Olga Villalobos González empezó a sentir pavor de hablar por teléfono porque le resultaba imposible escuchar y entender a la persona al otro lado de la línea.
Ese fue uno de los primeros síntomas que le revelaron su sordera. Luego, aparecieron otros signos: no escuchaba a sus hijas, empezó a dejar de salir porque no oía los pitos de carros y le daba miedo un accidente y, cuando iba a misa, no entendía nada de lo que el padre decía.
Tal parece que un exceso de anestesia recibido en el parto de su última hija le desencadenó a Olga una sordera que se agravó con el paso del tiempo (evolutiva).
Fueron cuatro años sin hablar por teléfono, hasta que el 6 de noviembre del 2007 le pusieron un implante coclear en el Hospital México y la vida le cambió radicalmente.
Su sordera evolucionó hasta el grado más severo en cuestión de 12 años. Hoy, con 57 años de edad y cinco de haber recibido el implante, una sonrisa se dibuja en su cara. Ella es una de los más de 200 pacientes beneficiados con este dispositivo en el país.
“Empecé a aprender todo de nuevo, como un bebé. A reconocer el sonido de un pájaro, el chillido de un asiento. Comencé a recordar cómo sonaban las cosas”, comenta esta vecina de San Pablo de Heredia.
En un implante coclear, se le coloca a la persona un dispositivo electrónico para restablecer la audición. El aparato se implanta en el oído interno y es activado por otro dispositivo que los cirujanos ponen fuera del oído.
El costo de ese procedimiento para la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) ronda hoy los $18.000 (poco más de ¢9 millones), pero si una persona se lo quiere hacer en un hospital privado, los costos se elevan hasta los $35.000 (¢17,7 millones).
El primer implante coclear se realizó en Costa Rica el 15 de setiembre del 2002, recuerdan dos de los pioneros de estos procedimientos aquí: el especialista en otorrinolaringología y jefe de cirugía del Hospital México, Julián Chaverri Polini, y el especialista en audiología y presidente de la Academia de Audiología de Costa Rica, José Raúl Sánchez Cerdas.
“Vinimos un día feriado a trabajar al hospital. La beneficiada fue una niña, que hoy puede tener 17 años. Ella padecía de sordera profunda. Desde entonces, se han hecho 195 implantes. Los hemos hecho en niños de 18 meses y en adultos de 75 años”, dijo Chaverri Polini.
En ese decenio ha pasado de todo. Al principio, solo se implantaba un paciente al año, y la CCSS únicamente giraba una ayuda económica de $7.500 . El resto del dinero hasta completar $25.000, lo debía poner la familia del paciente. No tardaron en llover “salacuartazos” que obligaron a la institución a reconocer la totalidad del costo y a abrir una unidad especializada en ese procedimiento. Esa sección está en el Hospital México, donde ahora se realizan hasta 40 implantes por año, entre niños y adultos.
“El implante coclear es uno de los adelantos médicos-audiológicos más importantes de los últimos 60 años. La única posibilidad que tenían los sordos antes eran los audífonos. No había cirugía para ningún daño de oído. La tecnología del implante empezó con algo muy rústico, con cirugías muy invasivas. La situación ha cambiado radicalmente. En la actualidad, el país cuenta con un equipo de otocirugía de implante coclear de los más avanzados de la región”, comentó José Raúl Sánchez haciendo alusión al grupo que dirige Chaverri en el México.
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Y es cierto. Se puede decir que hoy la Caja utiliza los aparatos de última tecnología , con la aprobación de la FDA de los Estados Unidos. Todavía queda pendiente que el país apruebe el proyecto presentado, entre otros, por Chaverri, para el tamizaje de sordera neonatal , que ayudaría a detectar tempranamente la sordera profunda. “Lo más importante es hacer el implante en los dos primeros años de vida. Si a los 8 años de edad implanto a un niño que nació sordo, ese niño nunca va a llegar a hablar como nosotros.
”Presenté el proyecto a la junta directiva (de la CCSS) pero no hubo plata. Solo algunos hospitales lo hacen. Hay que recordar que el defecto congénito más frecuente es la sordera”, dijo Chaverri.
Olga Villalobos sufrió de sordera evolutiva. Empezó a los 40 años, después de que nació su última hija. Recuperó el oído a los 52 con el implante coclear.
Para ella y para jóvenes como Esteban Montenegro Muñoz, de 26 años, o para niñas como Ana Lucía Sánchez Unfried, el proceso no acaba con la cirugía. Empieza.
Si bien la colocación del aparato es un primer gran paso, lo que sigue es igual de importante o más: la terapia auditiva verbal, que varía según la etapa de la vida en que empezó la sordera.
Veamos el caso de Esteban: recibió el implante a los 22 años y, desde entonces, una vez a la semana recibe rehabilitación auditiva verbal. No solo ha mejorado el uso del lenguaje, sino la identificación de sonidos.
La pequeña Ana Lucía, de 5 años, está en ese proceso y sus papás, Agnes Unfried y Édgar Sánchez, la acompañan. Agnes presume que una infección respiratoria dejó sorda a su hija.
Desde los ocho meses de edad, parecía que algo no andaba bien con Ana Lucía. Casi dos años después, les dieron el diagnóstico.
Ana Lucía “despertó al sonido” el 16 de febrero del 2011. Como Esteban, recibe terapia de lenguaje y musicoterapia. El gran reto ahora es la incursión en el sistema escolar.
Lo están logrando, poco a poco, en una pequeña escuela pública de barrio El Socorro, en San Miguel de Heredia, adonde le abrieron las puertas que le cerraron centros privados.
El implante para esta niña y sus padres se convirtió en el inicio de una larga travesía hacia la identificación de sonidos y la utilización del lenguaje verbal.
En ese camino que apenas empiezan, aún les falta vivir lo mejor.
Foto superior:
Ana Lucía Sánchez Unfried
5 años. Fue implantada el 16 de febrero del 2011. Foto: Jorge Castillo.