Revista Dominical

El legado radical de Martin Luther King en la era de Trump

En una sociedad resquebrajada, con un presidente abiertamente racista, el legado del activista afroestadounidense que nunca agachó su cabeza suena fuerte. Más que un soñador, King fue un revolucionario radical. 50 años después de su asesinato, sus luchas continúan vivas en movimientos sociales que hoy exigen todavía igualdad y justicia.

Fue la noche más traumática de la vida de Jesse Jackson. Así la recuerda.

Tenía apenas 26 años. El candidato para las primarias presidenciales por el Partido Demócrata de Estados Unidos (1984) y luego senador de Columbia (1991-1997), todavía no era un activista renombrado por los derechos civiles, ni una respetada voz nacional por la defensa de los derechos afroestadounidenses. Todo eso vendría después.

En esa época, el actual pastor bautista, estaba apenas comenzando su activismo político.

“Habíamos venido a Memphis en 1968 para apoyar a los trabajadores de saneamiento en huelga por su lucha en búsqueda de mejores salarios y condiciones de trabajo más seguras”, escribió Jackson para The New York Times. “En la noche del 4 de abril, el Dr. Martin Luther King iba a llevar a un grupo de nosotros, incluido el reverendo Ralph Abernathy, Andy Young, Hosea Williams y Bernard Lee, a cenar a la casa del reverendo Samuel Billy Kyles, no lejos de donde nos estábamos alojando, el Motel Lorraine”.

Después de la cena, irían a un mitín para los trabajadores. Jackson había contratado a la orquesta Operation Breadbasket de Chicago para que animara la reunión. Martin Luther King Jr. estaba preparado para dar un discurso.

El premio Nobel de la Paz, de 39 años, uno de los líderes más importantes de las luchas raciales había ofrecido la noche anterior un discurso en el Templo Masón difícil de superar.

“No sé qué ocurrirá ahora. Tenemos días difíciles frente a nosotros. (…) Como a todos, me gustaría tener una vida larga. (…) Pero eso ahora no me preocupa. Solo quiero cumplir la voluntad de Dios”, le dijo emocionado a unas 3.000 personas que escuchaban atentas, mientras afuera caía un diluvio. “Y él me ha permitido subir a la cima de la montaña. Y desde ahí he visto la tierra prometida. Puede que no llegue a ella con ustedes. Pero quiero que esta noche sepan que nosotros, como pueblo, alcanzaremos la tierra prometida. Y estoy feliz por ello. Nada me preocupa. No temo a ningún hombre”.

Nadie lo tomó como una premonición de lo que sucedería horas más tarde. No era la primera vez que lo escuchaban hablar de esa forma: alerta, reconociendo el peligro.

La cena del día siguiente nunca se dio. Tampoco el mitín para los trabajadores.

Después de las 6 p. m. del 4 de abril de 1968, mientras el grupo se disponía a subir a los carros para ir a comer, King se asomó por el balcón de la habitación en la que se hospedaba, en el primer piso, número 306.

Jackson estaba en el parqueo, en el piso de abajo, cuando sonó el disparo.

Una bala de un rifle Remington-Peters le atravesó el cuello. Eran las 6:01 cuando la humanidad acababa de perder a un hombre que marcó la historia.

James Earl Ray, un racista recalcitrante, pero más que todo, un delincuente común, fue acusado y juzgado tras meses de pesquisas. Se declaró culpable y evitó así un juicio y la silla eléctrica a cambio de una condena de 99 años. Pero se retractó a los pocos días y dedicó los últimos treinta años de su vida a proclamar su inocencia y exigir un juicio. Con el apoyo de la familia de Martín Luther King.

Cuando Martin Luther King fue asesinado, hace 50 años, ya había pronunciado más de 2.500 discursos, ganado el Premio Nobel de la Paz, denunciando injusticias de un siglo cruel y entrado y salido de la cárcel en varias ocasiones por negarse a agachar la cabeza, a bajar su voz.

“Movilizó acciones masivas para ganar un proyecto de ley de acomodaciones públicas y el derecho al voto. Dirigió el boicot al autobús de Montgomery (en el que una mujer negra fue arrestada por negarse a ceder su espacio a un hombre blanco) y se enfrentó al terror policial en Birmingham. Nos llevó por el puente manchado de sangre en Selma y sobrevivió a las rocas, las botellas y el odio en Chicago. Globalizó nuestra lucha para terminar la guerra en Vietnam”, escribió Jackson en su texto Como vivió el Dr. King es la razón por la cual murió.

En él, rinde honor al hombre radical que marchó en defensa de la justicia social, el ecuménico, pro inmigrantes, académico de los pobres y activista antiguerra. Al soñador también, pero esa fachada, asegura, nos ha distraído de su verdadera lucha por la reivindicación social. Recordar esa otra, la incómoda, que le demandó al poder justicia es para él la deuda que le seguimos teniendo hoy.

“A medida que buscaba ir más allá de la desgregación y el derecho al voto, para centrar su trabajo en la justicia económica, el antimilitarismo y los derechos humanos, el sistema retrocedió con fuerza. En los últimos meses de su vida, fue atacado por el gobierno, la prensa, los antiguos aliados y el complejo industrial militar. Incluso los demócratas negros le dieron la espalda cuando desafió el apoyo del partido a la guerra en Vietnam”, agregó.

“Un número creciente de estadounidenses tenía una opinión negativa del Dr. King en los últimos años de su vida, según las encuestas de opinión pública. Un hombre de paz, murió violentamente. Un hombre de amor, murió odiado por muchos”.

King era un revolucionario. “Pedía un ingreso anual garantizado para todos los estadounidenses y un trabajo pagado con fondos públicos para quien lo quisiera”, explica un texto publicado por El País, del historiador Jason Sokol, autor de Los cielos pueden romperse: la muerte y el legado de Martin Luther King. “Era además un crítico contumaz del imperialismo americano y propugnaba una reconstrucción radical de la sociedad. Pero también era un patriota, criticaba a su país porque lo quería”.

El profesor de Historia Estadounidense de la UCLA, Robin D. G. Kelley, se refiere a él como uno de los filósofos más radicales de la historia de Estados Unidos. “Olvídese del sueño, hizo un llamado a favor de una revolución en valores que contrastaba fuertemente con la pesadilla del neoliberalismo, la guerra permanente y la violencia sancionada por el Estado”, escribió.

El reverendo sabía que la amenaza era real, como lo aseguró en su último discurso. Todos sabían que corría peligro, y nadie hizo nada para evitarlo. Martin Luther King, el radical, fue asesinado por serlo.

Para Cornel West, activista político y uno de los intelectuales más provocativos de Estados Unidos, en este breve momento de celebración de la vida y muerte de King, cinco décadas después de su muerte, deberíamos desconfiar de quienes cantan las alabanzas de King, pero se niegan a pagar el costo de encarnar la enérgica actuación de King sobre el imperio estadounidense y el racismo en sus propias vidas.

“Ahora esperamos el deprimente espectáculo cada enero (mes en el que se le conmemora) de los ‘fanáticos’ de King que nos dan las versiones desinfectadas de su vida”, escribió West para The Guardian. “Ahora llegamos al 50 aniversario de su asesinato, y una vez más encontramos versiones esterilizadas de su legado. Un hombre radical profundamente odiado y despreciado es refundido como si fuera un moderado universalmente amado”.

Como es usual en figuras históricas que cambiaron el mundo, su mensaje se fue despolitizando con el tiempo. La fuerza de su lucha, siendo acomodada por políticos contemporáneos y seguidores, se fue maquillando.

El mismo Donald Trump, presidente actual de Estados Unidos, ha intentado esconder su racismo evidente citando a un activista que estando vivo, repudiaría con furia sus políticas. “No, no soy racista. Soy la persona menos racista que haya entrevistado”, dijo Trump en una ocasión. En un video conmemorando el día de Martin Luther King, hizo un llamado a “continuar con su legado de igualdad, justicia y libertad”.

Las posturas del mandatario, sin embargo, viajan en dirección radicalmente opuesta al mensaje que una vez encarnó King.

Mientras se llena la boca de “justicia racial”, la administración Trump ha intentado promulgar una prohibición de entrada al país para musulmanes, ha condenado al movimiento de jugadores de fútbol americano que se hincaron en varios juegos al escuchar el himno nacional en rechazo al trato que la policía le da a las personas negras, pidió a los líderes del congreso que excluyeran a posibles inmigrantes de Haití, África y El Salvador llamándolos “agujeros de mierda”.

A regañadientes denunció al Ku Klux Kan después de enfrentamientos entre supremacistas blancos y contramanifestantes en Virginia, argumentando que “ambas partes” eran responsables de la violencia. En el último año, el Senado aprobó un monto de un billón de dólares para un proyecto de defensa nacional mientras que el gobierno propone acabar con Medicade (el programa de seguros de salud que nació en el gobierno de Lyndon Johnson) e invertir el dinero en la construcción del polémico muro en la frontera con México.

“¡Hombres negros contando mi dinero! Lo odio”, dijo una vez Trump. “El único tipo de personas que quiero que cuenten mi dinero son tipos bajos que usan yarmulkes (gorra judía) todos los días”.

“Lamentablemente, como el presidente Obama ha hecho un trabajo tan malo como presidente, ¡no verán a otro presidente negro por generaciones!”, escribió en su cuenta de Twitter. No fue la primera ni la última vez que arremetió contra Barack Obama por su color de piel. Trump exigió las calificaciones universitarias del presidente (ofreciendo $5 millones a cambio de ellas), insistiendo en que Obama no era lo suficientemente inteligente como para haber ido a una escuela de Ivy League, y que su aclamada memoria, Sueños de mi padre, había sido escrita por un hombre blanco, Bill Ayers.

“El Dr. King legó a los afroestadounidenses la voluntad de resistir y el derecho al voto. Sin embargo, mientras marchábamos y ganábamos, los poderes de reacción se reagrupaban, preparando una contrarrevolución. Hace cinco décadas, un gobernador segregacionista, George Wallace, vendía odio y división en reacción al movimiento por los derechos civiles. Hoy, es el propio presidente quien está incitando a la angustia, el fanatismo y el miedo”, escribió Jesse Jackson.

“Estamos en una batalla por el alma de Estados Unidos, y no es suficiente admirar al Dr. King. Admirarlo es reducirlo a una mera celebridad. No requiere compromiso ni acción. Aquellos que valoran la justicia y la igualdad deben tener la voluntad y el valor para seguirlo. Deben estar listos para el sacrificio. La lucha continúa”.

Estados Unidos, expresa, detesta a los manifestantes pero ama a los mártires. La bala en Memphis convirtió a King en uno, y eso para él es inadmisible: aún más hoy.

Mientras republicanos y demócratas modernos a menudo hablan como si amaran su legado, critican a los herederos de sus luchas. Las que aún no terminan.

Cincuenta años después del asesinato de King, el panorama en Estados Unidos no ha dado un giro brusco y su sueño se sigue sintiendo lejano.

Un estudio publicado en el American Journal of Public Health señaló que las personas negras tienen el triple de probabilidades de morir por el uso de fuerza por parte de la policía.

En el 2013, la absolución de George Zimmerman por el asesinato del joven negro de 17 años, Trayvon Martin, creó Black Lives Matter, un movimiento que protesta contra la brutalidad policial, los crímenes de odio y la desigualdad racial en la justicia.

Quien nace negro en Estados Unidos, tiene el doble riesgo de caer en la pobreza que un blanco. Los afroamericanos sufren tres veces más expulsiones y suspensos escolares, según datos publicados por El País. Su ingreso medio familiar representa la mitad y, siendo solo el 13% de la población, registran el 40% de detenciones por drogas.

“La discriminación es flagrante y, según un estudio del Pew Research Center, el 61% de la población (88% en el caso de los negros, 55% en el de los blancos) admite que aún falta camino para llegar a la igualdad”, escribió el medio español.

En este camino, ni siquiera haber tenido a un presidente negro durante ocho años fue suficiente. Barack Obama cumplió el sueño simbólico de muchos, pero no logró ponerle fin a un sistema que desborda racismo.

“El poder simbólico de la presidencia de Barack Obama –que la blancura ya no era lo suficientemente fuerte como para evitar que los peones se establecieran en el castillo– asaltó las nociones más arraigadas de la supremacía blanca e infundió miedo en sus seguidores y beneficiarios. Y fue este miedo el que dio a Donald Trump los símbolos que le hicieron presidente”, escribió el pensador afroamericano Ta-Nehisi Coates.

Pero ese es el punto de la supremacía blanca, indicó Coates en The Atlantic: “asegurar que lo que todos los demás logran con el máximo esfuerzo, los blancos (particularmente los hombres blancos) lo logran con una calificación mínima. Barack Obama le entregó a los negros el viejo mensaje de que si trabajan el doble que los blancos, todo es posible. Pero el mensaje de Trump es persuasivo: trabaja la mitad de duro que la gente negra, y aún así es más posible”.

La soledad y aislamiento político de King en sus últimos años se acrecentó. John Edgar Hoover (director de la Oficina Federal de Investigación de los Estados Unidos) dijo que era “el hombre más peligroso de Estados Unidos”. El presidente Johnson lo llamó “un predicador negro”.

Según el intelectual Cornel West, sus compañeros ministros, blancos y negros le cerraron sus púlpitos.

Jóvenes revolucionarios se despidieron e intentaron humillarlo con abucheos. La revista Life, haciendo eco de Time, el New York Times y el Washington Post (todos los bastiones del establishment liberal), desestimó la posición antibélica de King como “calumnia demagógica que sonaba como un guion para Radio Hanoi”.

Llamar a la desobediencia civil en búsqueda de la justicia social lo puso en peligro y le costó la vida.

Para West, el espíritu del Dr. King ha sido guía moral durante estos 50 años. “Ese espíritu está vivo hoy con los estudiantes de secundaria de Parkland, Florida, mientras empujan al país hacia el control sensato de armas (que matan a unas 30.000 personas al año). Está vivo con los maestros de West Virginia, que han abierto un camino para otros trabajadores –al protestar por mejores salarios y condiciones laborales–”, escribió.

“Está vivo con Black Lives Matter, los Dreamers (unos 800.000 inmigrantes indocumentados que llegaron a EE. UU. antes de los 16 años y que gracias a Obama podían vivir en el país. Programa de protección desmantelado por Trump el año pasado), Colin Kaepernick –una de las principales caras de los jugadores de fútbol americano en protesta– y miles de votantes afroamericanos que desafiaron a los expertos y enviaron a un demócrata de Alabama al Senado por primera vez en una generación. Está vivo con el reverendo William Barber mientras resucita la última cruzada del Dr. King, la Poor People’s Campaign (Campaña de los Pobres)”.

Si King viviera hoy, tendría 89 años. Tendría también, mucho que decir sobre quienes lo citan pero propician una sociedad injusta. Como predijo una vez: “Estoy muy entristecido... de que los que me persiguen realmente no me conocen, ni mi compromiso ni mi vocación”.

“Cuando King fue asesinado, algo murió en muchos de nosotros. Las balas absorbieron parte del espíritu libre y democrático del experimento estadounidense. Al día siguiente, más de 100 ciudades y pueblos estadounidenses estaban en llamas: ¡esta vez el fuego había llegado de nuevo!”, escribió West en The Guardian.

“Hoy, 50 años después, se profundiza la crisis imperial de los EE. UU. y el legado radical de King sigue siendo principalmente entre el despertar de jóvenes y ciudadanos militantes que eligen ser extremistas en amor, justicia, coraje y libertad. Incluso si nuestras posibilidades de ganar son las de una bola de nieve en el infierno, este tipo de extremismo imparable del tipo de King es una amenaza para todos los status quo!”.

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