
Cuando las luces de las salas de cine en San Ramón se encienden tras el estreno de una película de anime, el verdadero espectáculo del cosplay apenas comienza en el vestíbulo. Allí no hay alfombras rojas exclusivas, grandes productoras ni entradas que cuesten una fortuna.
Lo que hay es un grupo de adolescentes vestidos con corbatas y camisas blancas emulando a los personajes de Chainsaw Man, familias enteras disfrazadas de Super Mario y mesas que venden calcomanías a tan solo cien colones.
Esta es la escena cotidiana que ha logrado gestar el Centro Japón, una asociación que decidió sacar la cultura del cosplay de la Gran Área Metropolitana (GAM) y llevarlo a Occidente.
A la cabeza de este esfuerzo se encuentra Alberto González, educador con más de dos décadas de trayectoria en el sistema de educación pública, exbecario en Asia. Para él y su equipo de voluntarios, el objetivo nunca ha sido lucrar con la cultura popular, sino utilizarla como un puente filantrópico.
“Nosotros manejamos un margen de ganancia muy bajo en nuestras actividades porque yo siempre le digo a mi staff: ‘Nosotros repartimos felicidad’”, relata González. Lo hizo pensando en familias que les sale muy caro costear un viaje a San José y pagar el ingreso a un evento masivo de cultura geek.
“Yo sé lo acongojante que es ver a un padre de familia cuando el hijo quiere algo y que todo valga cinco mil o diez mil colones. Entonces, vendemos stickers a cien colones o tarjetitas a doscientos cincuenta. Es, básicamente, por darlo”, añade.
De hecho, los escasos fondos que logran recaudar bajo este modelo se reinvierten en la misma comunidad: compran premios para las pasarelas, financian actividades o auxilian a talentos locales. Hace poco, la organización le compró el casco a un muchacho que había fabricado de forma casera todo su traje, pero se había quedado sin recursos para terminarlo.
Si en una actividad a una persona la vimos contenta y feliz, ya cumplimos con nuestro objetivo. Porque nuestro objetivo no es económico.
— Alberto González, directivo de Centro Japón

Un refugio bajo la peluca
El impacto más revelador de este movimiento en lugares como Palmares, Grecia o Naranjo reside en la psicología. Lejos de ser un simple pasatiempo de disfraces, el cosplay en la ruralidad se ha convertido en una plataforma terapéutica.
“Hemos notado que dentro de la población de cosplay hay varios chicos que son del espectro autista. Lo vemos como una forma de brindar un espacio para ellos”, explica González.
Muchos jóvenes que lidian con una timidez paralizante en su vida diaria, cuenta González, encuentran en las pelucas de colores brillantes y las armaduras de fantasía una voz que no sabían que tenían.

“El cosplay es una forma de expresarse, de convertirse en otra persona por un rato y perder la timidez. Si en una actividad vemos a una persona contenta y feliz, ya cumplimos nuestro objetivo”, afirma el educador.
El cosplay no solo se queda en las pasarelas que organiza Centro Japón. González rememora con asombro un reciente certamen en un colegio público de Sarchí, un cantón célebre por su agricultura, donde los estudiantes deslumbraron con atuendos elaborados totalmente a mano que fácilmente habrían competido en grandes pasarelas nacionales.

“Este nivel de excelencia ha motivado a la organización a ir más allá”, cuenta González por lo que, en alianza con la Universidad de Costa Rica (UCR), recientemente impartieron el curso intensivo “Experiencia Cosplay” en el Museo de San Ramón, tutelado por excompetidores del World Cosplay Summit (WCS).
Además, eventos clave como su Natsu Yasumi Fest (que se realiza en el Parque Central de San Ramón) cuentan con el respaldo directo de la Embajada de Japón y voluntarios de la agencia JICA, quienes fungen como jurados.

Gracias a este músculo comunitario, Occidente se ha convertido en un imán para jóvenes de Puntarenas, Monteverde, Esparza y San Mateo, quienes viajan horas para encontrar un sentido de pertenencia en San Ramón.
“Quizás si me hubieras preguntado por los prejuicios hace veinte años, te habría dicho que sí existían”, reflexiona González, observando cómo el país ha evolucionado. “Pero actualmente no. La gente se acerca, llama la atención, se toman fotos. Creo que hemos logrado incentivar a nivel de la región a normalizar el disfrute a través del cosplay”.
