
En febrero de 1905, una gacetilla aparecida en el Heraldo de Costa Rica anotaba: “La policía llevó a la prevención el día de antier, a unos individuos que se bañaban en el río Torres. Todo por la moral”.
“Y entre tanto carecemos de baños públicos, y los municipales en construcción, se ejecutan despacio y en sitio que nada de adecuado tiene, por no haber en la vecindad de los estanques agua suficiente para los baños”. Dos meses después, a aquella crítica a la obra en proceso, se sumaba otra del periódico El Día:
“Allí están los baños inventados, quizá, para favorecer con la compra de aquel terreno a una familia. [Además], la cantidad de agua que se distrae, perjudicará notablemente a varios establecimientos industriales que mueven sus máquinas con el sobrante de las aguas de los estanques; (…) y disminuyen en gran parte el agua de la acequia de Pavas, cuyos vecinos tienen derecho a ella”.
Higiene y moral
Desde 1867, en paralelo con la primera cañería de la ciudad, se habían construido en el alto ubicado al noreste josefino –en el futuro barrio Aranjuez–sus tanques de abastecimiento. Aprovechando aquello, en 1896, don Manuel Arguello de Vars presentó a la Municipalidad de San José una solicitud para construir unos baños y una piscina, en una propiedad ubicada en el “alto de la Estación”; exactamente al norte de los tanques.
De acuerdo con los historiadores Gerardo Vargas y Carlos Zamora: “El proyecto contemplaba que aquellas instalaciones captarían el agua de los tanques de la cañería colindante. La municipalidad demostró cierto interés y solicitó presentar los planos respectivos, con el objetivo de realizar el estudio de la propuesta por parte de una comisión” (El Patrimonio Histórico-Arquitectónico y el Desarrollo del Distrito Carmen).
No obstante, el proyecto no se realizó, desechado por el concejo municipal capitalino, con seguridad, debido al deficiente suministro de agua que ya de por sí experimentaba la vieja cañería; tal y como señalaran los citados rotativos unos años después. Más, el tema de unos baños como aquellos, se veía entonces en un panorama más amplio, como era el de la modernización que experimentaba la ciudad. Según la historiadora Florencia Quesada, de acuerdo con la prédica de los reformadores sanitarios o higienistas:
“Para ser moderna y civilizada, la ciudad tenía que ser higiénica, libre de enfermedades y pestes. (…) Las autoridades municipales y sanitarias en San José intentaron llevar a cabo una doble higienización: material y moral; crearon fuertes lazos entre el orden, la limpieza, la moral y la higiene, y en la práctica no hicieron ninguna distinción entre esos diferentes conceptos” (La modernización entre cafetales).
En ese marco histórico, la necesidad de baños públicos se hacía sentir en la pequeña urbe, tal y como lo había señalado el mismo periódico El Día, el 12 de septiembre de 1902: “Demasiado sabido es que hoy la necesidad de baños lleva a la mayor parte de las gentes a tomarlos en los ríos, al descubierto, cometiendo verdaderos atentados contra la decencia y la moral pública”. (…)
“Creemos, pues, que no solamente la higiene en general sino la moralidad y la decencia están interesadas en el establecimiento de baños bien organizados y vigilados, y creemos que, en primer término, es nuestra Municipalidad la llamada a remediar esta grave necesidad”.
Los más importantes reformadores sanitarios a los que se refiere Quesada –“paladines de la higiene urbana” los llama– eran el doctor Carlos Durán Cartín (1852-1924) y el licenciado Cleto González Víquez (1858-1937).
Distinguidas e influyentes figuras del mundo político y profesional desde la década de 1880; para principios del siglo XX, ambos llegaron a puestos clave en la Municipalidad de San José. En enero de 1904, González Víquez fue electo su presidente, al tiempo que Durán Cartín lo era como su vicepresidente; posiciones que utilizaron para concretar gran parte de su ideario.
Baños y reforma sanitaria
Aquel mismo año, pues, la municipalidad se abocó a la reforma integral del sistema de cañerías, fin con el cual se suscribió un fuerte empréstito en el extranjero; y fue como parte de ese plan que se decidió retomar el proyecto presentado en el pasado por Arguello de Vars, sólo que ahora los baños serían públicos. Para ello, la municipalidad le ofreció a Mariana viuda de Arguello, la suma de 11.000 colones por los terrenos aledaños a los tanques de la cañería, que medían en total 7.134 metros cuadrados.
Ahí se materializó un complejo compuesto por un gran edificio construido en ladrillo, pero sin mayor arquitectura; y en el que apenas se distinguían una puerta principal de arco de medio punto, que tenía en la parte superior tenía un escudo, pero cuyo contenido, la fotografía disponible no permite hoy determinar. Construido hacia el centro del predio, dicho inmueble estaba destinado a las duchas, con una sección para cada sexo. Además, contaba el complejo con tres piscinas: una para varones, de 12 x 8 metros, una para mujeres de 8 x 6 metros, y otra más pequeña, de 4 x 4 metros, destinada a los niños.
Se construyó también una Sección de Gimnástica, compuesta por un pabellón de planta rectangular, una estructura de madera sin paredes y doble cubierta de hierro galvanizado laminado a cuatro aguas; a la que una cenefa decorativa daba un aire victoriano, muy propio de la época. Esta sección estaba equipada con una serie de estructuras metálicas fijas para realizar ejercicios.
Todas esas instalaciones se localizaban en medio de un extenso potrero, con un acceso cercado desde la calle 17 y algunas áreas arboladas. El conjunto se inauguró el domingo 13 de agosto de 1905, con la presencia del presidente de la República, así como de altos personeros de la Gobernación, la Municipalidad y la Policía.
Desde el principio, se creó un reglamento para las instalaciones, que fijó las normas de uso y estableció las tarifas para los bañistas. Por lo general, sus usuarios fueron gente humilde o pobre que, por carecer del servicio de agua corriente en sus casas, recurrían al sitio algunos días a la semana para bañarse. Pero los periódicos de la época dan cuenta de que otro tipo de gente también hacía uso de ellos.
Esto último, ha de haberse relacionado con la función recreativa que jugaba aquel complejo en la capital; pues, como se anotó, los baños públicos prestaban servicio en dos modalidades: el de las duchas para el aseo personal, y el de las piscinas para natación; además del gimnasio.
Sabemos que para 1905 existían en San José otras tres instalaciones privadas de baños, todas ubicadas en la Avenida Central (la de la Barbería Antillón, la del Hotel Imperial y la de Joaquín Matamoros); y, aunque desconocemos los servicios que prestaban –además del baño propiamente dicho–, es de suponer que, por la variedad de los ofrecidos por los baños municipales, resultaran muy atractivos.
Negocio y decadencia

Una gacetilla publicada por El Noticiero el 15 de septiembre de aquel año nos informa: “Del 21 de agosto del próximo pasado, fecha en que se abrieron los baños al servicio público a anteayer, han concurrido a bañarse 1255 personas que han pagado por ese derecho 97.80 colones”. Para la Municipalidad, pues, el negocio tenía buenas perspectivas.
Empero, aquello fue flor de un día, pues, para febrero de 1910, La Prensa Libre se refería a los baños municipales como un “elefante blanco” del que la Municipalidad “no saca ningún provecho y sí gastos de administración y mantenimiento. Ha querido arrendarlos y llamó a contrato, pero hasta ahora no ha habido quien quiera meterse en esa empresa, y parece que el Municipio tendrá que seguir manteniendo esos baños en los que nadie se baña”.
No en balde, en 1917, La Prensa Libre anunciaba el proyecto de un regidor municipal para construir unos baños públicos céntricos, porque: “Tenemos unos (…), pero por lo alejados que se hallan del centro de la ciudad pocas personas los utilizan. Muchas familias ni siquiera tienen noticia de que existen esos baños, que sólo sirven para distracción de los muchachos del barrio de la Estación y de otros más próximos” Así, aunque la decadencia de sus instalaciones tardaría un poco más en llegar, ya era evidente a finales de 1923.
En febrero de 1924, pues, La Nueva Prensa señalaba: “Urge el arreglo de los baños municipales, que se hallan en lamentable condición y terminarán por quedar inservibles completamente, si no se ordena su inmediato arreglo. (…) Las casetas o cuartos de vestir de esos baños están sin puertas ni asientos, los tubos obstruidos y las piscinas repletas de lodo”.
Más, como no se procediera con aquel arreglo, en febrero de 1926, la Municipalidad decidió cerrarlos; mientras que, en 1929, la Comisión de Cañería y Cloacas ordenó su demolición por razones técnicas y de higiene, como argumentó el ingeniero Humberto Bertolini. Vale decir, que no tenemos noticia de que luego se construyeran más baños como aquellos en otra parte de la ciudad.
Unos años después, en 1938, la Sociedad de Damas Samaritanas de San José, adquirió el terreno para construir ahí su primera casa-cuna. Pero, en 1942, y aún sin terminar, el ambicioso edificio de la Casa de la Madre y el Niño y su amplio terreno, pasaron a propiedad de la CCSS.
Como esta convirtió el inmueble en el llamado Policlínico de la Caja (después, Hospital Calderón Guardia); en barrio Aranjuez –con excepción de los tanques mismos– nada recuerda hoy la existencia de aquellos baños, que en algo contribuyeron a la higiene y a la moral josefina de principios del siglo XX.