Más allá de los títulos de doctora en Derecho Penal, magistrada de la Sala Tercera y ahora presidenta de la Corte Suprema de Justicia, existe una mujer que disfruta perderse entre las páginas de una novela, que busca en las historias de la Segunda Guerra Mundial lecciones sobre la dignidad humana y que todavía lamenta que en la POPS hayan dejado de vender su helado favorito: el de caramelo.
Patricia Vargas González es la niña de San Joaquín de Flores que tomaba el micrófono en los actos cívicos de su escuela, la estudiante que encontró en sus profesores una inspiración para dedicar su vida al Derecho, hermana gemela y madre de gemelas que, con dos bebés de cinco meses, cuatro maletas y una beca para cumplir el sueño de estudiar en España, se marchó junto a su esposo a empezar una nueva vida.
Es la mujer que siguió corriendo cuando enfrentó el cáncer, que desempolva su cámara fotográfica cuando encuentra tiempo para aprender algo distinto y que comparte su casa con tres perros, entre ellos Canelo, un callejero.
Detrás de la magistrada que ahora deberá conducir el Poder Judicial durante los próximos cuatro años, hay una mujer que se reconoce profundamente agradecida con la educación pública que recibió, que sigue estudiando por el placer de aprender y que, después de los desafíos profesionales y personales que ha enfrentado, aspira a algo que expresa sin grandilocuencia: llegar a la jubilación con salud.
A sus 52 años, Patricia Vargas González es la segunda magistrada más joven de la Corte Suprema de Justicia. Solo Jorge Leiva Poveda, integrante de la Sala Primera, es menor que ella, con 50 años. Su edad contrasta con la de una Corte Plena cuya edad promedio ronda los 63 años.
Su llegada a la presidencia del Poder Judicial también tiene un significado histórico: es la segunda mujer en ocupar ese puesto en los 200 años de historia de la institución, después de Zarela Villanueva Monge.
Asume, además, en un momento de fuertes tensiones entre el Poder Judicial y los otros poderes de la República, con advertencias y denuncias sobre riesgos para la independencia judicial, en medio de disputas por decisiones presupuestarias y cuestionamientos a la actuación de los jueces.
Su nombramiento coincide, por otra parte, con una circunstancia inédita en la historia costarricense: mujeres están al frente de los tres poderes de la República —Laura Fernández en el Ejecutivo, Yara Jiménez en el Legislativo y Patricia Vargas en el Judicial—, así como Eugenia Zamora en el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).
La niña que quería entender a los abogados
Pero antes de todo eso, Vargas era una estudiante de escuela pública a la que le gustaba estudiar y que solía encargarse de los discursos durante los actos cívicos. Le gustaba tomar el micrófono, hablar y participar en las actividades de su comunidad.
En su infancia, un sacerdote que la escuchó durante las celebraciones de Semana Santa en San Joaquín de Flores le hizo una observación que todavía recuerda: “Usted tiene que ser periodista”.
La posibilidad de dedicarse a la comunicación la acompañó durante años. También le llamaba la atención el lenguaje de los abogados, aunque le resultaba extraño y difícil de comprender. Esa curiosidad terminó inclinándola hacia el Derecho cuando ingresó a la Universidad de Costa Rica (UCR).

Su decisión tuvo, además, una explicación práctica. Pensó que sería más fácil pasar materias de Derecho a Periodismo que hacer el recorrido contrario. Terminó la carrera y, antes de graduarse, ya trabajaba en el Poder Judicial.
Vargas creció en una familia vinculada a la educación: sus padres eran educadores. Cursó la escuela en el centro educativo Estados Unidos de América, asistió al Liceo Regional de Flores y completó sus estudios universitarios en la UCR. Su trayectoria académica estuvo marcada por la educación pública, a la que atribuye buena parte de las oportunidades que le permitieron construir su carrera.
“Me creo una persona profundamente agradecida con el Estado de bienestar de Costa Rica, porque hoy soy lo que soy gracias a las oportunidades que me dio esa educación pública”, afirma.
Durante muchos años ha impartido clases de Derecho en la UCR, convencida de que quienes tuvieron acceso a oportunidades de formación deben devolver algo a la institución que contribuyó a abrirles camino.

En el aula, además, encuentra una razón para seguir estudiando. Les dice a sus estudiantes que es “egoísta” al dar clases, porque no lo hace únicamente por ellos, sino también por sí misma: las preguntas que no puede responder de inmediato la obligan a regresar a los libros y profundizar en los temas.
De sus años universitarios conserva la influencia de profesores como Mario Houed y Francisco Castillo, referentes que despertaron su interés por el Derecho Penal. Recuerda especialmente la impresión que le causaba escuchar sus clases y encontrarse con académicos cuyo conocimiento le parecía extraordinario.
Cuando era estudiante, veía en ellos una imagen de lo que quería llegar a ser. Hoy procura trasladar esa misma experiencia a sus alumnos: demostrarles que un profesor puede despertar una vocación y marcar el rumbo de una carrera.
Las lecciones que encuentra en la Segunda Guerra Mundial

Fuera de los expedientes y las aulas, Vargas encuentra en la lectura una de sus principales aficiones. Le gustan las novelas y siente una especial atracción por las historias relacionadas con la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el papel de las mujeres en distintas épocas.
Lee cuanta novela llega a sus manos sobre esos temas. Le interesa comprender cómo los seres humanos pudieron llegar a niveles tan extremos.
“Las consumo porque me parece impresionante cómo podemos llegar los seres humanos a destruirnos a nosotros mismos en ese nivel”, dice.
“Quizás por eso es que uno es un poco consciente de la importancia que tienen que tener, en todos los países, las instituciones y el respeto a las instituciones, y cómo un discurso puede hacer que las personas pierdan el norte y dejen de entender la importancia que tiene el respeto del otro, la dignidad del otro, lo más esencial en el ser humano y hasta qué nivel nos podemos degradar”, reflexiona.

Entre sus autoras favoritas está Isabel Allende. La casa de los espíritus es una novela que aprecia especialmente y de la que llegó a comprar otro ejemplar para volver a leerla.
Por otra parte, su curiosidad la llevó incluso a estudiar fotografía durante la pandemia. Se matriculó en un curso técnico en el Tecnológico de Costa Rica, que recibió por medio de Zoom, y tuvo que realizar los ejercicios desde su casa, con las limitaciones propias de la virtualidad. Aprendió sobre técnicas, efectos y el manejo de la cámara; descubrió que dominar la teoría no convierte necesariamente a alguien en un artista.
Todavía conserva el equipo y hace poco volvió a desempolvar la cámara y revisar los filtros y lentes. Le gustaría practicar más, aunque admite que el tiempo no siempre alcanza.
Su conexión con Limón

Su ingreso al Poder Judicial ocurrió en la Defensa Pública, donde comenzó como asistente y luego pasó a ejercer como defensora. Ese trabajo la llevó a Siquirres, Turrialba y Limón, entre otros destinos, en una etapa en la que aprendió de cerca las distintas realidades de la justicia penal.
Limón ocupa un lugar especial en sus recuerdos profesionales. Allí permaneció casi dos años y coincidió con funcionarios que considera parte de su formación. También conoció las exigencias de atender a personas detenidas y visitar centros penitenciarios para conocer sus condiciones y tramitar asuntos relacionados con la salud, las penas y otras necesidades jurídicas.
El trabajo implicaba una responsabilidad particular: muchas de las personas privadas de libertad no tenían las mismas posibilidades de buscar asistencia legal por sus propios medios. La Defensa Pública debía llegar hasta ellas.
Limón también fue el lugar donde conoció a quien se convertiría en su esposo. Ella había viajado para visitar a una amiga y él trabajaba como defensor público. El encuentro fue suficiente para que Patricia Vargas tuviera claro lo que quería. “Y ahí lo conocí. Y listo, yo dije: ‘Este es’”, recordó. Llevan 26 años juntos.

Después pasó por distintos puestos, tanto en materia penal como en ejecución de la pena, hasta que tuvo la oportunidad de trabajar como letrada en la Sala Tercera. Aquella experiencia la acercó a un espacio que había admirado desde sus años universitarios.
Con el tiempo, alternó entre distintas funciones judiciales. Fue jueza de juicio en Desamparados, regresó a la Sala Tercera y posteriormente concursó para convertirse en jueza de apelación de sentencia. Durante casi una década trabajó en el Segundo Circuito Judicial de San José, antes de ser designada magistrada de la Sala de Casación Penal.
El recorrido exigió preparación y varios intentos. No llegó a la magistratura en la primera ocasión en que se postuló. En una de esas etapas, mientras se preparaba para una entrevista en la Asamblea Legislativa, recibió un diagnóstico de cáncer. En ese momento, recuerda, estaba preocupada por el proceso para llegar a la magistratura, sin dimensionar todavía el desafío personal que tendría por delante.
Con el paso del tiempo, aquella preocupación adquirió otra proporción.
Superó la enfermedad y volvió a intentarlo. En la última ocasión se dijo que sería la última vez que se postularía. Finalmente, obtuvo el nombramiento.
La experiencia la llevó a reflexionar sobre las prioridades y sobre la manera en que las oportunidades llegan a lo largo de la vida. No siempre suceden cuando uno las busca con mayor insistencia, considera; algunas requieren tiempo, preparación y circunstancias que no dependen exclusivamente de la voluntad personal.
Dos bebés, cuatro maletas y un sueño
El doctorado en Ciencias Penales en España fue una aspiración que Vargas mantuvo durante años. Cuando recién se graduó, solicitó una beca para estudiar fuera del país, pero recibió una respuesta negativa. El rechazo la desanimó, aunque no abandonó el proyecto.
Mientras avanzaba en su carrera judicial, cursó una maestría en Ciencias Penales en la UCR. También había comenzado estudios de maestría en Comunicación, una inquietud que conservaba desde su infancia, pero dejó ese programa inconcluso cuando decidió concentrarse en su formación penal.
Años después, volvió a solicitar una beca a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Esta vez, su trayectoria profesional, sus estudios y sus publicaciones acompañaban la solicitud.
La respuesta positiva llegó cuando acababa de reincorporarse al trabajo tras su licencia de maternidad. Sus hijas gemelas tenían cinco meses. La noticia no solo era la confirmación de un sueño, también implicaba tomar una decisión en pocos días, pues la agencia no le había comunicado a tiempo la resolución y necesitaba saber si aceptaría.
“Yo no le puedo explicar lo que es meter la vida en cuatro maletas con dos bebés que para ese momento tenían cinco meses y el susto que se lleva uno en el cuerpo”, recuerda.

Su esposo tuvo la posibilidad de gestionar una beca con la UCR. Así, la familia pudo organizar el viaje y emprender junta la aventura. “Con dos becas para dos que dieran para cuatro”, resume.
La mudanza supuso comenzar de nuevo en otro país. Vargas recuerda que la adaptación fue difícil, especialmente al principio, pero considera que aquella etapa estuvo entre las mejores de su vida.
No solo aprendió Derecho. También aprendió de la vida, de las exigencias de combinar la maternidad con el estudio y de la posibilidad de cumplir un sueño que durante mucho tiempo había parecido distante.
Cuando regresó a Costa Rica, sus hijas ya eran mayores y ella retomó el camino profesional que la llevaría a la magistratura.
Correr, el cáncer y los tres perros de la casa
Vargas corre por gusto, sin pretensiones competitivas. “No esperen medalla de mi parte”, asegura. Forma parte de un grupo de personas de Moravia con quienes comparte una actividad que le permite hacer ejercicio y conversar.
Correr la acompañó cuando hizo frente al cáncer de mamas. Antes de recibir el diagnóstico ya practicaba este deporte y mantuvo la actividad durante ese periodo.
En casa tiene tres perros. Otto es un bulldog francés al que describe como “gordo y precioso”. Macarena es una chihuahua mayor, que ya se incomoda con la gente. Y está Canelo, el perro callejero que llegó a la familia gracias a su esposo.

Vargas solía decirle que, si encontraba un perro pequeño mientras corría, se lo llevaría a casa. Quería ayudar a alguno de los animales que veía en la calle.
Un día, su esposo encontró uno cerca de su oficina. No pudo recogerlo en ese momento, pero una mujer de la zona le contó que había rescatado un perro el día anterior. El animal terminó bajo su cuidado y, después, en la casa de la familia.
Hay pequeños placeres que no requieren grandes planes. Vargas disfruta los helados y tiene un favorito muy concreto: el de caramelo de la POPS. Le molesta que ya no lo vendan y no encuentra sustituto en las otras opciones que le ofrecen.
“Nunca han inventado algo igual. Hablan de dulce de leche y otras cosas, no. Si no es ese no”, sentencia.
Una manera de entender la vida
Vargas se define como católica y creyente. Aunque admite que no siempre consigue asistir a misa tanto como quisiera, dice que las enseñanzas de Jesús ocupan un lugar importante en su manera de entender la vida.
Su santo favorito es San Francisco de Asís. Lo conoció mejor cuando una profesora del colegio les enseñó su oración y desde entonces le ha interesado su dedicación a los demás.
La idea de procurar el bien ajeno y respetar a las personas está entre sus convicciones centrales. Para ella, eso también significa reconocer que cada persona tiene derecho a vivir y ser feliz sin que otros intenten imponerle una forma de ser.
“Todos tenemos derecho a ser felices”, afirma.

Cuando se le pregunta cuánto tiempo más se ve ejerciendo la magistratura, no habla de prolongar su carrera indefinidamente ni plantea nuevas metas de poder. Su aspiración es llegar a la jubilación con salud y cumplir con la responsabilidad que asumió ante el país.
“Yo esperaría llegar a mi jubilación con salud y con eso me daría por satisfecha”, dice.
Patricia Vargas afirma que nunca ha recibido amenazas que la hayan hecho temer por su vida, aunque reconoce que, durante su trabajo en la Defensa Pública, hubo situaciones en las que era necesario tomar precauciones. Sabe que otros compañeros y compañeras de la judicatura y del Ministerio Público han enfrentado circunstancias mucho más difíciles.
