Patricia Carreras. 8 diciembre, 2019

Alicia Alonso fue una de las más grandes bailarinas del Siglo XX y posiblemente de todos los tiempos.

Formada en La Habana y en Nueva York, desarrolló un gran virtuosismo del cual siempre se enorgullecería.

A estas características unía una capacidad interpretativa y un dramatismo fuera de lo común, en dos palabras, ¡un talento extraordinario!

El Ballet Clásico fue su passion, y fue la fuerza que puso en movimiento su gran inteligencia y su enorme voluntad hasta convertirla en una leyenda viviente. No hubo obstáculos que su convicción no derribara, ni cimas artísticas que no alcanzara.

Ilustración: Francela Zamora
Ilustración: Francela Zamora

Si sus ojos estaban ciegos, su visión del arte coreográfico fue clara y llena de luz: abrió para su amada Patria un manantial inagotable de talento y belleza y supo organizar los engranajes políticos y sociales que garantizaran la continuidad de su obra más extraordinaria: la Compañía Nacional de Ballet de Cuba.

Alicia logró en pocas décadas elevar a su joven Compañía a la altura de las mejores instituciones de Ballet del mundo entero, posición que ojalá hoy garanticen sus brillantes herederos.

La importancia de Alicia en el arte y en el Ballet perdura porque es una impronta de fuego con la que, gentil pero indeleblemente, marcó a cuantos se acercaron a ella, la escucharon y se dejaron arrastrar por la fuerza de su pasión tan cubana, tan universal, tan divina.

¡Descanse en paz Terpsícore de las Américas, gran perla del Caribe y orgullo de la Cuba Universal!

La autora es coreógrafa y directora de la Escuela de Ballet Clásico Ruso.