
“No es el mejor sentimiento y a veces no puedes hacer cosas que tus amigos quieren”. Trinity O’Quinn habla directo a la cámara.
La niña, de Dallas (Texas), se refiere a eso que damos por sentado todos los días, minuto a minuto. Esa acción involuntaria que nuestro cuerpo realiza automáticamente por nosotros y que mantiene a nuestro corazón bombeando.
Trinity habla de respirar. Habla, más bien, de no poder hacerlo.
Su mamá, Misti, está enojada. “Te pone furiosa. Especialmente cuando no puedes pagar la medicina. Pero son tus pulmones, si no puedes respirar, ¿entonces qué?”, dice.
La furia de Misiti es absolutamente justificada: sus hijos están enfermos de los pulmones, pero no nacieron enfermos.
La responsable de su batalla en busca de la salud es una industria asesina que se aferra con todas sus fuerzas a un país que, con el tiempo, ha ido desintensificando su relación con ella. Sin embargo, aún no se separan por completo y mientras tanto, miles de vidas se siguen cobrando por su culpa.
Un país carbonizado
Desde inicios del siglo 1900 a la Segunda Guerra Mundial, el carbón hizo que Estados Unidos contara con energía.
“El carbón es civilización y poder”, dijo alguna vez el ensayista estadounidense Ralph Waldo Emerson. Emerson, no obstante, nació en 1803 y murió en 1882. En la época en la que estuvo vivo el carbón era el futuro.
Desde hace algunos años hasta la actualidad, el país norteamericano desató una guerra contra una de sus principales fuentes de energía.
Defensores del carbón y de su industria como una importante generadora de empleo comenzaron a dar batalla contra sus detractores, quienes aseguran que el carbón está creando daños irreparables al ambiente y a la salud humana; y que es una recurso energético insostenible.
Cada año, 7.500 estadounidenses mueren a causa de la contaminación del carbón, principal fuente emisora de gases de efecto invernadero en el planeta.
Durante dos años y medio, una cinta se propuso documentar las historias de ambos bandos, así como las consecuencias de una de los sectores industriales más dominantes y controvertidos de la historia de Estados Unidos.

“Su enfoque es por qué el carbón, una innovación del siglo XIX, no está funcionando en un mundo del siglo XXI. Queríamos mostrar realmente ambos lados de esta historia y mostrar por qué no está funcionando”, le dijo a la Revista Dominical Katherine Oliver, productora ejecutiva del documental From The Ashes, en una conferencia de prensa para Latinoamérica.
Oliver es jefa de prensa y de estrategias digitales para Bloomberg Philanthropies, fundación productora de la película distribuida por National Geographic.
“Analizamos el problema desde la perspectiva de las preocupaciones de salud pública: de que el carbón es malo para el medio ambiente, malo para nuestro aire y causa contaminación y conduce a serios problemas de salud. También queríamos analizar el tema económico y por qué el carbón ya no tiene sentido desde el punto de vista monetario”, aseguró. “Además, queríamos ilustrar (...) que las fuentes de combustible alternativas más limpias están disponibles y las alternativas al carbón, en términos de producción de energía, son opciones viables; son opciones más asequibles que no tienen un impacto dramático en el medio ambiente”.
Desconexión
“Vamos a poner a nuestros mineros a trabajar otra vez”, aseguró en marzo el presidente estadounidense, Donald Trump, antes de firmar una orden ejecutiva que desmantela la política ambiental impulsada por su predecesor, Barack Obama.
Su objetivo, según dijo, es devolver los puestos de trabajo a miles de empleados de la industria de los combustibles fósiles.
Como en otros temas, Trump parece no estar prestando atención a las advertencias, ni a las tendencias globales de un mundo que está migrando lentamente a fuentes de energías más limpias y menos dañinas.
Así lo demostró también en junio, cuando anunció que retiraría a Estados Unidos del Acuerdo de París: el tratado internacional liderado por la costarricense Christiana Figueres en el que los países del mundo se comprometieron a reducir la emisión de gases que han calentado la Tierra de forma violentamente peligrosa.
“Creo que el presidente Trump tomó la decisión de retirarse del Acuerdo de París e inmediatamente Mike Bloomberg dio un paso al frente y dijo que todavía estamos dentro, que vamos a seguir apoyando y cumpliendo los objetivos que se han establecido en el acuerdo”, aseguró Oliver sobre el empresario y filántropo que dirige la compañía productora del documental.

“Inmediatamente después de que Trump hizo este anuncio, Mike Bloomberg se comprometió y lanzó un par de iniciativas. Hay algo llamado America’s Pledge, que ha anunciado que el gobierno estadounidense puede abandonar el acuerdo de París, pero el pueblo estadounidense sigue comprometido con él”, añadió. “Creo que Washington ha hablado, pero a los estadounidenses realmente les importa este tema. Mike Bloomberg intenta canalizar esa energía a través del America’s Pledge y tener ejemplos concretos e ilustraciones de por qué es importante para nosotros como país cumplir con estos objetivos”.
Energía cara y dañina
Uno de los principales retos a los que se enfrenta actualmente el país al intentar acabar con la industria del carbón es ofrecerle a sus trabajadores, ahora desempleados, herramientas para encontrar empleo en el creciente mundo de las energías renovables.
Aunque la Casa Blanca insiste que las medidas de Trump impulsan el crecimiento económico, los números hablan por sí solos: según datos de la BBC, en 2015, las empresas de carbón emplearon a unos 66.000 mineros, el número más bajo desde que el organismo de estadística del Departamento de Energía de EE.UU. comenzara a registrar estas cifras en 1978.
“Como parte de la campaña Beyond Coal, estamos muy orgullosos de decir que más de la mitad de las refinerías de carbón en los Estados Unidos han cerrado. Hay exactamente 263 plantas mineras de carbón que se han cerrado. Nos habíamos fijado esa meta y estamos por delante de ese objetivo. La refinería de carbón más reciente cerró en Texas no hace mucho tiempo”, agregó Oliver. “Creo que el mensaje es que independientemente de las decisiones que se tomen en Washington, Estados Unidos está reemplazando el carbón con electricidad más limpia. El objetivo que se estableció en la campaña Beyond Coal fue que para 2020 casi el 60% de la flota de carbón se cerraría. Realmente estamos en camino de lograr lo que nos proponemos hacer”.
El futuro
Desde donde se mire, apostarle al carbón es dispararse en los pies por decisión propia. Es como invertir fàbricas de telégrafos en un mundo dominado por teléfonos inteligentes... pero aún peor.
Según datos de Bloomberg, la contaminación por el carbón le cuesta a Estados Unidos al menos $236 billones en gastos en seguros de salud cada año.
Las graves consecuencias van mucho más allá de su territorio: el planeta no entiende de fronteras y Estados Unidos es, tras China, el principal país emisor de dióxido de carbono.
“El (aumento en el) calentamiento para el final de este siglo podría ser de hasta 5 o 6 grados Celcius”, aseguró para la cinta From The Ashes Michael Oppenhimer, científico climático de la Universidad de Princeton. “Va a ser lo más caliente que ha estado el mundo desde la época en que los dinosaurios dominaban el mundo, hace más de 65 millones de años. No está claro si los seres humanos podríamos sobrevivir a ese mundo. Ahora es una pregunta de si podemos controlar la dirección en la que vamos para entrar en un mundo climáticamente amigable, en vez de un infierno climático, básicamente”.

La costarricense Christiana Figueres concuerda: seguir engordando una industria obsoleta no tiene ni pies ni cabeza. La decisión de Trump, una vez más, suena como un prepotente disparate.
“Lo que hace esto es remover los incentivos para que la economía estadounidense progrese durante el siglo XXI y más bien invita a quedarse en el siglo XX”, le dijo a la BBC Christiana Figueres, quien fue la secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC).
Figueres citó los ejemplos de China e India, países que han estado deteniendo sus planes de construcción de nuevas centrales eléctricas de carbón para desarrollar energías renovables como la eólica y la solar.
Ambos países, dos de los más contaminantes, fijaron este objetivo y se comprometieron a cumplir con su aporte en el Acuerdo de París.
Este histórico acuerdo, firmado en el 2015, busca que los gobiernos diversifiquen sus economías lejos de los combustibles fósiles y reduzcan emisiones de carbono para así contener el aumento de la temperatura del planeta.
La semana pasada, veinte países (incluidos el Reino Unido, Francia, Canadá e Italia) firmaron una declaración en la que apuestan por el cierre de las centrales de carbón para el 2030 e instan a los inversores a apartarse de esta forma de producir energía.
Según Figueres, esfuerzos como estos han abaratado los costos de la producción de energías limpias y han ido reduciendo la competitividad del carbón.
En 2015, publicó la BBC, más de 769.000 estadounidenses trabajaron en el sector de energías renovables, mientras que 255.000 lo hicieron en la industria de petróleo, gas y minería de carbón, según un informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA).
El mismo sector desconfía de que podrá volver a generarse el mismo ímpetu que tuvo alguna vez. “Realmente no sé qué tanto puede la industria del carbón volver a ser lo que era”, le dijo a The New York Times Robert E. Murray, director ejecutivo de Murray Energy, una de las compañías de carbón más grandes del país.
Mientras tanto, familias como la de Misti O’Quinn alzan la voz para que se cuente la verdad y para, de una vez por todas, dejar el pasado atrás.
“El sol sale en la mañana todos los días, sin falta”, aseguró O’Quinn. “Así que no puedes decirme algo más barato que eso. Yo solo estoy tratando de mantener a mis hijos respirando, así que háganlo mejor”.
