
Si se le ve a lo lejos se aprecia a una señora bajita y delgada que, de pronto, parece surreal porque ¿cómo alguien con esas características puede cargar dos bolsos y una olla bajo el sol o la lluvia de la tarde?
Y es que con 1,50 m de estatura, 51 kilogramos y 75 años doña Aideé Delgado, más conocida como “Machita” en su territorio de batalla, el cantón de Alajuelita, vende productos que terminan por convertirse en la “salvatanda” de las muchos que trabajan al aire libre o desempeñan oficios informales y no tienen suficiente plata o tiempo para almorzar como Dios manda.
“Le vendo a taxistas, a carros que andan haciendo fletes y a cualquier persona que quiera tomarse un cafecito y comerse alguito”.
El bolso negro que es el más grande de los que comúnmente anda, contiene 20 botellas de vidrio llenas de café con leche, aguadulce o chocolate caliente; solo esa carga tiene un peso superior a los ocho kilos y los jala “a puro hombro”, como dice ella.
También usa un bolsito de tela, en el que anda varias bolsas llenas de fresco de frutas. En una olla reluciente lleva empanadas de frijol con queso, pupusas, enyucados, arepas y cualquier producto que se le ocurra hacer en la madrugada. Esto de lunes a viernes.
Ella no deja nada al azar.
Dentro de los bolsos y la olla hay bolsas y limpiones que resguardan cada alimento para mantenerlo caliente; todo lo comestible tiene su empaque individual, ella es muy cuidadosa y como manipula dinero muy seguido, procura no tocar los productos directamente.
La olla siempre va acompañada por una botella de chile casero, pues a sus clientes les gusta agregarle “picantico” a los productos. Ella, feliz los complace.
Pulcra y coqueta
Usa un delantal de vuelos que combina bien con el largo collar y vistosos aretes que le hacen juego con su delicada blusa y femenino pantalón. Todos le compran a “ojos cerrados”, la mejor carta de presentación de lo que vende es ella: su aspecto es pulcro.
“Cada empanada con café tiene un costo de 800 colones, siempre se me vende todo, cuando no es así no me llevo nada para la casa, les regalo a los chiquillos que siempre me compran, a veces ellos no tienen para pagarme y me gusta ayudarlos”.
Los sábados son especiales para los clientes que la esperan en la Feria del Agricultor, a ellos les prepara gallopinto y café o bien, tamales y hasta sopa de mondongo, eso sí, con encargo previo.
Machita no necesita dormir mucho, con tres o cuatro horas le basta. Cada día se acuesta entre las 11 y 12 de la noche. De viernes a sábado pasa en vela preparando lo que horas después ofrecerá a sus comensales en la feria. Ella dice que es como una hormiguita, y tiene razón, es pequeñita pero muy trabajadora.
Un 12 de noviembre de 1941, Granadilla de Curridabat vio nacer a Aideé Delgado Orozco. Su padre fue comerciante, vendía natilla, “por eso yo vendo, le saqué la herencia a mi papá”.
Ella tuvo 14 hermanos, la natilla que vendía don Abelardo, su papá, alcanzaba apenas para mantener la casa, por eso solo pudo cursar el primer grado de la escuela. “Yo no sé leer ni escribir, me quedé en la casa ayudando a mi mamá”.
A sus 18 conoció a quien se convertiría en su esposo, y quien fue su único novio. “Yo no era muy noviera. Antes uno se casaba para salir de la casa”. Y así lo hizo.
Con su marido estuvo por una década antes de separarse; nunca lograron compaginar. De la unión nacieron dos de sus cuatro hijos: María Agnes y Miguel Ángel. Ya desde los 19 años ella vendía comida debido a que su esposo bebía mucho y no le alcanzaba el salario.
“Empecé vendiendo cafés, tortillas y almuerzos para sacar adelante a mis hijos”.
Desde entonces han pasado 55 años, en los cuales ha alternado las ventas con distintas situaciones.
Sentada en un poyo del parque de Alajuelita –su sitio habitual para vender– desgrana su historia.
“Cuando me separé de mi esposo, conocí al señor con el que tengo 48 años viviendo”.
“Lo que el diablo oculta en 100 años, en minutos se descubre”, dice antes de contar que ahorita vive en unión libre, porque de su esposo solamente se había separado, nunca hubo divorcio. Sin embargo desde hace ya 10 años enviudó.
“Cuando voy a misa pido para que a mi pareja le nazca casarse para estar bien ante los ojos de nuestro Señor”.

De su segunda unión “Machita” tuvo dos hijos más: Minor y Geovanny; hoy ella es nueve veces abuela y tiene dos bisnietos.
“A mis hijos no les pido nada, ellos tienen sus obligaciones”.
Pese a su aspecto vigoroso y a su sonrisa resplandeciente, sufre de algunos males, solo que lo suyo no es quejarse: padece diabetes, presión alta y tiene un stent en el corazón.
“Hace unos días medio cuerpo se me quedó paralizado, pero yo no le pongo mucha atención a esas cosas, me hice masajes y luego me levanté como si nada”.
Anhelo
En medio de saludos de sus conocidos y compras de sus clientes, una querida Machita confiesa que su mayor sueño es ver levantada su casita nueva, eso la impulsa cada día a seguir trabajando duro.
“Trabajaré hasta que Dios me preste fuerzas, lo que hago me da vida”.
La tarde cayó, la vanidosa y esmerada cocinera y comerciante terminó de vender todo: es tan conocida que no busca a sus clientes, ellos van hacia ella.
Es hora de marcharse.
Eso sí, antes de volver a su casa pasará al supermercado a comprar ingredientes especiales: le encargaron una sopa negra y ella, gustosa, la preparará.