
Cotonú, Benín. La casa de Rosa Aguilar está rodeada por un muro rojo. No tiene alambre de púas. Tan solo dos portones, a los que nunca se les echa llave, tan bajitos, que se puede ver la casa y el patio sin problemas con solo asomarse. Su casa mira al océano Atlántico, pero no recibe de él sus amaneceres, como en el Caribe, sino sus atardeceres, porque el hogar de Rosa está en Cotonú, la ciudad más grande de Benín.
En 2010, la tica se instaló en el pequeño país de África Occidental francófona con doscientos dólares, un par de maletas, y una promesa de amor que ha dado como fruto un matrimonio, tres hijos y un negocio único: Pura Vida Café, un bar restaurante de comida tica y beninesa, que es además un epicentro de la élite musical y artística del país.
Es en este espacio emblemático de la ciudad, el único lugar del país donde es posible degustar un gallo pinto o un casado, mientras una banda en directo interpreta canciones de música afrocubana cantadas en fon (principal idioma de Benín), standards de jazz, rumba congolesa, y otros grandes éxitos de los años dorados de la música latina reinterpretada por músicos de esa otra orilla.
“La combinación costarricense-africana, dos culturas tan lejanas y tan cercanas a la vez, y en todos los aspectos; comida, arte no existe, es único [en Benín]. Eso hace una gran diferencia, la gente viene curiosa a conocer otra comida”, dice Aguilar.

Pura Vida café es una síntesis de la pasión más grande de Rosa: el arte. En conjunto con la cocina, que no se le da nada mal, Rosa y su esposo han logrado unir sus dos mundos para crear un punto de disfrute entre sus dos culturas. Y, tras doce años y varios cambios de local, el éxito ha sido rotundo.
Hoy este espacio, ubicado en uno de los mejores barrios de Cotonú, es un punto por el que pasan la créme de la créme de la música africana, así artistas de renombre internacional, tales como el guitarrista Lionel Loueke.
Además, por medio de su local, han participado en la gestión para traer artistas a eventos como Vodun Days, una de las fiestas más famosas de Benín. Su sueño a largo plazo es crear lazos culturales entre Costa Rica y Benín a través de encuentros artísticos de ambos países.

De las montañas de Talamanca al barrio de Fijdrossé
Oriunda de Heredia, y de ascendencia española, Rosa es ingeniera en seguridad laboral de profesión, egresada del TEC. En sus últimos años en Costa Rica trabajó como profesora investigadora con mujeres de comunidades indígenas en Talamanca.
Ese mismo proyecto, realizado con fondos de cooperación holandeses, fue el que la llevó una primera vez a Benín. “Sentí que estaba en una máquina del tiempo retornando al pasado, a un aeropuerto de los años 70, decorado con fotos de megafauna del Parque Nacional de Pendjari, sin aire acondicionado y donde solo había una entrada y salida”, narra.
No pasaron ni 24 horas desde aquel viaje al pasado cuando Rosa conoció a su actual marido, Sena Anato, un artista plástico beninés. Recuerda sentir algo tan fuerte, que al terminar ese mes de trabajo en Benín, volvió a Costa Rica, presentó su renuncia, y se volvió, seis meses más tarde, a su encuentro.
Sin hablar francés ni poder ejercer en este nuevo país que escogía como su nuevo hogar, el camino que hoy la ha llevado a Pura Vida estuvo lleno de desafíos, emprendimientos, trabajos varios, una boda, tres partos, cero viajes de regreso a casa y muchos borrones y cuentas nuevas.
Y la cosecha por fin llegó: tras años sin poder vislumbrar un puesto, hoy Rosa vuelve a trabajar como ingeniera para una organización internacional. El Pura Vida Café ya camina solo.
A veces, Rosa logra conseguir frijoles negros. Vienen de Camerún, y no son baratos, pero es un lujo necesario para calmar el antojo. Suele poner la olla afuera, para que se cuezan al calor las brasas y sepan todavía más ricos. En la casa se habla francés. Los niños, dos en el colegio y uno en la escuela, nunca han visitado el país natal de su madre, pero en la casa siempre hay pinto. “Yo les hablo mucho de Costa Rica, vemos documentales, quieren saberlo todo y me preguntan muchas cosas”, explica.
Pese a que ha tenido que criar una familia lejos de su propia familia, para Rosa, Benín ha podido ofrecerle como madre algo que no tiene precio: la certeza de que sus hijos siempre estarán seguros. “Benín es un país muy tranquilo, se vive sin rejas, los niños juegan en la calle, hay muy poca influencia de drogas, de fiestas… Es otra cultura donde pueden crecer muy sanos y esa seguridad no creo que la hubiera tenido en Costa Rica”, puntualiza la ingeniera.
Tanto Rosa como su familia viven sin miedo a asaltos o violencia criminal, porque estos eventos son raros. “Tal vez no hay centros comerciales gigantescos o mil salas de cine, pero tenemos paz; yo no veo chicos en drogas, es otro tipo de sociedad completamente diferente que no me hubiera imaginado que existía si no la hubiera conocido”, señala.

El vudú como activo cultural y motor económico
Las calles de Porto Novo, la capital de Benín, huelen a cambio. Grandes obras dejan entrever lo que será el futuro Museo Internacional del Vudú, y grandes estatuas, con la cara aún tapada para no arruinar la sorpresa se erigen para representar antiguos reyes.
En las aceras de la pequeña capital se asientan edificios de una o dos plantas, de colores vivos pero deslavados, dando la sensación de estar mirando una vieja fotografía llena de contraste. Estas casas, con amplios corredores y balcones de maderas talladas, recuerdan a Latinoamérica.
Mucho del patrimonio arquitectónico de Porto Novo es arquitectura afrobrasileña construida por los agudás. Es decir, personas esclavizadas que retornaron —ya sea repatriados o de forma voluntaria— tras ser liberados, a diversos países de la costa occidental africana.
En Porto Novo no solo es común encontrar iglesias, mezquitas y templos vúdú, sino gente que practique varias religiones de forma simultánea. Durante el Festival de Masques (Máscaras), celebrado el pasado 25-26 de julio, la ciudad dejó que todas sus plazas fueran ocupadas por las máscaras sagradas más importantes de la cultura vúdú: Egungun, Zangbéto, Guèlèdè, entre otras.
Cada máscara tiene una historia que viene acompañada de una impresionante puesta en escena en la que danza, rito, música, canto, celebración y costura, muestran e instruyen a los visitantes sobre la cultura vúdú.

En los últimos años Benín ha experimentado un desarrollo exponencial. Bajo la presidencia de Patrice Talon (2016-2026), el país ha iniciado una de las transformaciónes integrales más radicales de África Occidental. Entre sus ejes claves de desarrollo figura la impulsión de la cultura local como motor turístico.
Muchas de las calles de Cotonú, Ouidah, Porto Novo y otras ciudades son actualmente sitios de construcciones con la presión de abrir sus puertas al turismo internacional en 2027. La apuesta no es solo crear una fuente de ingreso para el país, sino algo más profundo: cambiar la narrativa negativa y apropiarse de lo que alguna vez fue demonizado.
“Si Europa tiene una cultura judeocristiana, si Oriente hoy en día reivindica la cultura islámica, ¿qué cultura tiene África? (…) África tiene una cultura vudú”. Esta frase, pronunciada hace más de una década por el expresidente Patrice Talon, es el manifiesto sobre el que reposa la visión del país africano.
Benín, antiguo reino de Dahomey célebre por su ejército de mujeres y —en su parte más sombría, por el comercio de esclavos con los europeos— es la cuna del vudú, una cultura que engloba religión, espiritualidad, filosofía, danza, música y tradición.

Así, Benín ha comenzado la construcción de museos, rutas históricas sobre la memoria de la esclavitud, eventos culturales masivos y la subvención de fiestas y festivales con la meta de que de aquí al año 2030, este sector genere un 13,4% del PIB y atraiga a dos millones de turistas cada año.
“Tengo esperanza de que haya un sector beneficiado, no solo para las grandes compañías, sino que también haya mucho más empleo para los benineses y crezca la demanda”, dice Rosa. Para ella, el país proyecta estabilidad y paz, por lo que, por su situación geopolítica, puede brindar atractivos empresariales.
Rosa fue en un momento extranjera a esta cultura ancestral, y el vúdú fue una de las tradiciones de su país adoptivo que más le impresionó. “Yo era ignorante y hubo todo un descubrimiento del vúdú que me impresionó: las danzas, los rituales…nunca me imaginé que pudiera haber algo tan antiguo con tal potencia energética”, asegura.
El vúdú, demonizado por los colonos, ha sido históricamente una cultura ninguneada y reducida a salvajismo puro y caricaturizada para sembrar temor y reniego de la riqueza de la tradición africana. “Quién esté solidamente anclado a sus convicciones espirituales, no tiene por qué tener miedo de nada, solo hay que tenerle respeto, como a cualquier otra religión”, sentencia Rosa.

A nivel de tradición, botánica y conocimiento, le impactó, además, el uso de la medicina tradicional. “Yo he visto milagros, cosas que jamás imaginé que se podían curar, todo a base de plantas y de un conocimiento ancestral inmenso”, narra. Este conocimiento pudo experimentarlo tras su primer parto.
“Hay un baño tradicional para los bébés y uno para madre, mi cuñada calentó agua, me realizó un masaje que me hizo sentir increíble y durante toda la cuarentena me amarraron el cuerpo de una manera que al final parecía que no hubiese parido”, recuerda.
Su mayor shock cultural, sin embargo, fue el masaje de su bebé. “La pusieron al revés, la lavaron con agua caliente y la frotaron con bastante fuerza, yo sufrí viendo aquello pero aquí es tradición, es para que tengan un cuerpo fuerte y bello, y no pude negarme porque hubiese sido una gran ofensa para mi familia africana”, rememora.
Rosa ha visto Benín transformarse. El país al que llegó hace casi dos décadas, donde había tanta escasez, está cambiando. Y ella ha cambiado con él. Ha enseñado a sus cocineros a preparar comida costarricense y hoy, gracias a sus esfuerzos, el eslógan “Pura Vida” , habita la boca del gremio artístico beninés y de los visitantes de diversas nacionalidades que vienen en busca de arte y patacones.
Feliz por haber tenido la oportunidad de disfrutar una calidad de vida que la permitió conciliar su vida laboral con la crianza, hoy, a sus 48 años, emprende nuevos caminos en el mundo laboral que dejó atrás antes de emigrar.

Rosa, con sus ojos claros y su piel blanca, es hoy una beninesa más. Si bien la llegada insólita de esta periodista costarricense a su casa le supuso una sorpresa que le tomó unos días asimilar, le gustaría que más latinoamericanos conocieran el continente africano.
“Benín es un país multicultural, diverso, que tiene todavía escasez en mucho sentidos, pero que es a su vez rico, con sus ciudades, desarrollo, comodidades, lugares y personas hermosas, quisiera que la gente se despojara de esa imagen negativa que nos han vendido tantos años de África y que vengan a explorar todo lo que esta parte del mundo tiene para ofrecer”, explica.
Por lo pronto, un nuevo evento trascendental ocurrirá en su vida: por primera vez en 16 años, Rosa, volverá un mes a Costa Rica.
