
Es muy poco probable –casi imposible– que usted previo a esta lectura hubiese escuchado de Edina. Por vueltas de la vida, ese no ha sido mi caso, pues en los últimos 20 años he memorizado historias de segunda mano sobre ese pequeño poblado enclavado en las planicies del centro de Estados Unidos, donde el tiempo no tiene prisa y la gente conduce grandes vehículos de doble tracción.
Si se les pregunta a los historiadores dirán que, sin duda, el ciudadano más destacado salido de Edina es Terry Joyce, quien tuvo una brevísima y discreta carrera como jugador profesional de fútbol americano en la segunda mitad de la década de los 70. Yo, que no sé nada de fútbol americano, tengo otra respuesta: Judy Witte McReynolds.
Para la comunidad herediana más tradicional, el nombre de doña Judy les será familiar, pues fue en la ciudad florense donde se estableció hace 45 años, junto a su esposo Rodrigo Quesada. Ahí aprendió a andar por media calle (las aceras deplorables así la obligaron); a apoyar al Team y a enrumbar la vida de sus cuatro hijos. Dona Judy también es teacher y el buen inglés de varias generaciones de niños heredianos tiene mucho que ver con ella.
Doña Judy también es mi suegra, una suegra de las buenas. Es por ella que sé de Edina, aún cuando dejó aquel pueblo en un tiempo en que no había terminado de despedirse de la adolescencia. Muchas han sido las veces que nos hemos sentado, café en mano, a repasar las historias de la casa de su abuela, quien hacía sus propias conservas y toda receta la mejoraba con tocineta e ingenio.
Hace más de 20 años escuché por primera vez de Edina, y a medida que los relatos de doña Judy y de Mónica, mi esposa, se apilaban, así crecía la curiosidad por entender esa parte de sus orígenes que tan poco cercana me resultaba. Con los años la casa de los suegros volvió a llenarse de risas de niños atarantados y el siempre postergado plan de hacer un viaje familiar a Edina finalmente empezó a cobrar visos de realidad.
Edina es el típico poblado rural que en el cine estadounidense suele representarse como un remanso de monotonía que se ve interrumpida por un evento extraordinario. Me gusta pensar que para algunos de sus habitantes, en el 2018, nosotros fuimos ese evento extraordinario.

In the middle of America…
Seis horas separan por tierra a la cosmopolita y ventosa Chicago, Illinois, de Edina, Missouri. En una microbús que bien pudo hacernos pasar por un mariachi, diez familiares tomamos la carretera. Los dos abuelos, sus dos hijos mayores, cuatro de sus cinco nietos, una nuera y este yerno.
El viaje lo hicimos en las semanas en las que el invierno le entrega las llaves a la primavera, y los parches de nieve sucia y a medio derretir aún son visibles en algunos campos de cultivo. Conforme nos alejamos de Chicago (o nos acercábamos a nuestro destino, usted decide), las ciudades disminuyen su tamaño y pretensiones, mientras el terreno para la agricultura se apodera de todo lo que el ojo alcanza a ver. Interminables líneas de tren, interminables eras en la tierra, interminables autopistas en perfecto estado, interminables patrones de paisajismo rural estadounidense.
La sucesión de poblaciones hace imposible distinguir el cambio entre los estados de Illinois y Missouri, más allá del cruce simbólico del puente sobre el inmortal río Mississippi que marca la línea estatal en nuestro trayecto.
Sé que 35 años atrás la familia Quesada Witte solía visitar Edina con frecuencia casi anual, algunas veces con extenuantes manejadas desde la increíblemente remota Nueva Orleans, las que exigían al buen conductor en mi suegro al máximo. Con los años, las visitas se espaciaron, los niños crecieron y Facebook se encargó del resto.
Para cuando finalmente llegamos, la noche es total y poco se puede apreciar de nuestro destino. ‘Tranquilo Víctor, mañana vemos bien el centro. En 10 minutos lo recorremos todo”, me advierte don Rodrigo, el tico que convenció a la nativa de aquel pueblo a trasplantar su vida hacia Heredia. Él, desde luego, sabe lo de que habla.
Pequeñas estadísticas
Edina es la ciudad principal de Knox County, ubicado al norte de Missouri. Con una población de poco más de 4.100 personas (según el senso estadounidense del 2010), Knox es el tercer condado menos poblado del estado. De esos residentes, unos 1.100 están en Edina.
No es sorpresa que el 98% de los pobladores de la ciudad sean blancos, y muchos de ellos adultos mayores. Como tantas otras comunidades del centro de Estados Unidos, Edina ha visto una baja lenta pero constante de su población, a medida que muchas familias han logrado enviar a sus hijos a universidades para prepaparse en profesiones que tienen poca o ningún demanda en su lugar de origen. Así, tras graduarse es común que los muchachos se muden a ciudades más grandes, mientras que para el mantenimiento de sus granjas los abuelos y padres deban recurrir con mayor frecuencia a mano de obra externa.

Aún así, Edina sigue dando la pelea. Mientras que algunas poblaciones vecinas no pueden ocultar el desgaste de muchas de sus abandonadas viviendas, en el pueblo de las hermanas Witte la mayoría de las propiedades están bien cuidadas, y el centro histórico de la ciudad (un par de cuadras en torno al edificio judicial) ofrecen múltiples escenarios para estampas enmarcables.
Entre los rasgos reconocibles están el tradicional tanque de agua elevado con el nombre de la ciudad (infaltable en cualquier poblado rural estadounidense con aspiraciones de ser recordado), y la iglesia católica dedicada a San José, construida de ladrillo desde hace más de un siglo y encumbrada por una torre imponente.
Edina es un pueblo que tiene todo, justo en la medida de necesidades como la reparación de tractores o la venta de municiones y equipo para cacería. En las afueras del Lucky’s Café (sede de desayunos de campeones) sendos rótulos dan la bienvenida a los cazadores, y la tenencia de armas de fuego no solo es normal sino efectivamente necesaria, pues la caza de ciervos es parte de su rutina. Viniendo nosotros de un país donde hay un venado de símbolo nacional, la idea de dispararles a estos animales no parece sensata hasta que terminamos de convencernos de la abundante población de dichos mamíferos, al punto de que al conducir de noche por los apartados caminos de lastre, todos los pobladores nos advierten del riesgo de impactar a uno de estos animales (no es cuento: el índice de ciervos muertos producto de atropellos a orillas de las vías debe ser similar al de gatos arrollados en Ochomogo).
De vuelta al campus
La historia de mis suegros no empezó en Edina, sino en la vecina y más desarrollada ciudad de Kirksville, y en específico en la universidad Truman State (antes Northeast Missouri State University). Cuenta la leyenda que un estudiante tico de esa casa de estudios se envalentonó y entabló conversación con una joven de ojos azules que pasaba por la entrada del dormitorio estudiantil donde él residía. El tico estaba junto a otros universitarios y un francés fue el primero en hablarle a la rubia pero el herediano terminó por robarle el mandado.
Aquella plática casual desató un cambio de vida radical para la segunda de las cuatro hermanas Witte, quien para entonces poca idea tenía de qué era Costa Rica o dónde quedaba. Eran los comienzos de los años 70 y sus planes apuntaban a concluir la universidad y a establecerse cerca de la casa paterna, tal y como eventualmente lo hicieron sus tres hermanas.
La pareja no se anduvo por las ramas: la relación se tornó seria casi desde un inicio. Ya casados, en mayo de 1973 los jóvenes empacaron lo que pudieron en un Ford F150 año 71, y se lanzaron a una travesía que aún hoy parece inaudita: conducir desde Missouri hacia el sur, cruzando la frontera en Brownsville, Texas, recorrer la costa atlántica mexicana y una Centroamérica convulsa para finalmente establecerse en Heredia. 5.300 kilómetros en cuestión de una semana.

Regreso a casa
Mientras mis hijas corren por el parque de Edina, es imposible no sentirme pequeño. Pequeño frente a las inmensas circunstancias y azares que hicieron posible la alineación planetaria que nos tiene aquí. Una cadena de acontecimientos que incluye a un muchacho tico que consigue una beca para estudiar lejos de casa, a una muchacha estadounidense que se llenó de valentía para dejar atrás su mundo, a una muchacha costarricense-estadounidense que decidió dejar su aspiración de estudiar medicina para seguir su vocación de comunicadora, y al muchacho tico que agarró valor y un buen día la invitó a ir a almorzar al comedor estudiantil de la Universidad de Costa Rica. La cadena también incluye a las dos niñas que corren despreocupadas por un parquecito que bien podría ser escenario de una comedia romántica hollywoodense, con su bandera de barras y estrellas, jardines bien cuidados y árboles desnudos. Emma y Luciana no tendrán el Witte en sus cédulas pero lo mencionan cuando dan sus nombres completos (así como toda la letanía de apellidos de pura casta española, como señalaría mi papá).
Estamos en el medio del corazón de ‘América’ (no vamos a entrar a debatir con los locales la apropiación del nombre continental que ha hecho su país, pues de su parte no hay mal ánimo) y las chicas corren en medio de risas atropelladas, así como lo hicieron décadas atrás en ese mismo parque su grandma Judy y las tías-abuelas Betsy, Kathy y Nancy.
Durante la visita pasamos por el colegio local, el Knox County High School, una escuela secundaria pequeña para una población pequeña. El estudiantado es predominante blanco y rubio, chiquillos sonrientes y amables que no terminan de entender por qué un grupo de desconocidos que hablan español y que abarca varios rangos etáreos ocupa una mesa completa del comedor. En alguna de sus paredes está la foto de un joven Terry Royce, así como también los retratos de las cuatro hermanas Witte.
La gente de Edina es gentil. Todos se saludan, todos se conocen. Personas acostumbradas al trabajo en el campo, a mantener valores tradicionales y apoyarse las unas a las otras. Sin sorpresa, el dato oficial señala que Knox County votó en gran parte a favor de Donald Trump en el 2016 pero al hablar con los residentes locales es claro que el presidente no es una persona popular ahí. ‘Vergüenza’ es la palabra que escucho en varias ocasiones cuando pregunto sobre el sentir que provoca el actual ocupante de la Casa Blanca.
Los granjeros de Edina están envejeciendo. Muchos de sus hijos mayores siguen acá, involucrados de un modo u otro con el negocio de la familia. Los menores no tanto.
El séquito de las cuatro hermanas Witte y sus respectivas proles se junta en un salón del Lucky’s Café para un desayuno final de despedida. A mi lado está Jim, esposo de Betsy, un señor con un corazón de oro que cuando da la mano realmente desea todo lo mejor para uno. Jim y Betsy comparten su usuario de Facebook, aunque ella escribe por los dos.
Nos abrazamos y prometemos volver a vernos. Cumplimos con el ritual de invitarlos a Costa Rica pero es claro que muchos de ellos no harán nunca la travesía hasta Heredia. Lo que cuenta es que una pareja gringo-tica sí cometió esa audacia cuatro décadas atras. Por ellos, hoy, Gonzalo, Mathias, Emma, Ignacio y Luciana sí tienen idea de dónde queda Edina, Missouri.

