
Los juguetes sexuales nunca han sido baratos, pero eso no es problema: la tendencia apunta a que los costarricenses están cada vez más dispuestos a gastar dinero en ellos. Hoy por hoy, quien compra en una sex shop gasta, como mínimo, entre ¢25.000 y ¢45.000.
Del otro lado de la caja chica, algunos comercios facturan al menos ¢400.000 por día, en ventas divididas entre juguetes, lencería y decoraciones. No es poco si se considera que este negocio depende de ventas pausadas, pues no recibe centenares de compradores en una jornada.
Tomemos un ejemplo: los vibradores más baratos en el mercado parten de los ¢15.000, y aquellos que incorporan más botones y velocidades llegan a los ¢40.000; sin duda hay otros más lujosos.
Los arneses de cuero para el pecho, que pueden ser usados como fetiche fashionista o BDSM, no bajan de los ¢35.000. Otros productos más sutiles que camuflan su propósito de dar placer, como los vibradores con forma de popis o los succionadores de clítoris con silueta de pingüinos, se encuentran a ¢50.000.
Pero todo esto sigue siendo “vainilla” para Kai Navarro, director de la comunidad BDSM en Costa Rica, que agrupa prácticas como el sadomasoquismo, el bondage y la dominación y sumisión.
Si bien ha observado cambios en el comportamiento del mercado y de los usuarios en los últimos 20 años, que han abierto el camino para que se ofrezcan juguetes más diversos para todos los gustos, apunta que la industria del país “está basada en la genitalidad”, pues escasos productos están pensados para estimular el cuerpo de otras maneras.
Dentro de este grupo BDSM, que reúne al menos a 300 personas por año en sus talleres sobre sexualidad alternativa, se habla de juguetes todavía más costosos. Claro, porque cotizan el trabajo de artesanos nacionales que tardan días preparando el cuero para un arnés o flogger con mayor resistencia.
Para complementar sus hogares, algunas personas incluso compran muebles de ¢150.000, precio que puede aumentar según su tamaño y tipo de material (por lo general madera y metal). Algunos asemejan máquinas de gimnasio o cepos, como los que se usaban en la era medieval.
En cuanto a los juguetes sexuales más caros, en los primeros eslabones de la lista destacan las cajitas de electricidad, que usualmente se importan a partir de los $1.500. Son maletas con pinzas o piezas afiladas que electrizan distintas partes del cuerpo.
“Este es un tema profundamente tabú y se aborda casi siempre desde la sexualidad reproductiva y la prevención. Enseñan cómo quedar o no quedar embarazada y cómo evitar una enfermedad de transmisión sexual, pero los temas de autoconocimiento son un tabú, los temas de placer más allá de la relación coital”, acotó Kai Navarro.
