En las fincas bananeras del Caribe costarricense hay trabajadores que comienzan su jornada antes de las ocho de la mañana no para cosechar fruta, sino para intentar salvar una industria entera.
A esa hora, cuando todavía no sube demasiado la temperatura y el aire húmedo de la zona atlántica sigue siendo tolerable para las flores del banano, inicia un proceso minucioso que parece más cercano a la relojería que a la agricultura industrial: investigadores toman polen de plantas resistentes, lo transfieren manualmente a flores de banano Cavendish (ese que se encuentra en los supermercados) y esperan que ocurra algo extremadamente improbable…. Lo que se espera es, nada menos, que una semilla, lo cual es toda una rareza pues, en el banano comercial, encontrar una semilla es casi un milagro biológico.

“El Cavendish tiene muy poca fertilidad. Apenas una de cada cien mil plantas genera semilla”, explica Rafael Segura, quien laboraba como director de investigaciones de la Corporación Bananera Nacional Corbana (actualmente Segura no labora en la institución pero dio esta declaración cuando ocupaba el puesto).
Su propósito es crear un banano resistente al Fusarium Raza 4 Tropical, el hongo que amenaza la producción mundial de la fruta más exportada del planeta.
La dimensión del problema obliga a entender primero la historia del banano como una historia de epidemias.
Hasta mediados del siglo XX, el banano dominante en el comercio internacional no era el Cavendish que hoy aparece en supermercados y loncheras de medio mundo. Era el Gross Michel, conocido en Costa Rica como el “banano criollo”, más dulce, más aromático y habitual en las ferias del agricultor.
Pero en la década de 1930 ocurrió algo que transformó para siempre la industria bananera global.
Un hongo del suelo, el Fusarium oxysporum Raza 1 —causante del llamado Mal de Panamá— devastó las plantaciones de Gross Michel en América Latina. La enfermedad era prácticamente imposible de erradicar: una vez que el hongo entraba al suelo, podía permanecer allí durante décadas.
La solución de la industria fue sustituir toda la variedad dominante por otra resistente: el Cavendish, lo cual funcionó por mucho tiempo.
Las malas noticias aparecieron cuando llegó una nueva variante del hongo invasor mucho más agresiva: el Fusarium Raza 4 Tropical (TR4), capaz de afectar también al Cavendish, precisamente el banano que sostiene hoy buena parte de las exportaciones agrícolas costarricenses.
“El Fusarium ya impacta países como Perú, Colombia y Venezuela”, advierte Segura. “Y la solución real al problema sigue siendo la resistencia. Aún no llega a Costa Rica, pero podría ocurrir”.
El desafío es gigantesco porque el Cavendish no solo domina el mercado global; también es extremadamente delicado desde el punto de vista genético. Produce frutos uniformes, grandes y resistentes al transporte internacional, pero casi no genera semillas. Eso convierte cualquier programa de mejoramiento genético en un proceso, podríamos decir, desesperadamente lento.

En Costa Rica, sin embargo, científicos de Corbana decidieron intentar lo que no se había hecho en más de 150 años de historia bananera nacional: desarrollar un programa de mejoramiento genético para proteger el Cavendish sin recurrir a organismos genéticamente modificados. O sea, buscar la forma “más natural” de “evolucionar” al banano.
Aunque existen alternativas de “mejoramiento” mediante ingeniería genética, muchos mercados internacionales siguen siendo profundamente reticentes a consumir productos transgénicos. Europa, uno de los principales compradores del banano latinoamericano, continúa mostrando fuertes resistencias, por ejemplo.
Por eso la estrategia costarricense busca una vía distinta: mover genes naturalmente de una planta resistente hacia el Cavendish mediante polinización manual.
¿Pero cómo? El procedimiento parece simple cuando Segura lo explica, pero en realidad es una operación de altísima complejidad biológica.
Investigadores toman flores masculinas de plantas resistentes —desarrolladas originalmente por una contraparte científica en Brasil tras más de 25 años de investigación— y utilizan su polen para fecundar flores de Cavendish. “En ese polen viaja la carga genética”, explica Sánchez. “Lo que buscamos es que esos genes de resistencia entren a la nueva planta”.
Luego comienza la verdadera odisea científica: cada uno de los racimos debe revisarse dedo por dedo buscando semillas diminutas. Para encontrar apenas una, los investigadores pueden procesar cerca de diez mil bananos.
Después, esa semilla se lleva al laboratorio. Allí germina una nueva planta que posteriormente es cultivada en campo y analizada mediante herramientas de biología molecular y marcadores genéticos para determinar si heredó genes de resistencia al Fusarium.
Si la planta muestra potencial, será enviada a países donde el hongo ya está presente para comprobar si realmente resiste la enfermedad.
El trabajo avanza lentamente, casi a escala artesanal, pese a que está diseñado para proteger una industria multimillonaria.
En las plantaciones experimentales de Corbana, en Pococí y en el CATIE de Turrialba, investigadores recorren hectárea tras hectárea revisando plantas individualmente, racimo por racimo. Cada polinización debe realizarse temprano en la mañana porque el aumento de temperatura reduce la calidad de la fecundación. “Es un trabajo extremadamente intensivo en mano de obra”, reconoce Segura. Pero es una tarea necesaria. “Si el Fusarium entra al país, el impacto económico y social sería altísimo”, dice.
El proyecto, iniciado formalmente en Costa Rica en 2021, acaba de completar su primera etapa de cinco años y ya se prepara para una segunda fase de investigación.
Su financiamiento también revela una característica singular del modelo agrícola costarricense: gran parte de la investigación es sostenida por el propio sector productivo.
Corbana financia estos programas mediante un impuesto aplicado a las exportaciones bananeras. Son los mismos productores y exportadores quienes alimentan el presupuesto destinado a investigación científica. Es decir: la industria financia sus propios mecanismos de supervivencia.
Cada una de las plantas parentales resistentes utilizadas en el programa tiene un valor estimado cercano al millón de dólares debido al tiempo y la complejidad científica necesarios para desarrollarlas.
La expectativa de los investigadores es que, en el mediano plazo, el mejoramiento genético permita desarrollar plantas capaces de resistir varias enfermedades simultáneamente, reduciendo el uso de moléculas químicas y haciendo más sostenible la producción.
“Lo que buscamos es un banano de alta producción, más amigable ambientalmente y más sostenible”, resume Segura.
“Si bien la industria bananera ha realizado importantes esfuerzos en materia de prevención y bioseguridad, el desarrollo de una nueva variedad tipo Cavendish, resistente a Fusarium Raza 4 Tropical y otras enfermedades, y que además mantenga las características de calidad y aceptación del consumidor, representa una estrategia clave para el futuro del sector. Alcanzar este objetivo permitiría asegurar la continuidad y sostenibilidad de la producción bananera nacional e internacional, fortalecer la seguridad alimentaria y la competitividad de la industria, así como brindar una alternativa de largo plazo frente a uno de los mayores desafíos fitosanitarios que enfrenta el cultivo“, explica Robins Stivens Flores Guillén, Profesional de Investigaciones en Fisiología y Prevención Fusarium
Para ello, antes de que el calor del Caribe arruine la polinización, un grupo de personas se pone botas y guantes y camina entre plantaciones al amanecer, flor por flor, racimo por racimo, intentando algo que parece imposible: darle futuro al banano más cotidiano del mundo.
