“La doctora llegó y me dijo: ‘Valeria sufrió un accidente muy grave, se cayó de la bicicleta, se golpeó la cabeza y está con un trauma craneoencefálico a tal punto que llegó a la duramadre del cerebro y está haciendo presiones intracraneales incompatibles con la vida. De hecho, no sabemos si va a sobrevivir; puede morir en cualquier momento”.
Corría el 1.° de julio del 2022. Era verano en Florencia, Italia. Lilliana Valverde Mora visitaba a su hija, Valeria Vargas Valverde, entonces de 21 años, quien cursaba allí sus estudios en Administración de la Industria de la Moda.
La idea era quedarse unos días en esa ciudad de la Toscana y luego emprender un tour por varios países de Europa. Tenían todo listo —tiquetes aéreos y hospedaje— para viajar, entre otros destinos, a Francia y Grecia.
Ese día todo transcurrió con normalidad, sin sobresaltos, madre e hija salieron a pasear y al final del día fueron a cenar a un restaurante. En cierto momento de la noche, Lilliana se fue al apartamento y su hija decidió quedarse un rato más con una amiga.
A las 2:30 a. m. del sábado 2 de julio, Valeria llamó a su mamá y le dijo que ya iba para la casa. Media hora después no había llegado. Extrañada, Lilliana agarró el celular y la llamó.
Valeria no atendió la llamada, quien contestó fue una policía. Ella le informó que su hija había sufrido un accidente, que no podía hablar y que estaba inconsciente en una ambulancia. No le dio más detalles.
“¿Cómo que acaba de tener un accidente? No entiendo, o sea, ¿usted me está jugando una broma?“ Fue la primera reacción de Lilliana, quien para entonces no dimensionaba la gravedad de los hechos, ni las incontables semanas que pasaría en un hospital.
“Siempre he sido muy racional y pensé: ‘Se quebró el pie o la mano y de repente vamos a tener que viajar con una silla de ruedas”, agregó.
La policía no le dio mayores detalles. Solo le dijo que había sufrido un accidente en la calle Tornabuoni y que iba a ser trasladada a la unidad de emergencias del Hospital Universitario Careggi.
‘Nunca pensé en la noticia que iba a recibir después’
“Siempre estaba pensando en que Valeria había tenido un accidente y que se había roto algo, pero nunca pensé en la noticia que iba a recibir después”, contó Lilliana.
Ya en el centro médico, la doctora, quien hablaba inglés —pues Lilliana no habla italiano— le narró lo sucedido y le vaticinó el panorama del inicio de esta historia: “No sabemos si va a sobrevivir; puede morir en cualquier momento”.
Ella seguía sin dimensionar muy bien lo que sucedía, estaba sola en otro país, en una ciudad que si bien conocía no era la suya, su familia estaba en Costa Rica a miles de kilómetros de distancia y su hija, su única hija, yacía en una cama metálica de un hospital en Florencia.
En el cuerpo de Valeria, según el relato de Lilliana, no se veían golpes, moretones o raspones. Estaba intacta. Solo tenía una perforación en el lado derecho de su cabeza, por donde le estaban drenando la sangre del cerebro.
Lilliana entonces contactó a uno de sus hermanos en Costa Rica, quien es médico, y lo enlazó telefónicamente con la doctora en Italia. Ella seguía sin aceptar lo que sucedía.
“Él es un cirujano y siempre ha estado atendiendo pacientes entre la vida y la muerte y me dice: ‘Lilliana, solo te voy a decir una cosa, solo nos queda agradecer’. Y yo: ‘¿Cómo, agradecer qué?. Y me responde: ‘Agradecer el tiempo que Valeria estuvo con nosotros’.
“Y yo: ‘No me digás eso, ¿cómo me decís eso?’ Y me dice: ‘Lo que tiene Valeria, o sea, es muy probable que fallezca’”, narró a Revista Dominical. Recordó que en ese momento y, a pesar del panorama oscuro que le vaticinaban, nunca decayó y, por el contrario, se puso en modo supervivencia.
“Soy una madre soltera y estoy acostumbrada a resolver”, recalcó.
Tras esa conversación su hermano, su hija fue trasladada a la unidad de neurocirugía para ser operada. Allí estuvo aproximadamente cuatro horas. Le quitaron una parte de un hueso, en el lóbulo frontal, para evitar presiones en el cerebro y que falleciera.
Para ese momento, en Costa Rica ya su familia y amigos estaban al tanto de lo sucedido. Entonces, contó, comenzaron las cadenas de oración al otro lado del Atlántico entre los más creyentes, entre los más católicos.
Para esa época, si bien Lilliana se consideraba católica, nunca iba a misa, tampoco era practicante de esa religión, solo iba a la iglesia cuando alguien se moría o se casaba.
Ella aún se pregunta cómo fue que se le ocurrió viajar hasta la ciudad de Asís, a 176 kilómetros de Florencia, a tres horas y media en tren, para visitar el Santuario del Despojo, en la antigua iglesia de Santa María la Mayor, donde reposan los restos mortales de Carlo Acutis, el joven italiano fallecido a 15 años, a causa de una leucemia.
Poco sabía de Acutis, quien recientemente había sido declarado beato, el 10 de octubre del 2020, en plena pandemia de la covid-19. Sobre él solo había conversado un par de veces con algunas personas, tras verlo en las noticias, en CNN. Eso era todo.
Jamás imaginaba lo iba a suceder en los próximos días con la salud de su hija, que iba ser considerada un milagro y, mucho menos, que la Iglesia católica se lo iba a atribuir a la intervención de Acutis con Dios.
Tampoco presupuestaba que ese milagro iba a ser el detonante para la canonización del joven italiano, conocido como el “primer santo millennial” o el “influencer de Dios”, la cual ocurrió el 7 de setiembre del 2025, y en cuya ceremonia, en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, estuvieron Lilliana y Valeria.

Yo le decía a Dios: ‘¿Por qué? ¿Por qué me estás haciendo eso?’
Esa visita a Asís ocurrió el 7 de julio, cinco días después del accidente. De previo, viendo a su hija inconsciente en una cama en la UCI, Lilliana comenzó a cuestionar su realidad. Los doctores le decían que solo había dos posibilidades: que falleciera o que sobreviviera con secuelas en la parte cognitiva, o sea, no volvería a ser la misma.
“Fue muy duro, una incertidumbre total. Obviamente, lo primero que hace una es decir: ‘Dios, ¿por qué? Yo soy la que debería estar ahí. No ella, o sea, los papeles tienen que ser diferentes’. Mi hija tenía 21 añitos. Y entonces, yo le decía a Dios: ‘¿Por qué? ¿Por qué me estás haciendo eso? Yo no he sido tan mala, o sea, no entiendo, no voy a entender’”, relató Lilliana.
Días después, ella recibió una llamada de su asistente, quien estaba en Costa Rica. Le preguntó que si iba a ir a Asís y si recordaba que allí estaba el cuerpo del beato Carlo Acutis, “aquel chiquito increíble de 15 años que tenía sus padres vivos” y cuya historia habían visto en CNN.
A mí se me metió y decía: ‘Yo voy a ir a Asís, voy a ir a Asís’
De inmediato, Lilliana tomó una decisión: “En ese preciso momento dije: ‘Voy a ir a Asís, voy a pedirle a Carlo que interceda ante Dios para que Valeria se sane. Y mucha gente me hace la pregunta: ‘¿Qué la hizo ir a Asís, o sea, usted conocía a Carlo desde antes?
“A mí se me metió y decía: ‘Yo voy a ir a Asís, voy a ir a Asís’. Mis amigas me decían: ‘Pero vos estás loca, o sea, con la situación en la que estás, casi no estás comiendo, casi no estás durmiendo. ¿Cómo se te ocurre hacer un viaje a un lugar que ni siquiera conocés, en Florencia hay iglesias cada 100 metros".
Pese a las objeciones de sus amigas, ese jueves 7 de julio, tras visitar a su hija en el hospital, agarró un tren y llegó a Asís, donde se hospedó en un hotel cercano al Santuario del Despojo.
Al día siguiente, desde bien temprano, se fue directo al lugar donde están los restos mortales de Carlo Acutis. No aceptó el consejo de un señor del hotel, quien le recomendó visitar primero la Iglesia de San Francisco de Asís. Pensaba que andaba de paseo, como la mayoría de visitantes.
Con solo entrar a esa ciudad medieval, según relató, sintió paz, tranquilidad, confianza y “un montón de cosas lindas”.
“Llegué donde Carlo y ahí estuve cuatro horas. Yo no sabía rezar y decía: ‘¿Cómo lo hago? ¿Qué le pido a Dios? O sea, ¿cómo lo hago?’ Entonces, recordé que una amiga mía me había dicho y eso siempre lo digo, que una tiene que pedirle a Dios las cosas muy concretas.
“Yo le pido a Dios como cuando uno de chiquillo le pedía los juguetes a los papás en Navidad. Pedí algo muy específico, como una niña pidiéndole al papá.
“Entonces, fui muy específica. Le dije: ‘Carlo, quiero que le digas a Dios lo siguiente, que me devuelvan a mi hija tal y cual me la dieron hace 21 años, pero la quiero intacta, o sea, la quiero igual. Si ustedes le quieren poner algo de más, muchas gracias, pero tal y cual me la dieron hace 21 años.
“Fue una experiencia muy linda, fue maravillosa. Estuve literalmente cuatro horas, porque a las 12 p. m. cerraban la iglesia. Dejé mi petición por escrito en un lugar donde se depositan”, contó Lilliana.
“(...) Después de ese día, literalmente la Lilliana que entró y la que salió de Asís era otra. Carlo no solamente hizo el milagro de Valeria, sino que también hizo un milagro de conversión a la fe en mí. Definitivamente, era otra.
”Yo solté totalmente. Yo dije: ‘No, no importa lo que los médicos digan, no importa si mi hija está así, estoy segura de que Valeria se va a curar’. Eso fue así y obviamente la experiencia no la conté porque mucha gente no conocía a Carlo Acutis acá en Costa Rica.
“(...) Para mí el rosario ahora es una catarsis. Yo tengo que estar preparada para muchas cosas, para tomar decisiones y muchas veces me pongo a rezar el rosario que son literalmente 20 minutos y me cambia la visión de la vida, es otra cosa. La importancia de ir a misa es como cuando uno no quiere ir al gimnasio pero cuando sale, sale feliz. A mí me pasa eso con la misa”, añadió.
De seguido, de acuerdo con su testimonio, se fue caminando al hotel y le mandó un mensaje por WhatsApp a una amiga de su hija: “Le puse: ‘Juliana, finalmente vine a Asís y estoy convencida de que Valeria se va a curar, de que se va a sanar y va a quedar exactamente igual a como la conocimos’. Eso está escrito en WhatsApp.
”Y claro, Juliana seguro pensó: ‘Primero, doña Lilliana está jodida, y segundo, claro, eso es lo que ella quiere, pero casi todos los pronósticos dicen que eso no va a pasar’“.
A su regreso a Florencia, fue al hospital a ver a su hija. En la mano llevaba una oración para pedir que Carlo Acutis fuera declarado santo y una cruz que le había regalado una señora. Aunque Valeria estaba en coma, le contó donde había estado y que iban a rezar esa oración.
‘Los doctores estaban impactados’
A los cuatro días, aproximadamente, superado el periodo crítico de 72 horas después de la cirugía, los médicos, allá en Italia y aquí en Costa Rica, comenzaron a debatir si le quitaban los tubos y le hacían una traqueotomía.
Los especialistas ticos se oponían, alegaban que el trauma era muy grave y que Valeria seguía teniendo “presiones intracraneales espantosas”. Al final, la traqueotomía se hizo y comenzaron a hacerle terapia física y respiratoria, ella iba evolucionando bien.
Pocos días después, Lilliana llegó al hospital y encontró mucha bulla en el piso, pensó que estaban atendiendo una emergencia.
“Veo que el doctor está sonriendo y le digo: ‘¿Qué pasa? Y me dice: ‘Valeria se despertó’. Y entonces escuché que decían: ‘Mami, mami, mami, mami’. La tenían en una silla de ruedas amarrada porque se quería ir y me estaba llamando a mí y lloraba. Los doctores estaban impactados", recordó.
Valeria no recordaba cómo había sido el accidente, solo que dos personas intentaban que siguiera respirando. El resto de su memoria estaba intacta. Rápidamente salió de la UCI y fue dejando la dieta líquida. Aunque luego tuvo que someterse a una craneoplastia para que le colocaran el hueso que le habían retirado.
“Ella empezó a utilizar el celular, el iPad, a comunicarse con los compañeros. Ella no estaba muy consciente de lo que había pasado, sencillamente por los efectos de la operación, pero estaba bien, o sea, incluso se acordaba del cumpleaños de una amiga, cosas de ese tipo”, narró Lilliana.
Tampoco tuvo problemas con la comida, al poco tiempo volvió a comer con normalidad. Algo que era necesario porque estaba con anemia.
Una vez recuperada, el dilema era si Valeria iba seguir su recuperación en Italia o en Costa Rica. Lilliana tiene una empresa en suelo nacional y debía volver. Los médicos decían que el cerebro de su hija iba a tardar entre un año y año y medio en desinflamarse totalmente.
Sin embargo, y pese a los pronósticos de los doctores, un TAC del 18 de julio de ese mismo 2022 mostró que “el cerebro de Valeria estaba totalmente desinflamado”. Solo 16 días después del accidente.
“Era impresionante”, recalcó Lilliana. Pese a esa buena noticia, el médico estableció que ella iba a requerir de algunas sesiones de terapia física en un centro médico privado, también en Florencia.
La recomendación médica se siguió y ya en agosto Valeria estaba en su casa. No requirió de ningún tipo de asistencia. El accidente no dejó secuelas, salvo algunos dolores de cabeza.
Aunque a finales de ese mes sí tuvo que volver para la craneoplastia, la cual fue exitosa e incluso, le permitió estar en Asís, en el Santuario del Despojo, donde están los restos mortales de Carlo Acutis, el 2 de setiembre. El día que Lilliana cumplió 53 años.
‘Fue muy grosero lo que pasó y pasó en un lugar donde estábamos totalmente solas’
Tras las fallidas vacaciones europeas, que se convirtieron en largas jornadas en el hospital y en batallas entre la vida y la muerte, Lilliana y Valeria volvieron a Costa Rica.
“Costa Rica nos llamaba, era como una necesidad de estar en nuestro país, en nuestra tierra. Nunca había sentido eso, nunca había estado en Europa y querer estar en Costa Rica. Mucho menos ella, pero sí necesitábamos a nuestra gente, nuestra comida, estar en nuestro país, porque fue muy grosero lo que pasó y pasó en un lugar donde estábamos totalmente solas”, rememoró Lilliana.
Ya en suelo nacional, Lilliana retomó sus labores en su empresa y su hija siguió con la universidad a distancia. Ni el accidente, ni la hospitalización impidieron que ella completara sus estudios, según el cronograma previsto. Terminó sus estudios en Florencia, después se fue a trabajar a Milán y, actualmente cursa una maestría en Madrid, España, que está por concluir.
Con su hija ya fuera de peligro y solo con algunos dolores de cabeza, ella concluyó que era necesario que la Iglesia católica y el mundo conociera la historia del milagro de Valeria. Y por qué no, sirviera para la canonización de Carlo Acutis. Su hija estuvo de acuerdo.

La santificación de Acutis
Allí comenzó la historia de la santificación de Acutis. Lilliana contactó a un amigo suyo, quien a su vez la contactó con el embajador de Costa Rica en el Vaticano.
Creían que era más rápido hacer todo el trámite directamente en la Santa Sede y no desde Costa Rica.
“Entonces, el embajador fue quien llevó todo, llevó el expediente médico y una carta mía, donde contaba todo lo que había pasado. Eso fue en enero del 2023. Y antes de Semana Santa de ese año, Valeria estaba en la universidad y recibió una llamada de Nicola Gori, el postulador de la causa, de la beatificación de Carlo y su biógrafo”, contó Lilliana.
Valeria habló con él, se conocieron, le contó toda su historia y entonces, contactó a su mamá. A partir de ahí comenzó el proceso de canonización.
Lilliana se encargó de recolectar toda la documentación médica necesaria, de dar su testimonio y contactar a todos los testigos. Aseguró que fue un proceso largo y “muy riguroso”.
En ese proceso, madre e hija conocieron a los padres de Carlo Acutis: Antonia Salzano y Andrea Acutis, con quienes pasaron las festividades de Navidad del 2023 y el 2024.
Todo el trámite de la canonización era secreto y nadie se podía enterar de quién era la persona del milagro. Sin embargo, en Costa Rica se corrió la voz y rápidamente algunos medios de comunicación querían contar la historia. Algo que no sucedió hasta ahora.
El expediente médico fue analizado por una comisión médica del Vaticano. Superada esa fase, el postulador, Nicola Gori, debía demostrar ante la comisión de teólogos la relación causa y efecto, o sea, la oración a Acutis y la posterior curación de Valeria.
Ese paso también se cumplió y el 23 de mayo del 2024 el papa Francisco (Q. E. P. D.) aprobó el decreto de canonización de Carlo Acutis, tras acreditar el milagro en la joven costarricense Valeria Vargas Valverde, quien en ese momento se convirtió en la miracolata (la milagrosa).

‘La miracolata’
No obstante, nadie conoció a Lilliana y su hija Valeria hasta 7 de setiembre del 2025, cuando el papa León XIV, en una misa solemne, en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, declaró oficialmente santo a Acutis, quien murió en el 2006 y fue apodado el “ciberapóstol” porque dedicó gran parte de su vida a difundir la fe católica en internet.
Él nació en Londres en 1991, en el seno de una familia italiana acomodada y poco practicante. Creció en Milán y mostró desde muy temprana edad mucho fervor religioso.
Fue beatificado en el 2020 y el Vaticano le atribuye dos milagros que lo calificaron para ser canonizado: la curación de un niño brasileño con una rara malformación del páncreas y la de la costarricense Valeria Vargas Valverde.
El día de la canonización, Valeria tomó el micrófono y leyó la primera intención en la oración de los fieles, en la que se realizan las peticiones.
“Por el santo pueblo para que, acogiendo con alegría la palabra que salva, siga a Jesús por el camino de la cruz y sean en el mundo testigos de su amor”, oró la muchacha en español.

Fuera del anonimato
A partir de ese momento, Lilliana y Valeria perdieron el anonimato. Lilliana fue entrevistada por medios de diferentes partes del mundo y, actualmente es invitada a charlas y congresos fuera de Costa Rica para dar su testimonio.
La gente hace fila para conocerla, para tocarla, tomarse fotos con ella y pedirle que rece por ellos.
Su hija aún no da su testimonio, pero Lilliana dice que lo hará en su momento. Aunque, cuando alguno de sus amigos se da cuenta de su historia, no es extraño que sus padres quieran conocerla o hasta le piden un autógrafo. De momento, ella se niega a quitarse la cicatriz del accidente en su cara e insiste en que la quiere tener toda la vida.
“Yo no sé por qué Dios nos eligió, porque fue muy fuerte, fue muy duro. No puedo contarlo como una experiencia mágica, porque no, fue muy duro. Después de eso, no sé qué más puede ser duro para mí, probablemente una guerra.
”(...) Doy un testimonio de fe, me gusta hablar de Carlo, es una cosa que me encanta, me motiva muchísimo, lo llevo en mi corazón y también respeto muchísimo a la gente que no es creyente.
”Todos somos hijos de Dios y la experiencia espiritual con Dios es única, como decía el Papa Francisco. Si alguien quiere tener una experiencia de fe, la misericordia de Dios es tan grande que puede tenerla en cualquier momento. No creo que Dios me haya puesto en esto para volver a verlo a él. No creo en un Dios castigador, sinceramente, porque tengo amigos que me lo han dicho", reflexionó Lilliana.
Ante la pregunta de qué le dice a quienes no creen en el milagro y la intercepción de Acutis, les respondió:
“Respeto muchísimo el tema de la conversión a la fe. Es un regalo que cada quien lo recibirá cuando quiera. Dios es un caballero, él no se mete con vos, es cuando vos querés. Por eso tenemos libre albedrío.
”Los que me conocen saben que fui una persona que desde muy temprano empecé a cuestionar la fe, las tradiciones católicas, las religiones y fui una persona que incluso, antes de tener a mi hija me embarqué en un viaje a la India, porque creía que iba a ser monje tibetano.
”En el caso mío, mi experiencia es mi experiencia. Si en algún momento las personas que no creen tienen una experiencia que ojalá no sea como la mía, porque no se la deseo ni a mi peor enemigo, creo que van a ser muy felices, van a ser muy plenos porque definitivamente una puede hacer todos los planes del mundo y la vida nos cambia en segundos", concluyó Lilliana.
Ella no duda que lo sanación de su hija fue un milagro, aunque sí reconoce que tampoco hubiese posible sin la ayuda médica que recibió.
