Revista Dominical

Página Negra: El Televangelio, según Tammy Faye

Por casi 50 años vendió amor y prosperidad mediante la corporación religiosa más grande del siglo XX; rompió el molde de los predicadores que golpeaban con La Biblia la frente de los demás

Farsante consumada o ilusa. Su figura era una explosión de colores, looks extravagantes, peinados estrambóticos, maquillajes multicapa y unos aires de ángel transmutado en telepredicadora de la prosperidad.

En el más allá el alma de Tammy Faye Bakker oscilará entre la inocencia, la mentira, la fastuosidad y la excentricidad, como cuando irrumpió en la televisión planetaria -allá por los años 70 y 80- cual rutilante estrella pop del televangelismo.

Vino al mundo igual que todos los mortales, en el hogar de dos predicadores pentecostales; su madre, Rachel Minnie quedó embarazada soltera y el sentido de culpa la llevó a casarse con el autor del desaguisado, Carl Oliver LaValley.

A pocos meses de su nacimiento –el 7 de marzo de 1942, en Minnesota– la pareja rompió relaciones y los ministros protestantes marginaron a Rachel, más aún cuando volvió a casarse con un viudo, Fred Willard Grover, padre de siete niños.

La pequeña Tammy sintió pronto el llamado divino; poseía una bella voz y se colaba entre las bancas del templo, para escuchar los sermones apocalípticos del pastor, disfrutar las alabanzas, los cantos y los arrebatos de los acólitos. Jugaba con títeres, usaba la ropa, los zapatos y labiales maternos, para improvisar escenarios donde disertaba sobre lo humano y lo divino, y en su mente bullían las ideas que después la convertirían en una show woman religiosa.

La epifanía de Faye llegó cuando conoció, en la North Central Bible College –en Minneapolis– a Jimmy Bakker, un carismático, ambicioso y labioso petimetre, quien detectó al instante el potencial manipulador de aquella mujer.

Dos días después de intercambiar saludos y quedar boquiabierta con los sermones de Jimmy, decidieron casarse, el 1 de abril de 1961, y montaron su propio ministerio, el germen de lo que sería una corporación cristiana sin precedentes.

Todo era muy idílico. Tammy trabajó como dependienta en una boutique, y Jimmy era el mozo de una tienda por departamentos en Minneapolis.

Combinaban esas labores con esporádicos viajes, en un carro de lujo, para llevar el mensaje cristiano a diferentes estados. Bakker predicaba y Tammy cantaba, tocaba el acordeón y tenía un espectáculo de títeres.

La pasión de Faye por el espectáculo y las cámaras encontró un terreno fértil en El Club 700, un programa televisivo que lanzó Pat Robertson, basado en contribuciones mensuales de $10 dólares, recaudados en una teletón.

Pedir dinero a la audiencia resultó buen negocio, y el Club siguió con sesiones nocturnas de dos horas con música cristiana, predicación, oraciones grupales, estudios bíblicos y segmentos de entrevistas.

Jimmy fue el primer presentador oficial y Tammy tenía un programa infantil, llamado “Jim y Tammy”. Por diferencias ideológicas la pareja se fue del canal y pasaron a Trinity Broadcasting Network (TBN).

Desde ahí fundaron un imperio mediático a partir del Club PTL –Alabado sea el Señor– en 1974, en una vieja tienda de muebles. Tammy adaptó el formato de los grandes shows, como el de Johnny Carson, con entrevistas, público, escenarios fastuosos y temas escandalosos.

Entre 1970 y 1975 parió dos retoños: Tammy Sue, apodada “Sissy, y Jamie Charles.

El Club PTL vendió el “evangelio de la prosperidad” y la idea de intercambiar favores divinos, por una pequeña donación en efectivo. Las cajas registradoras tintineaban cada segundo, mientras estaban al aire y oraban por más dólares.

El impacto mediático fue de tal magnitud que el PTL generó, en la década de 1970, unos $120 millones anuales. Eso demostró que el Señor proveerá.

La vida de Tammy, y las desventuras de su marido, fueron un culebrón que alimentó las ansias circenses de la prensa sensacionalista, nutrida por un binomio de telepredicadores, quienes hicieron de la cristiandad un espectáculo mediático.

Ese dúo religioso logró descollar en un ambiente de patriarcas –biblia en mano– hechos a sí mismos, en las décadas del conservadurismo más duro en los Estados Unidos de América.

El instinto por los negocios, la sociedad de consumo y la globalización unieron fuerzas con Tammy y Jim, quienes potenciaron todos sus pecados y los exhibieron sin pudor ante la opinión pública.

La hipocresía religiosa, aderezada con los escándalos sexuales del santurrón de Jimmy, echaron por tierra una de las corporaciones bíblicas más poderosas del siglo 20.

Mientras el imperio de la teología de la prosperidad se extendía como una hiedra por todo el planeta, el matrimonio de los dos bendecidos caía en picada.

Al despuntar los años 80 corrió el rumor de que Jimmy tenía un romance con una joven asistente de la iglesia; el chisme saltó a los titulares de la prensa en 1987, cuando Jessica Hahn abrió la bocota.

La muchacha –de 21 años– acusó a Jimmy de drogarla y –junto con otro predicador, John Wesley Flectcher– violarla en un hotel en La Florida. Para silenciarla el PTL le pagó 287 mil dólares.

Como suele suceder, el hilo se rompió por lo más delgado y Jessica recibió todo el golpe mediático; Bakker llegó a decir que Hahn era una “profesional” y sabía todos los trucos del “oficio” más viejo del mundo.

Ella abandonó el PTL, posó desnuda en Playboy –noviembre y diciembre de 1987– y participó en varios programas de televisión, como Matrimonio con hijos, y en The Howard Stern Show, a finales de los años 80 y hasta la década del 2000.

El lío de faldas subió de tono cuando a Bakker lo acusaron de sostener relaciones homosexuales y varios encontronazos con rameras; años más tarde, el telepredicador contó que sufrió abusos sexuales en su niñez y en la iglesia.

Lo de Jessica solo fue un tentempié y el resbalón final que detonó el sueño de la mística pareja; la prensa descubrió un hueco financiero en el PTL de $65 millones, asociados a Heritage USA.

Esta era una fundación encargada de administrar un parque temático, inaugurado en 1978; algo así como el Disney del cristianismo. Llegó a recibir seis millones de visitantes al año y empleó a 2,500 personas.

Estaba ubicado en Carolina del Sur, en una propiedad de 9,3 kilómetros cuadrados, con pistas de patinaje, servicios de oración, estudios de producción, escuela bíblica, hotel con habitaciones. El paraíso en la tierra.

El destape financiero lo evidenció Jerry Falwell, ícono de la derecha religiosa, quien llegó a decir que Tammy y Bakker habían convertido el PTL en “la sarna y el cáncer del cristianismo”, así o más feo.

Dos años más tarde Jimmy pasó por el purgatorio de la justicia humana, lo acusaron de utilizar el dinero de sus fans para pagar su lujoso estilo de vida y el de su mujer.

Lo condenaron a 45 años de cárcel, pero solo purgó cinco, y pagó una multa de medió millón de dólares. Tras su salida de prisión volvió a las andadas religiosas, fundó otro programa y se casó, por segunda vez, con Lori, una seguidora.

Aunque Faye no estuvo en el banquillo de los acusados, fue cómplice de su marido; ambos eran adictos al consumo y montaron una industria cristiana, para fabricar en serie promesas de perdón y amor.

Lo que hacía la mano derecha, bien lo sabía la izquierda. Compraron mansiones, joyas, autos Rolls Royce y viajaron por todo el planeta con un séquito de adoradores.

La megalomanía religiosa llegó a tal nivel que comenzaron a construir la iglesia más grande del mundo, Crystal Palace Ministry Center, una especie de mall espiritual, por la bicoca de 100 millones de dólares.

En su libro Contándolo a mi manera Faye escribió su verdad. Ella no sabía nada; el público televisivo fue testigo de sus diferencias conyugales, quienes los visitaban en su mansión notaban la tensión y sentía que no podía “fingir más”.

El juicio fue la confirmación pública de que eran un par de sepulcros blanqueados; la versión acabada de los excesos de los años 80, y en particular, la codicia de los televangelistas.

Después de divorciarse, Faye grabó varios discos de música góspel y country; vendió una buena parte de su infinito guardarropa; se posicionó como consejera y difundió -en los antiguos casettes- charlas de motivación.

En 1993 se casó con Roe Messner, antiguo socio de Jim y constructor de al menos 1700 iglesias. Messner, excéntrico y polémico, fue quién pagó a Hahn por su silencio y testificó a favor de Bakker.

Algunos le atribuyen haber influido en Tammy para entrevistar en el PTL a los primeros homosexuales afectados por el SIDA, darle un espacio a la comunidad gay para exponer sus inquietudes y eso molestó a los conservadores protestantes.

En 1996, a los 54 años, Tammy Faye fue diagnosticada con cáncer de colon y pasó 11 años combatiendo la enfermedad, hasta fallecer el 20 de julio del 2007.

Dos días antes apareció en Larry King Live, dijo que pesaba 65 libras y no podía ingerir alimentos sólidos; esa noche se despidió de todos los televidentes y murió en su casa en Kansas City.

Su vida quedó documentada por Fenton Bailey y Randy Barbato; ella escribió una autobiografía, Jessica Chastain la interpretó en Los ojos de Tammy Faye y ganó el Oscar a la mejor actriz en el 2021.

El espeso maquillaje, las indelebles pestañas, los vestidos estrafalarios y la insaciable sed por figurar marcaron el auge y caída de Tammy, una mujer que hizo lo imposible: pasar un camello por el ojo de una aguja.

Del cielo al infierno. Tammy Faye y su esposo, Jim Bakker, ascendieron desde sus humildes orígenes hasta crear la red de teledifusión religiosa más grande del mundo y construir un parque de diversiones, solo comparado al Paraíso divino.

Apoyo a los gays. El PTL abrió sus puertas a la comunidad homosexual, asediada en los años 80 por el SIDA, demostrando a la opinión pública que su forma de vida era como la de todos los demás.

Persona real. El gusto por el espectáculo, las luces y la televisión ocultó a los demás el sentido humanitario de Tammy Faye.

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