
Aquella mañana, Otto Roberto Vargas iba en el metro como cualquier otro día. Eran alrededor de las 8:30 de la mañana y el entonces cónsul de Costa Rica en Nueva York viajaba desde la calle 34 de Manhattan hacia el Bajo Manhattan, donde estaba el consulado costarricense, en Wall Street. Lo acompañaba su esposa.
Después del trabajo tenían algunas vueltas que hacer por la ciudad. Era martes y, como tantas otras mañanas durante los siete años que Vargas llevaba en Nueva York, aquel trayecto no parecía tener nada de extraordinario.
El tren avanzaba hacia la estación del World Trade Center, en el sótano del complejo de las Torres Gemelas. Allí debía bajarse, subir a la calle, caminar por Broadway durante unas tres cuadras y media y llegar al consulado, situado a unos 350 metros de las torres y a unos cien metros de la Bolsa de Nueva York. Pero aquella mañana el tren no llegó hasta su destino.
Una estación antes, les dijeron que debían bajarse. “Había un problema en la Torre Norte, nos dijeron. No explicaron cuál. Tampoco parecía haber, todavía, una razón para imaginar que aquel aviso sería el comienzo de algo terrible”, recuerda Vargas 25 años después de aquella tragedia.
Vargas salió a la calle y caminó unas tres cuadras hasta Broadway. Entonces vio humo.
La explicación que circulaba entre las personas que estaban allí parecía, en principio, razonable. Por aquella zona turística de Manhattan eran habituales los helicópteros y las avionetas que llevaban visitantes a sobrevolar la ciudad. “Se decía que una aeronave había tenido algún tipo de accidente con la Torre Norte. La policía comenzaba a acordonar el área. Algunas personas salían del edificio. Había movimiento, pero todavía no había una explicación”, rememora.
Vargas llevaba unos ocho o diez minutos allí cuando vio un fogonazo. No alcanzó a ver directamente el avión entrando en la torre; sí vio una explosión. “Un resplandor enorme y, después, una masa de humo y fuego que salió de la Torre Sur”.
Las personas que estaban cerca de él comenzaron a gritar. Algunos habían visto el avión. Muchos estaban hincados en el piso, posiblemente rezando. “Ahí ya nos dimos cuenta de que algo raro estaba pasando”.
La policía ordenó que se alejaran. En cuestión de segundos, lo que hasta entonces podía explicarse como un accidente empezó a adquirir otra dimensión.
Dos aviones. Uno en cada torre del World Trade Center.
El pánico

Vargas permaneció en Broadway junto a su esposa. Desde donde estaba no podía ver la parte baja de los edificios porque otras construcciones le tapaban la calle, pero sí alcanzaba a observar la mitad superior de las torres.
Allí, había personas saltando desde las ventanas. Al principio vio cómo sacaban ropa, pañuelos y otros objetos para hacer señales. Después comenzaron a lanzarse.
Desde aquella distancia, Vargas no comprendía todavía lo que estaba viendo.
“Creíamos que estaban con camas elásticas abajo, que los bomberos tenían algo para recibirlos. Pero decíamos: a esta altura, por más cama elástica que tenga, se despedazan”.
Habían pasado unos 45 minutos desde que Vargas llegó a Broadway cuando vio que una de las torres comenzaba a desmoronarse.
“Se comenzó a desmoronar una de las torres”, recuerda. “Cuando vimos que se estaba cayendo la torre, todos nos quedamos paralizados. Yo no podía moverme”.
Entonces el suelo se movió. Y detrás del movimiento apareció una nube.
“Era una masa blanca y gris de polvo, escombros y humo que comenzó a avanzar por las calles, una cosa horrible”, recuerda Vargas. “Uno no sabía qué era, pero venía hacia nosotros”.
Vargas tomó a su esposa y corrió hacia los tribunales de justicia, ubicados a unos 150 metros. En medio de la carrera comenzaron a encontrarse con personas caídas en el suelo. Había zapatos abandonados, gente tratando de escapar, cuerpos que se interponían en el camino. La ciudad había dejado de funcionar como una ciudad. Era, simplemente, una multitud huyendo. “Algo espantoso”, resume.
Llegaron hasta una de las columnas de los tribunales y se escondieron detrás de ella. “Nos alcanzó la bomba esa de escombro, pegó contra la pared y nos cayó encima”.

Después, dice Vargas, dejaron de ver. “No podíamos distinguir lo que ocurría a más de dos o tres metros; era una pared de polvo”.
Vargas se quitó el saco y le dio un pañuelo a su esposa para que pudiera cubrirse la boca. Alrededor, las personas intentaban orientarse en medio de aquella oscuridad. Alguien gritaba que venían misiles. Otros hablaban de nuevos ataques. Nadie sabía qué podía ocurrir después.
Durante unos quince minutos permanecieron allí hasta que se animaron a buscar la oficina del consulado. La sorpresa fue que el edificio estaba completamente cerrado y él no tenía acceso a la entrada principal, donde normalmente había conserjes.
Vargas comenzó a caminar y caminar y yerminó llegando hasta el extremo de la bahía. Desde allí podía ver la Estatua de la Libertad y era tal la desesperación que pensó en una locura. “Si yo hubiera andado solo, me tiro”, recuerda. “Pensé que podía nadar hasta la Estatua de la Libertad y salvarme. Estaba desesperado. Pero mi esposa me detuvo”. Hoy Vargas reconoce que habría sido una locura.
El escape

Pasaron las horas hasta que, aproximadamente a las cinco de la tarde, apareció una posibilidad para salir de Manhattan: un ferry.
Vargas y su esposa subieron y el barco cruzó el río Hudson y los dejó al otro lado, en Nueva Jersey.
Desde allí, Vargas caminó durante unas dos horas y media o tres horas. No había autobuses. No había transporte público disponible. La única manera de seguir era caminar.
Cuando finalmente llegó a su casa, logró comunicarse con la Cancillería al día siguiente, y descubrió que su ausencia había provocado alarma.
“Me dijeron en la Cancillería: toda su familia ha llamado y nosotros no tenemos nada de usted”. En Nueva York nadie había podido comunicarse con él. En Costa Rica tampoco.

Vargas finalmente habló con el canciller Roberto Rojas. Después recibió una llamada del presidente Miguel Ángel Rodríguez
“No sabía qué iba a pasar y ya todo el mundo iba tenso. Fueron semanas terribles acá. Para mí, el mensaje que me quedó claro: la paz es algo que no se puede explicar. La paz tiene que ser la prioridad de todos. Debemos asegurarnos de buscar las formas para mantenerla a toda costa. Lo que vi y viví no tiene comparación”.
Vargas asegura sentirse agradecido de haber salido ileso con su familia. No quedó con problemas pulmonares como algunos amigos estadounidenses que trabajaban en la zona y que, según cuenta, años después sufrieron consecuencias por haber respirado los materiales y compuestos que quedaron suspendidos en el aire tras el derrumbe. Solo hay una particularidad: cuando mira la televisión y aparecen documentales sobre el 11 de septiembre, toma una rápida decisión: cambia de canal.
