
El tico Maikol Muñoz estuvo a punto de ‘quitarse el tiro’ y, la verdad, es que nadie se lo hubiera reprochado.
De hecho, no hubiera sido el único. La locura que el famoso equilibrista Nik Wallenda estaba planeando era terrorífica y ya otros ingenieros -de reconocidas empresas estadounidenses y otros países-, habían salido despavoridos al conocerla.
Wallenda -quien en la cuerda floja ha cruzado las cataratas del Niagara, el Gran Cañón y el Time Square Garden, entre otras espeluznantes aventuras-, ahora estaba determinado en caminar sobre el cráter del volcán Masaya, en Nicaragua, uno de los pocos macizos con lava expuesta del mundo.
Posiblemente Nik -descendiente de una intrépida familia de funambulistas y full acostumbrado a desafiar las alturas, el viento y la gravedad-, no tenía miedo de cumplir la hazaña, pero quienes debían preparar la logística para que lo lograra, sí que podían temblar.

Nunca un ser humano había caminado sobre un volcán al rojo vivo, es cierto, pero tampoco nadie había instalado una cuerda de acero en una cumbre de esas características. Descender al cráter caliente y pasar la noche allí, respirar sus gases tóxicos y rezar para que una de las inestables paredes no se derrumbara en el proceso, serían algunas de las peripecias por las que tendrían pasar quienes se atrevieran a hacerlo.
Una tarea a todas luces aterradora que el ingeniero Muñoz y su equipo de trabajo finalmente se atrevieron a tomar. La empresa costarricense SIME (Sociedad Industrial de Montajes Eléctricos), que se dedica a la colocación de líneas de alta tensión, tomó la brasa caliente y el pasado 4 de marzo, en una noche de gloria, se coronó junto al gran Wallenda. Ese día, el mundo entero, pudo ver al acróbata domar al Masaya.
“Alguna gente nos decía que era más peligroso lo que íbamos a hacer nosotros que lo que iba a hacer Nik. Por otro lado los de la producción estaban impresionados por la majestuosidad del lugar y lo peligroso que podrían ser las tareas necesarias para llevar a cabo la gesta. Es que el lugar, para todos, era inexplorado y desconocido, por lo que no se sabía cómo se iban a lograr ciertas cosas”, comentó Muñoz.
“Aún así dijimos sí. Yo soy un aventurero y esta era la oportunidad de hacer algo nuevo, que pasara a la historia. Me apasioné con esto”, agregó emocionado.

En tan solo 31 minutos Wallenda cruzó el Masaya y el orbe entero lo pudo ver en vivo. Miles de espectadores se emocionaron sin imaginar que, tras la hazaña, varias personas más habían puesto su vida en juego.
Incluso cuando Nik pisaba la cuerda floja, se equilibraba con una especie de varilla y su frente sudaba por el calor que emanaba el Masaya, el ingenio tico estuvo presente.
Nadie -según palabras del mismo Wallenda-, lo hubiera hecho mejor que Muñoz y los muchachos de SIME.
A continuación la crónica de la proeza.
Costó decir que sí.
A finales del 2019 Maikol Muñoz recibió una extraña propuesta.
“-Sí, es para ver si está interesado en hacer un trabajo en Nicaragua. Sería para colgar 500 metros de cable. ¿Le gustaría?-. Eso fue lo que me dijeron, sin dar más detalles”, recordó el ingeniero.
De inmediato la respuesta fue no. En el 2018, a duras penas, SIME había acabado de realizar un trabajo en tierras pinoleras, las cuales se complicaron por la crisis política que vivió Nicaragua en aquella época.
Entonces trabajar en Nicaragua no era algo que SIME planeara a corto plazo, mucho menos cuando le dijeron que era para instalar una línea de solo 500 metros.

“Nosotros hacemos trabajos grandes. Es decir que normalmente instalamos varios kilómetros de línea, no de 500 metros. Pensamos que no valía la pena hacer esa inversión por tan poco, es decir, trasladar equipos y todo, no rentaba. Además, es capaz que por estar allá nos salía un trabajo bueno en otro lado y lo perdíamos”, justificó Muñoz.
Volvieron a insistir y la respuesta siguió siendo la misma: “No”.
El sigilo sobre el proyecto de Wallenda era total, hasta que desesperados por encontrar algún osado para el trabajo le soltaron toda la verdad al tico. Nik quería ser el primer hombre en caminar sobre un volcán con lava expuesta y el tiempo para lograrlo se agotaba. Había que actuar rápido.
“-Mire, don Maikol. Es que no es solo poner una línea. Es ponerla sobre el volcán Masaya para que Nik Wallenda camine por ella-, me dijeron. Ahí ya cambió todo para mí”, explicó Muñoz.
“Les dije que habláramos, aunque yo la verdad no asocié quién era Nik Wallenda en ese momento. Entonces hicimos un contacto por videoconferencia donde estaba presente Nik y me explicaron todo. Nosotros les explicamos sobre lo que hacíamos nosotros y se mostraron confiados. Allí comenzó todo”, agregó.

Pero de entrada el proyecto sonaba más que retador. Era imposible decir que sí, con certeza, sin antes visitar el volcán y constatar que era posible colocar un cable en ese lugar.
Por ese motivo, en noviembre del 2019, Muñoz viajó a Nicaragua para realizar la inspección preliminar del volcán. El tico recuerda que se llevó una sorpresa al llegar al lugar pactado, porque había cámaras, luces y unas 60 personas de producción ya instaladas en el lugar.
“Allí todos se conocían. Yo era el que no conocía a nadie. Era el extraño”, recordó el costarricense, quien pudo conocer a Wallenda cara a cara en ese encuentro.
Incluso, de entrada, Muñoz pudo percibir que no todos estaban muy confiados con su incorporación al equipo. Se trataba de una tarea titánica y muchos se preguntaban si la empresa tica era capaz de poner el bendito cable en el volcán.
A pesar de eso, Muñoz se topó con una voluntad enorme para colaborar.
“Me dijeron que todo lo que yo ocupara lo iba a tener. Que si el equipo de producción no lo conseguía, lo conseguía el gobierno, que estaba completamente matriculado con el proyecto”, afirmó.
No era raro. El gobierno de Daniel Ortega estaba más que interesado en lavarle la cara al país y esta era su oportunidad. De hecho, se dice que en Nicaragua es prohibido tener drones y el equipo de Wallenda traía como cinco para volar, todo legal.
“Ortega quería que todo saliera perfecto y me adelantaron que por plata no había problema”, afirmó el ingeniero.

La primera impresión de Muñoz, al ver el volcán Masaya y la superficie del cráter, es que quizá sí era posible colocar el cable. Pero en ese momento las dudas afloraban y titubeó un poco.
De entrada, la principal preocupación de Muñoz era la tensión a la que iba a ser sometido el cable. Para que no tuviera movimiento y Wallenda no rebotara, la línea necesitaba tener 16 toneladas de tensión y el tico, en sus proyectos habituales, solo había tensado cables a 3.8 toneladas.
Pero eso no era todo. Lo peor es que Wallenda necesita amarrar a la línea principal 116 pequeños cables, para evitar que el cable se balanceara.
El problema es que esos pequeños cables necesitaban estar anclados adentro del cráter, en una superficie desconocida para Muñoz y todo el equipo. Además, si aceptaban hacerlo, sí o sí iban a tener que descender a la olla de presión.
Ese mismo día intentaron bajar inspeccionar el cráter, pero un sistema de poleas que habían ideado para tal fin falló por completo, por lo que Muñoz se fue para la casa con nuevas preocupaciones en su cabeza.
“Ese sistema para bajar era una especie de canopy. El cable que tenía medía como 250 metros y bajaba como inclinado al lado del barranco. Era bastante peligroso”, recordó Muñoz.
“Era una aventura total. Yo soy muy aventurero, pero pensaba en la gente que iba a tener que enviar por ese sistema. Yo trabajo con gente que está acostumbrada al alto riesgo y casi no le tienen miedo a nada. Pero un cosa es no tenerle miedo a nada, con medidas de seguridad, y otra cosa es arriesgarse con un sistema viejo que no hicimos nosotros”, comentó.

Por eso, hasta no ver lo que había dentro del cráter, Muñoz no firmó el contrato.
En diciembre el tico volvió al volcán Masaya y, en esa ocasión, sí pudieron bajar al cráter. La realidad con que se topó Muñoz fue monstruosa.
En la olla de presión.
“Fue hermoso estar ahí, pero al mismo tiempo una experiencia que no todo el mundo hubiera podido soportar”, confesó Muñoz.
Para inspeccionar los lugares exactos en los que irían anclados los cables que sostendrían la línea principal de Wallenda, Muñoz llegó a estar a 160 metros de la lava viva.
Desde ese distancia, aunque suene lejana, el tico asomaba la cabeza para ver el espectáculo de fuego pero casi de inmediato tenía que quitar la cabeza.
“Se sentía el calor. Además la lava se mueve constantemente, hace explosiones y estas llegan a unos 10 metros de altura. Es decir que no llegaban hasta nosotros, pero igual asustaba”, recordó el ingeniero.

“Fue una experiencia increíble, porque no es normal que alguien esté allí, estoy seguro que en Costa Rica no lo permitirían. Además el lugar era inestable, se caían piedras constantemente, eran como derrumbes”, agregó.
Otro problema eran los gases, el ácido. Pero de eso hablaremos más adelante.
Ahora en lo que se tenía que concentrar Muñoz era en decidir si, después de inspeccionar el lugar, finalmente iba a aceptar el singular trabajito. Al bajar, a pesar de todos los peligros, había constatado que ciertas piedras podrían funcionar para colocarlos anclajes, pero aún así no se mostraba del todo convencido.
“Tenía muchas dudas. Los riesgos eran muchos. Había cables que había que colocar por encima de la lava y el terreno inestable. Es que nadie ha había hecho esto antes, era jugársela”, recordó el ingeniero.
“Por eso eso no dije que sí. Mi empresa se jugaba mucho en eso y ponía en riesgo a mis trabajadores. Además imagínese que hiciéramos algo mal y se cayera Wallenda en medio show en vivo. Las demandas nos lloverían”, reflexionó.

Pero unas semanas después Muñoz viajó a Estados Unidos y visitó la casa de Wallenda. Cenó con su familia, se conocieron personalmente y Nik le mostró todo el equipo especial que guardaba y que había usado en varias de sus aventuras anteriores.
Entonces, según Muñoz, surgió una conexión especial. La confianza creció entre ellos de una forma casi mágica y Muñoz llamó a Costa Rica para lanzar la bomba: creo que sí podemos hacerlo, firmemos.
La epopeya comienza.
“Pensé que los de mi equipo no iban a querer entrarle al proyecto, pero sucedió todo lo contrario, más bien sobraron”, comentó entre risas Muñoz, al recordar los inicios de la epopeya.
“Creo que todos querían quedar en la historia y eso los motivó”, agregó emocionado.
El ‘team’ de valientes que asumirían la tarea estaba conformado por un 40% de costarricenses, entre ellos Muñoz como líder. Se trató de un caso singular, pues el ingeniero desde hace mucho tiempo estaba dedicado a laborar desde una oficina, pero en este caso él mismo se tiró a pista.
“Yo me metí en todo. Yo hice todo de primero. Así que nadie me podía decir que eso no se podía hacer. Igual eso me permitió tener consideración con ellos, porque yo ya sabía lo que era estar allí”, comentó.


En enero, luego de cerrar un presupuesto que llegó a alcanzar los cientos de miles de dólares, Muñoz y su equipo comenzaron a trasladar su equipo al volcán Masaya.
Esa fue una tarea sencilla, pues según el tico en Nicaragua no les pusieron ninguna restricción para ingresar nada. Cosa rara, porque en otros proyectos de SIME, ese mismo trámite era un dolor de cabeza.
“Hasta un elefante pudimos haber llevado, que en Nicaragua nos hubieran dicho nada. Ni nos revisaron, ni tuvimos que registrar equipo. Apenas decíamos que llevábamos ese equipo para utilizarlo en el evento del volcán y se nos abrían las puertas, como si fuera una palabra mágica”, recordó.
“De hecho, en ese momento nos comenzamos a dar cuenta de que éramos super mediáticos en Nicaragua, casi como estrellas de cine”, acotó.
El equipo de SIME iba relajado, pero ese sentimiento les duraría poco. Ya en el volcán las adversidades comenzaron a jugar en su contra.
Cuando SIME comenzó a perforar para hacer las primeros anclajes, cosas que en su vida habían experimentado comenzaron a suceder. Por ejemplo, notaron que de uno de los agujeros principales que habían hecho comenzó a brotar calor.
Seguramente, una de las venas del volcán pasaba cerca y había tomado la perforación como escape. Eso, obvio, les hizo clausurar el agujero y abrir otro, pues de dichas perforaciones dependía que el cable de 130 toneladas, que sostendría a Nik, estuviera seguro.


Luego vino la instalación de los 116 cables pequeños, los cuales tenían la función vital de estabilizar el cable principal. Sin duda, al instalarse dentro del cráter, fue una de las tareas más riesgosas.
En dichas tareas, los gases y el ácido del volcán terminaron por destruirle dos pantalones de mezclilla a Muñoz, además de provocarle a él y al resto del equipo extraños brotes en la piel.
A eso se sumó la caída de ‘espinas de vidrio', una extraño material que el volcán desprende y esparce con el viento. A Muñoz, de hecho, uno de esos le cayó en los ojos y le costó recuperarse.
Pero lo más intrépido que hizo el ingeniero tico fue pasar una noche entera dentro del cráter. Asegurarse que los anclajes estuvieran bien sujetos y no fallaran durante el show, lo motivó a ver oscurecer dentro del coloso.
“Yo tenía que probarlos todos. Tenía que asegurarme. Si tan solo uno se reventara podía ser mortal, pues eso generaría una vibración, que después de un rato podría reventar todos los demás”, explicó Muñoz.
Era una labor titánica. Muñoz bajó a revisar el primero a las 10 a.m. y terminó de revisar el último a las 6 a.m. del día siguiente.
“Es que yo dije: -esta tarea la tengo que hacer de una vez-. No podía estar bajando y subiendo, pues para bajar se duraban 20 minutos suspendido en el aire, los cuales se me hacían eternos, y para subir como media hora. El descenso era de 250 metros”, agregó.
Pero tanto sacrificio valió la pena. El 28 de febrero, luego de probados los anclajes y tensada la línea principal, la celebración fue a lo grande. Habían terminado casi una semana antes del evento (que era el 4 de marzo) por lo que era meritorio ‘tomarse las birras’ para celebrar.
La ‘fiesta’ frustrada.
Luego de una noche de jerga, todo parecía ir de película. Sin embargo, las cosas se volvieron a complicar.
Como todo buen ingeniero, Muñoz se fue a inspeccionar la obra y se dio cuenta de un detalle no menor. El ácido había reventado uno de los cables y tal parecía que el problema era progresivo.

“Así como estábamos todos, con goma, nos dimos cuenta del grave problema. El ácido se comía el material justo en una curva que tenía el cable y en ese momento tuvimos que improvisar que hacer”, narró Muñoz.
“Al final encontramos en conjunto la solución, lamentablemente en el diseño nadie previó que el ácido se podía comer el material utilizado en tan poco tiempo, pero nunca se había hecho algo similar en un ambiente tan hostil, por lo que era muy difícil preverlo”, agregó.
Día y noche, trabajando hasta las 11 p.m., el equipo de Muñoz se suspendió en las alturas para resolver el problema. Cambiaron, uno por uno, los agarres críticos y los recubrieron con un material especial.

“Cuando terminamos Wallenda me abrazó y me dijo: gracias ustedes me están salvando la vida. No saben lo que yo sentí”, recordó Muñoz.
“Y no fue todo, parte del equipo que hizo posible que Wallenda caminara por el Time Square Garden, nos dijeron que ellos no hubieran podido hacer lo que nosotros estábamos haciendo. Hasta no decían, utilicen mi arnés, que para mí será un orgullo decir que se utilizó haciendo esto”, agregó el tico entre risas.
Llegó el día esperado
Un helicóptero hizo que Muñoz, la noche anterior al gran día, no pudiera dormir tranquilo ni disfrutar del todo el momento.
“A las 12 p.m. me llamaron a la habitación. Los de la producción me preguntaron que si era posible que la esposa de Wallenda, Erendira, hiciera su show de acrobacia sobre la línea de Nik”, recordó.
Erendira, según estaba planeado, se suspendería con unos aros sobre un helicóptero que sobrevolaría el cráter. Sin embargo la aeronave falló en la maniobra y le tocó a Muñoz meter manos en el asunto.
El show iba a ser en la noche, por lo que muy temprano Wallenda y Muñoz fueron al volcán a evaluar lo que se podía hacer para no suspender el acto.

“Encontramos la forma de hacerlo, sustituyendo la línea de vida de Nik por un cable de acero más robusto, que ya habían probado los muchachos en las reparaciones que se hicieron. Eso le dio tranquilidad a la producción”, mencionó el ingeniero.
Cuando comenzó el espectáculo en vivo, a eso de las 6 p.m., quizá fueron los minutos más angustiantes para Muñoz. Cuando Erendira hizo su presentación el estrés fue máximo, pero fue casi insoportable cuando al fin le tocó a Nik recorrer el cable.
“Es que, incluso en ese momento, nosotros teníamos un papel. Si mientras Nik caminaba notaba que la cuerda se movía o se balanceaba, yo tenía que dar ordenes para tensar más las cuerdas. Estábamos conectados por radio”, explicó Muñoz.
“Para eso teníamos muchachos desplegados, para que al recibir mi orden procedieran. Había que estar muy atentos, fue estresante”, agregó.

Pero Nik no necesitó de Muñoz en ese momento. El cable se comportó según lo esperado y Wallenda pudo cumplir su sueño: caminar sobre el volcán Masaya.
Dice Muñoz que, al ver a Nik cumplir el objetivo, nunca sintió una emoción tan grande.
“Todos me abrazaban. Fue un momento único en el que me las personas que nos ninguneaban al principio, ahora más bien, nos admiraban y nos veían como estrellas”, narró emocionado.
Por si fuera poco, el tico recordó que esa noche alguien del equipo lanzó una frase que recordará siempre: “si Nik es una especie de Superman, Maikol Muñoz mínimo es Batman”.
Pero el tío de Nik, Mike Troffer, se acercó y completó la singular comparación: “Yo no sé si Maikol es un superhéroe, lo que si puedo decir es que, en lo que hace, es el mejor del mundo”.
El gran Wallenda.

Nik Wallenda continua el legado de su famosa familia, que por más de un siglo ha demostrado su arrojo y habilidad con múltiples espectáculos.
En 1922, el alemán Karl Wallenda, junto a sus hermanos German y Joseph, fueron los primeros en desafiar las alturas. El grupo se inició como “caminadores en cables”, para después perfeccionar el arte y crear la famosa “pirámide de tres niveles”, siendo uno de los trucos más recordados el realizado en el Madison Square Garden, en 1928.
Karl Wallenda falleció en 1978, precisamente al caer en uno de sus actos.
En la actualidad, el bisnieto de Karl Wallenda, Nik, es considerado el Rey de la Cuerda Floja. Dentro de sus proezas se encuentran haber cruzado las cataratas del Niágara (2012), el Gran Cañón del Colorado (2013) y el cruce del río Chicago (2014), con los ojos vendados. Tiene seis récords Guinnes en esas lides.
Colaboró con este artículo: Eduardo Antonio Montoya
