¿Qué hace un niño cuando se topa con algo que no comprende? Imaginemos un control remoto. El niño lo sostiene entre las manos, le da vueltas, encuentra la pestaña posterior, retira la tapa y comienza a desarmarlo pieza por pieza. Observa los circuitos, los botones de goma, las baterías, e intenta descifrar dónde encaja cada engranaje del misterio.
Para cualquier periodista novel, no hay género más intimidante que la investigación, esa maraña indescifrable, territorio minado, cancha abierta de amenazas, trabajo 25/8 y llamadas amenazantes en mitad de la noche. Sin embargo, para Guillermo Fernández, maestro y fundador del periodismo investigativo costarricense, la fórmula está escondida en la curiosidad que lleva a un niño a desarmar un objeto para entenderlo.
Antes de exponer redes de narcotráfico internacional, don Guillermo aprendió a amar el oficio sintiendo el olor a tinta de periódico en su natal Turrialba. Creció en la casa de sus padres y abuelos, donde, dice entre comillas, operaba la “agencia oficial de distribución del diario La Nación”. Él madrugaba para abrirle al camión repartidor y gritarle a su papá que ya estaban los periódicos, para luego salir a repartir los ejemplares por el pueblo.
A finales de los sesenta ingresó a la universidad para estudiar periodismo. Mientras trabajaba como peón en la imprenta de la Universidad de Costa Rica, fue parte de la camada que fundó el Semanario Universidad y fue allí donde llamó la atención de don Guido Fernández, entonces director de La Nación, quien lo invitó a incorporarse al periódico. Con apenas 21 años y aún sin graduarse —siendo el primer estudiante en dar ese salto—, pasó dos meses adaptándose y redactando notas breves. A los cuatro meses, don Guido lo llamó aparte en un pasillo. “Yo estaba nervioso, no entendía. Fui bendecido porque don Guido me llegó y dijo: ‘yo quiero que haga investigación y ahora usted va a coordinar directamente conmigo’. Ese día cambió mi vida”.
Don Guillermo entró con 21 años y se marcharía 43 años después, dejando una leyenda. “Realmente no existía la investigación, no se hacía. Seguro por lecturas que me gustaban vieron eso en mí y don Guido fundó la unidad de investigación. A partir de ese momento nació el proceso de inicio del periodismo investigativo en La Nación y consecuentemente en el país”, recuerda.
Así nació el periodismo investigativo en Costa Rica

Don Guillermo recuerda el asombro ante el descubrimiento de un proceso inédito y, cómo no, solitario. De hecho, la propia Junta Directiva del periódico asumió la supervisión de sus proyectos. “No tenía que dar textos escritos, no editaban, pero estaban muy pendientes de que el trabajo se hiciera bien y eso me ayudó mucho. Era gente muy inteligente y señores que conocían muy bien Costa Rica. Aprendí mucho de ese proceso”.
Fue en ese entorno donde afianzó su credo: para investigar no bastan las corazonadas; se necesita una hipótesis firme, el método científico y el vicio de la precisión. Aunque depuró sus conocimientos con una maestría en Comunicación de Masas en Oklahoma, don Guillermo recuerda jocosamente que aquel “vicio” de rigurosidad venía de sus días de colegio, cuando en el Vocacional Monseñor Sanabria eligió llevar mecánica de precisión.
De hecho, sus compañeros en la redacción solían molestarlo por su alto nivel de exigencia. “¿De dónde agarraste esto de la precisión y sos tan terco?”, le cuestionaban. Y él sonreía sabiendo que en la mecánica, como en una investigación, un milímetro de desvío destruye toda la estructura.
Durante los 43 años que entregó al diario, su olfato destapó secretos que marcaron la agenda. En 1985, junto a su hermano Lafitte Fernández y la Unidad de Investigación, logró desnudar la red de Rafael Caro Quintero, el capo del Cártel de Guadalajara que huyó a Costa Rica tras el asesinato del agente de la DEA Kiki Camarena.

La cobertura reveló cómo el “Narco de narcos” burló la seguridad del aeropuerto Juan Santamaría con complicidad del Estado, sus lujos en una quinta en Alajuela, la red de sobornos a la clase política local y muchas más contracorrientes. Con el tiempo, esa investigación cruzó hacia la geopolítica al revelar cómo las rutas del narcotráfico se traslapaban con operaciones de la CIA y la guerrilla de los Contras nicaragüenses.
Sin embargo, hoy confiesa que la cobertura que guarda con mayor orgullo ocurrió al año siguiente. “Lo que más me llena de orgullo fue el enorme ejercicio de investigación sobre lo que pasaba en Costa Rica con el narcotráfico en 1986. Fue una serie, que yo sepa, la más grande que se ha publicado en La Nación: fueron 16 días seguidos publicando 3, 4 y hasta 5 páginas diarias”. Sin saberlo en ese momento, estaban documentando la expansión inicial del Cártel de Medellín de Pablo Escobar.
El impacto fue de carácter volcánico, salpicando incluso su esfera personal. “Investigar es peligroso, por supuesto. Llegó un momento en que el embajador de Estados Unidos le pidió a la Junta Directiva de La Nación que me sacara y me mandara a esconder a otro lado porque me podían matar. Imagínese lo que eso significó para mi familia, mis tatas... Ya estaba casado yo, fue muy fuerte”.
Comenzó así una etapa violenta: periodos de exilio en varios países, amenazas constantes, un capo irrumpiendo en la redacción para advertirle que conocía la escuela de sus hijos, y rastreadores GPS ocultos bajo la carrocería de su automóvil. En medio de ese fuego cruzado, logró documentar cómo funcionarios de la administración Reagan participaban en esquemas vinculados al narcotráfico para financiar a la Contra.
Un consejo
A quienes se inician en este oficio, don Guillermo les hereda una lección fundamental: la paciencia. “Un consejo es aprender a adquirir paciencia para hacer las cosas. Al principio me enojaba mucho, pasaba histérico porque tenía días buscando un papel y pegaba gritos... Hoy veo que la paciencia le da la posibilidad de obtener la información que usted quiere. Por supuesto no hay que ser baboso, hay que ser moderado. Me cabreaba en oficinas, en ministerios porque no me daban esto, pero eso es una tontería”, dice riendo.
Al echar la mirada atrás, vuelve al recuerdo del muchacho de pueblo que repartía el diario al amanecer. “Lo que más me enorgullece es que tuve la oportunidad de trabajar mucho tiempo y satisfacer a los patronos, darles trabajo satisfactoriamente, porque yo crecí y viví La Nación. Eso me sirvió para pensar en ser periodista”.
Al final, la mayor satisfacción de aquel repartidor de periódicos de Turrialba respondió a una sola filosofía: haber entregado, a tiempo y con rigor, la verdad a sus lectores.
Este texto es parte del especial por los 80 años del periódico La Nación. Puede leer los demás artículos en este link.
