Hay una confesión que John Manuel Arias hace apenas comienza la conversación y que desarma la imagen habitual del escritor: él no fue un niño lector. Este autor costarricense, best-seller en Estados Unidos con bajo el sello Bloomsbury y Flatiron Books, no recuerda una biblioteca inmensa en su casa ni cuentos antes de dormir.
Tampoco conserva la imagen de un adolescente escondido entre novelas. “Nunca leí cuando era niño. Para nada”, dice, “pero para mí la literatura vino desde algo más importante”. Se trata, nada menos, que de las historias que contaba su abuela.
Ella lo crió durante los primeros cinco años de vida en Washington donde se crió, hijo de un costarricense y una uruguaya que había abandonado su país tras la dictadura.
De su abuela recuerda relatos sobre cómo era la vida en Costa Rica, sobre cómo era el campo, sobre anécdotas repetidas una y otra vez hasta convertirse en pequeñas leyendas domésticas. Pero hubo una que le llamó especial atención: cómo la ruralidad de Costa Rica sufrió con el ataque del nemagon.
Pasarían los años y John entendería que aquellas tardes contenían una educación que ninguna universidad podía ofrecerle. “Escuchando siempre a mi abuela y sus cuentos... sus historias de la familia. Yo dije: hay algo acá. Hay algo muy interesante. Hay algo que yo quiero explorar”.
Pero esa exploración aparecería hasta su temprana adultez. Tenía dieciocho años cuando vino a Costa Rica de vacaciones con su familia. En un hotel cerca del volcán Arenal encontró uno de esos estantes donde los viajeros dejan libros para que otros los recojan antes de marcharse. Ya no recuerda el título (recuerda una portada de color turquesa).
Lo tomó, comenzó a leerlo y, sintió algo: “yo quiero ser novelista. Quiero ser autor”, se dijo.
El deseo de escribir
Volvió a Estados Unidos convencido de que escribir novelas sería el centro de su vida por lo que estudió Literatura Inglesa y Estudios Latinoamericanos en Nueva York.
“Nunca me intimidaron los grandes autores. Toni Morrison, Arundhati Roy, Borges... ellos me dieron un mapa”, rememora. “Yo quería ser buen escritor, pero también transmitir un mensaje. Algo importante. Algo político. Algo que deje al lector con algo.”
Por eso, cuando comenzó a escribir, nunca pensó en reproducir el paisaje donde había crecido. Su imaginación regresó una y otra vez a Costa Rica, a las historias que había escuchado desde niño, a las bananeras y al nemagón. Así fue como nació su primer libro Where There Was Fire (Donde hubo fuego). “Yo quería mostrarle al mundo gringo de la literatura que una familia tica sí puede ser protagonista de una historia importante.”
Años después encontraría en Toni Morrison una idea que parecía explicar esa intuición. La escritora hablaba del “lente blanco”: esa tendencia de muchos autores pertenecientes a minorías a escribir pensando constantemente en cómo los leerá la mayoría. Arias decidió no hacerlo. Dice que el mayor orgullo de sus novelas consiste precisamente en eso: contar historias costarricenses sin traducirlas culturalmente.
Por supuesto, esto le ha acarreado críticas. Cuenta que algunos lectores le reprochan que escriba en inglés o cuestionan su identidad costarricense, a lo que él prefiere volver a la misma convicción que lo acompaña desde los dieciocho años: “las historias que quiero contar nacieron aquí y pertenecen, antes que a cualquier idioma, a las personas que las vivieron”, justifica.

Después de terminar la universidad decidió regresar a Costa Rica con una idea que parecía sencilla: instalarse, escribir la novela que llevaba imaginando desde los dieciocho años y regresar a Estados Unidos convertido en novelista. Pero al final terminó abriendo un negocio de crepas en barrio Escalante, lo que le ocupó su mente. Posteriormente, sufrió la pérdida de su padre, y la escritura tuvo que entrar en pausa mientras vivía el duelo y esclarecía su vida. “Estar en duelo y trabajar setenta horas a la semana era imposible”.
Un par de años después, regresó a Washington y estando allá le llegó la inspiración. Aunque tenía varias líneas escritas desde aquella visita al Volcán Arenal, decidió concentrarse en la página en blanco y le llegó una idea para la novela, la de una mujer junto a sus hijas escucha un estruendo en medio de la noche y sale a averiguar qué ocurrió. No sabía quién era esa mujer ni adónde la conduciría esa escena. Solo sabía que debía seguirla. “La seguí... y ahí salió”, recuerda sonriendo.
Cuando terminó el manuscrito creyó que había llegado la parte más difícil. No imaginaba que el verdadero trabajo apenas comenzaba.
John entonces decidió buscar un agente literario para lograr su meta. Investigó sobre el ecosistema editorial en Estados Unidos, pidió contactos a colegas de su universidad y preparó un kit de presentación de su historia el cual envió a 60 personas que lo rechazaron, hasta que apareció la indicada.
“En Estados Unidos es muy difícil ser latino, centroamericano y tico publicando un libro. Digamos que es más fácil ser mexicano, chicano o puertorriqueño. Hay una infraestructura cultural. La imaginación de Costa Rica no es un destino cultural de literatura. Nunca dijeron: ‘Usted es tico y no va a vender’. Pero siempre era la insinuación”, recuerda.
Con la alegría de la noticia, también vino mucho trabajo de edición. Leer y releer su manuscrito.
“Uno dice: vendí el libro, voy a publicar un libro, ya todos mis problemas están resueltos. No”. Lo que vino después fue descubrir que la escritura ocupa apenas una parte del oficio. Había que volver a editar el manuscrito, conversar con correctores, discutir la portada, pensar en la estrategia de lanzamiento, conceder entrevistas y aprender que una novela también depende de personas que nunca escribirán una línea, pero que dedican su vida a conseguir que alguien la tome de un estante.
Recuerda que la editorial contrató a varios ilustradores para diseñar la portada de Donde hubo fuego y que ninguno terminaba de convencerlo. Sentía que todos miraban el Caribe costarricense desde demasiado lejos, hasta que apareció el trabajo del diseñador brasileño Rafael Nobre, quien también ilustra su próximo lanzamiento titulado Cocodrilopolis.
Además, descubrió lo impresionante que funciona una editorial como Flatiron Books, con equipos interidisciplinarios para asegurarse que un libro destaque. “Es increíble cómo trabajan, cómo eligen las tipografías, los colores. Saben toda la semiótica que se necesita para que un visitante de una librería dirija su mirada”, cuenta.
Tras todo el trabajo hecho llegó la publicación y la agencia movió su libro al punto que su debut terminó en la lista de best sellers de USA Today, fue nombrado Mejor debut por Apple Books y fue seleccionada por Barnes & Noble entre los títulos recomendados para nuevos lectores.
“Ser un best-seller es relativo. Algunos venden 40.000, otros 20.000. Pero lo que te permite esto es aparecer en esas listas. Yo tuve la fortuna y por dicha el libro ha vendido cerca de 17.000 ejemplares”, relata.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué le produce mayor satisfacción, no menciona ninguno de esos reconocimientos. “Para mí lo más importante fue hablar de algo social como la crisis del nemagón, saber que hay personas que aún esperan su indemnización, concientizar, reflexionar. Ahora la gente sabe que la palabra existe. Que esa historia existe”.

La historia, por supuesto, no termina con Donde hubo fuego. El 17 de setiembre, en la Librería Internacional de Plaza Lincoln a las 6:30 pm, presentará Crocodilopolis, su segunda novela, bajo el importante sello Bloomsbury.
La historia sigue a Seth Oreamundo, un antiguo político que vive exiliado en Washington D. C. y que decide volver al país para ajustar cuentas con su hermano menor, Osario, a quien responsabiliza por la caída de su vida. Criados en una poderosa familia vinculada a una finca cafetalera y atravesados por un oscuro secreto familiar, los hermanos protagonizan una tragedia de rivalidad, traición y violencia.
La novela fue elogiada por el escritor vietnamita-estadounidense Ocean Vuong, quien la describió como “una novela de una oscuridad embriagadora, a la vez mítica y ferozmente contemporánea”. El aclamado autor de En la tierra somos fugazmente grandiosos destacó que John demuestra un dominio absoluto de su universo narrativo y construye una reflexión intensa sobre la masculinidad, la herencia y los relatos con los que una nación construye su identidad.
“Estoy muy contento, muy emocionado. Quiero acercarme también al público tico”, dice John, que continúa residiendo en San José. “De hecho esta es la primera entrevista que doy en español y ahora siento que eso sigue. Lo importante es que la literatura siga; que en un país que se lee tan poco podamos motivar a que el mundo nos vea, a que hay excelentes autores. Yo espero poner mi granito de arena para que sean muchos los autores ticos lleguen a Estados Unidos, ojalá también traducidos, y sepan que aquí hay talento”.
