
Es setiembre del 2002 y estoy muy cerca de sobrevivir mi primer año en el colegio. Había empezado a dominar algunas de las técnicas que los muchachos como yo aprendemos para pasar desapercibidos: hablar bajito, evitar a toda costa las clases de educación física, esconderse en los recreos y buscar sitio en el aula cerca de la profe, por si a uno lo tenían que defender.
En la casa, si bien respiraba un poco más tranquilo, también prefería aislarme en mi cuarto para evitar las preguntas incómodas de cuántos amigos y cuántas novias tenía. Aunque yo llevaba la cuenta obsesivamente, los números casi al final de ese primer año eran desalentadores.
Ahí, en mi cuarto a puerta cerrada, descubrí el poder del video musical. Era la época dorada del pop Y2K con canciones en inglés que yo entendía a medias, mini películas ambientadas en otros planetas con coreografías ejecutadas a la perfección y en atuendos que yo jamás había visto usarse en mi colegio católico ni en el barrio en Desamparados donde vivía.
Pero lo más especial de todo era que las personas protagonistas de esos videos y esas canciones eran en su mayoría adolescentes, o por lo menos lo parecían; claro, no eran como los adolescentes que yo conocía o el que empezaba a aparecer frente al espejo.
Estos eran seres sobrenaturales no solo por su evidente atractivo físico, sino porque se movían con una libertad arrolladora que yo no creía posible. Estos adolescentes tenían permiso de cantar y bailar, de enamorarse y de llorar, de mostrarse extravagantes y exagerados. Todo lo que yo hasta ese momento entendía como prohibido.

Hice de esta fascinación un ritual de consumo diario y a MTV mi proveedor principal. Y aunque se asomaba el anhelo de algún día despojarme de los brackets, los cachetes rosados y alcanzar al menos el 1,70 de altura, se me hacía muy difícil reflejarme en las estrellas masculinas del momento.
¿Justin Timberlake o Usher? La sola idea de tener novia me provocaba ansiedad, jamás sobreviviría como galán sitiado por mujeres. ¿Eminem o Fred Durst? Ni pensarlo, se parecían demasiado a los que yo esquivaba en el colegio por miedo a que me vapulearan solo por pasar a su lado. Así, buscándome, la respuesta apareció una de mis tantas tardes invertidas frente a la televisión.
Una mujer bajaba del cielo suspendida en una jaula hasta un ring de boxeo. Al aterrizar, caminaba hacia su esquina con apenas un sostén y chaparreras de cuero. Con el pelo partido en dos colores y el rostro atravesado por piercings, empezaba a cantar. Esa mujer era Christina Aguilera y ese video fue la primera vez que sentí que uno de esos seres sobrenaturales me estaba tratando de decir algo específicamente a mí. Y lo que me estaba diciendo lo entendí completamente hasta años después, pero desde ese día me quedé escuchándola.

Christina Aguilera: pop puesto al servicio de los menos
Esa tarde de 2002 había conocido a Xtina, aunque desde antes, yo y el resto del mundo sabíamos quién era Christina Aguilera. Había debutado discretamente en 1998 con la canción Reflection (como parte del soundtrack de la película Mulán), lo que la llevó a conseguir el contrato discográfico que la catapultaría a la fama.
Ya para el 2000 había conseguido vender millones de copias de su disco homónimo, colocar tres canciones en el primer puesto de Billboard (Genie In a Bottle, What a Girl Wants y Come on Over Baby) y llevarse el cotizadísimo Grammy a la mejor artista nueva. Aún así, los medios insistían en posicionarla como una más de las consecuencias del fenómeno Britney Spears.
Con Britney, la industria había perfeccionado el patrón de las nuevas estrellas femeninas: adolescentes que encarnaban los valores norteamericanos de belleza y pulcritud —blancas, rubias, sonrientes y defensoras públicas de la virginidad— mientras cantaban sobre chicos y bailaban con sensualidad arropadas con poquísima tela.
Este arquetipo cementó a Britney en su uniforme de colegiala como el epítome del pop y detrás llegaron otras variaciones del mismo ideal: como Jessica Simpson, hija de pastor que cantaba gospel, o Mandy Moore, la niña buena que cantaba sobre dulces y primeros amores. Los primeros éxitos de Christina, sobre esperar al hombre correcto y contener los impulsos hormonales, parecían confirmar que ella también se ajustaría al molde.
Y aunque supo disimular muy bien durante sus primeros años de estrellato, el molde le resultó incómodo desde el principio. Antes de firmarla, su disquera la había presionado para que cambiara su apellido por uno “más fácil de pronunciar”, es decir, uno estadounidense que la hiciera más digerible para el mercado en ese país. Aguilera es hija de un emigrante ecuatoriano y se negó rotudamente al cambio; habló de su origen en los talk shows más vistos y se aseguró de siempre pronunciar la erre de su apellido con acento latino.
Con el nombre también vino la música. En lugar de continuar con la fórmula bubblegum pop, su segunda entrega fue un disco completamente en español que incluía canciones de salsa, boleros y baladas melodramáticas que resonaron en muchos países hispanohablantes y en los hogares latinos en Estados Unidos. El disco Mi Reflejo se convirtió en el álbum pop en español más vendido del año 2000 y amadrinó el ascenso de otros artistas como Ricky Martin o Shakira que también empezaban a aventurarse como estrellas latinas bilingües.

Pero la verdadera emancipación pública llegó en 2002 con su segundo ábum en inglés: el subversivo Stripped. Christina tomó el control creativo y se rodeó de productores de R&B y hip-hop, se alió con Linda Perry y por primera vez asumió labores de letrista en casi todas las canciones. El resultado fue una declaratoria sobre lo que había sobrevivido y lo que se negaba a seguir tolerando.
En Stripped había denuncias explícitas al doble estándar que celebra en los hombres lo que condena en las mujeres (Can’t Hold Us Down); declaraciones de autonomía frente a quienes intentaban dirigir su carrera (Fighter, The Voice Within); una defensa de la vulnerabilidad y un rechazo a los estándares de belleza (Beautiful, Make Over); y una sexualidad ejercida desde el control propio (Dirrty, Get Mine, Get Yours). Pero también algo más incómodo: en I’m OK, Christina se nombró sobreviviente de violencia doméstica y describió sin filtros el trauma de haber presenciado los abusos de su padre hacia su madre.
Sin embargo, lo que conmocionó al mundo no fue todo lo que ella tenía para decir, sino cómo decidió presentarse para decirlo. Christina quedó atrás y apareció Xtina en chaparreras de cuero, tops diminutos o pantalones de tiro bajísimo, con el cabello mitad rubio platinado y mitad negro azabache, piercings en la nariz y en el labio, y maquillaje oscuro y cargado.
Las imágenes que puso en sus videos no fueron menos escandalosas: en Dirrty, un catálogo de fetiches que iba desde peleas en el barro y muscle worship hasta furries; en Beautiful, un recorrido por trastornos alimenticios, vigorexia, bullying y, de forma inédita para el pop masivo de entonces, la identidad trans y el amor entre dos hombres.
Los más conservadores pidieron su censura por considerar que daba un mal ejemplo a sus jóvenes fans, mientras parte de la crítica musical insinuaba que todo era un ardid mercadológico para generar titulares y escapar de la sombra de Britney Spears. Este patrón nunca se detuvo: el debate público sobre Christina rara vez se ha concentrado en sus letras o en su mensaje, sino en su cuerpo y su identidad. En los 2010 fue una estrella pop “descuidada” por subir de peso y ahora, en los 2020, una diva que se rehúsa a envejecer por aparentar menos edad.
El ruido alrededor de Christina ha sido constante, pero siempre ha habido algo más persistente: su voz.

Gracias por cantarlo
Christina Aguilera ha mantenido su estatus de ícono pop por muchas razones, pero una de las más evidentes es la potencia inusual de su voz. Técnicamente, es capaz de convertir una sola sílaba en un torrente de notas sin perder afinación, y más de 25 años después sigue presentándose en vivo con la misma agilidad y dramatismo que al principio.
Aquella tarde, sin razón aparente, me obsesioné con esa voz poderosa y resonante en mi televisión. Seguí su carrera durante años, compré toda su música, estudié cada entrevista y cada aparición pública. Con el tiempo lo entendí, yo necesitaba tomar prestada esa voz.
Cuando tuve miedo de ser diferente, ella fue la más diferente de todas. Cuando yo no me atreví a hablar para defenderme, ella vociferó contra sus críticos. Cuando yo apenas podía susurrar lo que sentía de verdad, ella sostuvo las notas sin perder el aire.
En unos días la veré dar un concierto por primera vez en Costa Rica. Y yo, un hombre gay treintón, pleno en sus deseos y contradicciones, le devolveré cada canción. Porque sí, Christina, ya entendí lo que me estabas diciendo: que yo algún día también iba a poder cantar lo que soy. Que, a pesar de lo que hagan y a pesar de lo que digan, aquí seguiremos los dos.