todos, y cuesta mucho poder verlos aun que sea sábados”.
Pero el anónimo no está tan solo como él cree. De acuerdo con un estudio del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el 8,1% de las personas adultas mayores costarricenses (unos 31.000 personas) vive sola o con gente de una edad similar.
El anónimo, en este caso, no baila. Prefiere visitar el área de comidas, y las zonas verdes. Yo voy con él.
Me cuenta que no le gusta mucho lo del baile, pero sí ver a la gente bailar. No es viudo, como Marín. Se divorció a los 30. Tuvo sus dos hijos antes de los 28. “
Vea yo creo que uno comete muchos errores cuando es joven, pero lo que importa a veces es que cuando ya usted llegue a estas edades tenga sus amigos, y que lo acompañen bien”.
Baile de la vida
Al mediodía, todo estaba en lo más y mejor. Ya pronto acabaría, y entonces se aprovechaba cada canción.
Entre los presentes estaba un grupo de baile de Desamparados. Se identificaban por sus sombreros negros con letras color naranja, y por su emoción en la pista improvisada.

Se llama Baile de la Vida, y comenzó hace un tiempo con tan solo 15 personas. Ahora tienen más de 300 adultos mayores que se reúnen en un salón para bailar.
Ana Cecilia Díaz es una de las señoras que asiste regularmente a las clases.
Diáz tiene 72 años, y muchísima energía condensada en su pequeño cuerpo. “Yo necesito salir a veces del corre corre de toda la semana, entonces a eso me voy, a bailar con mis amigos. Me saca de la rutina, me pone feliz y me llena de salud, también”.
Cerca de Ana, estaba el resto de su entourage . Listas para ir al baño, arreglarse el peinado, y regresar al bailongo.
La independencia
Como no todos bailaban, el Parque optó por poner sillas cerca del conjunto. Allí otro montón de adultos mayores la pasaban a su manera. Carlos, Luis y Rosa tenían días de no verse. Todos viven por los alrededores del Parque pero pasan muy ocupados. Los tres están pensionados, y con más de 70 años cada uno, no les queda más que buscar vida.
A ninguno le gusta bailar, pero le dicen que sí a todo.

“Somos muy sanos. Los tres crecimos con familias parecidas, de campo, entonces conversamos bien todo”, me dijo Carlos.
Por su parte, Rosa está muy distraída buscando una lupa. “Con esto leo ahora. Me lo enseñó mi nieta y me funciona bien”. Está buscando los resultados de una lotería que tampoco saben bien, si ya venció.
Pero se ríen. Compran tamales y café negro.
Luis saca su celular para enseñarme fotos que tomó el martes pasado en una finca a la que fue con su hijo y su nuera. En una, salía arriba de un caballo.
Les pregunto porqué están ahí sino bailan. Entonces me explican que no siempre se trata de eso. Que para ellos, que tienen a su familia pendiente de su salud y corazón, lo importante es no perder su independencia.

“Estos espacios nos regresa a la época en nuestra vida cuando teníamos menos dolores de espalda”, dicen Luis entre risas. “Ahora nos toca, porque ya estamos viejos, y vamos para más, crear nuestras propias actividades”.
Al otro lado, dentro del galerón, ya la fiesta terminaba. Las chicas que organizaron el evento se sentaron en una mesa a descansar los pies y tomar agua. Mientras tanto, cada una recordaba a su abuelo, cuando y cómo murió. Añorando un poco que estuvieran ahí para bailar una vez más.
