Hay una frase que uno no espera escuchar cuando está a punto de pilotar un avión por primera vez. “Hágalo todo con mucha suavidad”. Pensé, más bien, en ese montón de películas que he visto en que el capitán de turno se aferra con todas sus fuerzas al mando de control.
“La realidad es otra”, me dice don Francisco Lepiz, instructor de vuelo, mientras yo poso las manos sobre los controles de un Boeing 737.
La cabina frente a mí parecía real. Los instrumentos, las pantallas, los botones, las palancas y hasta los sonidos estaban diseñados para reproducir la experiencia de un avión de categoría de transporte. Solo había un pequeño detalle: el avión no estaba en una pista. Estaba en un simulador profesional de la compañía Flight Labs, ubicada en Paseo Colón.
Pero durante los siguientes minutos mi cerebro decidió ignorar esa realidad y dejarse llevar. “Vea para el frente, esto se trata de disfrutar”, me recomendó don Francisco.
Una cabina que habla
Don Francisco comenzó a estudiar aviación en 1980 y se graduó en 1989, después de casi una década en la que tuvo que pagarse sus propias licencias mientras trabajaba. Luego vendrían años en aerolíneas y cabinas reales: LACSA, TACA, TACA Perú, Avianca y Volaris, además de su experiencia como instructor. Hoy enseña a otros a volar.
“Los aviones se vuelan con la punta de los dedos, aunque usted no lo crea”, me explica don Francisco antes de comenzar. “Los controles, los ingenieros que diseñan estos aviones los hacen para que sean operados con mucha suavidad”, me dice mientras me detalla la reproducción de cabina que hay aquí, hecha en su totalidad en Costa Rica y propulsada por computadoras gamers (imaginemos que el software de simulación corre como un videojuego, pero en una versión más compleja y realista).
El simulador de Flight Lab reproduce una cabina de Boeing 737 NG y, aunque permanece físicamente fija, las imágenes de alta definición engañan a la vista de tal manera que por momentos el cuerpo siente que se está desplazando (los sonidos ayudan a la inmersión).
Allí veo una miríada de botones: el primary flight display, el sistema de navegación, los controles de potencia, los flaps, los speed brakes, los instrumentos de los motores. Yo le asentía a don Francisco aunque no estaba entendiendo a la perfección todo. Además, empezó a sonar una voz humana en cabina.
“Los aviones de categoría de transporte hablan mucho”, me explica don Francisco. Y era cierto. La cabina parecía tener una conversación permanente conmigo. “Tiene que estar concentrado. Manejar avión es como cuando se anda en caballito, si le hace brusco, se le pone chúcaro”, agrega.
Intenté hacerlo con suavidad, pero el primer intento terminó con un time out del simulador. Tuvimos que empezar de nuevo, pero afortunadamente don Francisco no perdió la paciencia.
Y ahora sí: a (simular) volar
En el segundo intento, los motores comenzaron a tomar potencia. Los instrumentos estaban en verde. El avión empezó a moverse.
“Afloje la mano, por favor. Y afloje los pedales. Todo con mucho relax”, me repite.
Tiré suavemente de los controles y el avión despegó. Por unos segundos todo salió razonablemente bien. Subimos hacia los 5.000 pies y comenzamos a alejarnos del aeropuerto. Abajo aparecieron Heredia, el hospital, Pavas, las montañas del sur y los paisajes que conozco desde tierra, pero que vistos desde una cabina virtual adquirían otra dimensión.
Don Francisco me iba guiando. “Derecha, derecha”. Con los pedales giraba. “Afloje la mano. La tiene un poco tensa”.
Entonces, don Francisco me hizo ver que en el panel de control había una suerte de diagrama con flechas hacia todos los puntos cardinales. Una línea vertical y otra horizontal se intersecaban. “La ciencia de volar este avión en condiciones normales es tener este cuadrito en medio de las dos rayitas”, me explicó. Entonces así estaba yo, persiguiendo un cuadrito.
Mientras “volábamos”, don Francisco se encargó de hacerme saber que lo que estábamos haciendo no es solo un juego para quienes alguna vez soñaron con ponerse gorra de piloto.
Los simuladores son herramientas de entrenamiento utilizadas por pilotos que necesitan practicar procedimientos y situaciones específicas antes de enfrentarse a ellas en un avión real.
Don Francisco puede configurar escenarios de nieve, fallas de motor, fuego, pérdida de sistemas hidráulicos, lluvia o wind shear, entre otras situaciones. Además acá, en Flight Lab, hay distintas opciones para entrenar: yo estoy en un boeing, pero también se puede volar un airbus, un helicóptero, un caravan, una avioneta.
Hace un año su fundador José Miguel Alfaro, un apasionado de la aviación, fundó este espacio porque sentía que había una carencia de espacios para incentivar la industria.
De hecho, don Francisco cita una proyección de la empresa Boeing que, según explicó, calcula que en los próximos 15 años se necesitarán 635.000 pilotos en todo el mundo. En América Latina, la cifra sería de 83.000.
“Esto porque muchos pilotos actuales se están retirando, se incapacitan o pasan a otras compañías. También muchos se retiran. Entonces, este mercado promete”, dice.
Costa Rica, sin embargo, tiene un reto particular. Según su estimación, las escuelas nacionales difícilmente podrían producir en 15 años los 1.500 pilotos que se necesitarían según estadísticas de Boeing.
“Porque puede que se gradúen mucho pero esta profesión tiene muchas ramas: aviación agrícola, inspección de líneas eléctricas, vuelos médicos, vigilancia aérea, vuelos privados y otras especialidades. Entonces esto es una oportunidad”, me explica.
Don Francisco dejó de volar en agosto de 2021 porque “esto me hace feliz, es muy bonito, me llena mucho”.
De hecho él es una persona que transmite la enseñanza con calidez. Habla fuerte (asegura que su oído ha quedado afectado porque en su época no se utilizaban tapones), pero dice cada instrucción lentamente. “Es importante que los alumnos estén cómodos y entiendan lo que hacen”.
Seguimos hacia el oeste y nos acercamos a más montañas. Llegamos hacia la zona de Puriscal, cerca de Grifo Alto. Empiezo a disfrutar más el paisaje y pasarla bien, aunque a ratos con mis pedales hago giros bruscos de un lado a otro.
Agradezco, en mi mente, que en la simulación el día era soleado. Además no había turbulencia (uno de mis peores terrores personales).
De hecho, don Francisco podría haber hecho la experiencia mucho más difícil, pero decidió mantenerla sencilla. Fue un alivio porque, aún así, él tuvo que recordarme una y otra vez que siguiera las instrucciones de la voz que salía en cabina (la del director de vuelo), que además no descendiera demasiado y que mantuviera el avión centrado (no saben lo complicado de esto).
Mientras tanto, yo hacía lo posible por no convertir Puriscal en el escenario de una tragedia aérea digital.
El regreso
A la hora de regresar al Juan Santamaría, tras unos diez minutos pilotando, apareció el temor de arreglármelas para aterrizar.
De vuelta en el aeropuerto (guiado por don Francisco) vi a unos cuántos kilómetros la pista de aterrizaje del Juan Santamaría.
Bajamos el tren de aterrizaje y configuramos los flaps (esas superficies que se extienden por completo para frenar la nave y permitir un descenso más controlado y suave) pero aquí sí que don Francisco ha tenido que meter mano más intensamente. Trato de dirigir la nariz del avión, pero se me complica...
Ajustamos la velocidad y Don Francisco me va explicando cada paso, hasta que la pista comenzó a aparecer frente a nosotros. Las luces del PAPI —las famosas luces blancas y rojas que ayudan al piloto a saber si está correctamente alineado con la pista— indicaban que veníamos por la senda adecuada (bueno, relativamente, un poco girado hacia la izquierda).
Entonces, nos acercamos al suelo. “Bájale la nariz porque nos estamos quedando altos”, me indica con urgencia. “Pero con suavidad”.
Corregí otra vez. Don Francisco me ayuda desde el asiento del primer oficial... Contra todo pronóstico, conseguimos hacerlo. “Córtelo”, me indica don Francisco con respecto al mando de velocidad. “Use los reversibles”. Los activé con un botón. El avión tocó pista. Y siguió avanzando. Y siguió. Y siguió...
Debo admitirlo: nos comimos un buen pedazo de pista antes de conseguir detenernos. Pero bueno, nos detuvimos que es lo más importante. Ninguna palmera ni contenedor se golpeó en mi aterrizaje. No hubo accidente, digamos. Yo respiré. Los pasajeros imaginarios sobrevivieron. Eso creo.
Una vez detenido, pensé que los gritos de los pasajeros no hubieran escaseado ante mis maniobras horizontales. “Pero bueno, para gente que no ha volado como usted, es una experiencia bonita”, me dijo.
Fue un rato tenso, pero agradable. Muy distinto a jugar un videojuego, por supuesto. Muy realista e inmersivo. Al final, salí del simulador con la sensación de haber logrado algo.
Eso sí: mis pasajeros virtuales, si existieran, probablemente salieron con una historia bastante distinta. Todos sanos y salvos, pero con el estómago hecho un desastre.
Puede ser parte de esta experiencia teniendo o no conocimiento previo. Pueden asistir personas a partir de los 8 años y el costo por hora es de ₡25.990 y el costo de instructor por hora es de ₡15.000. Flight Lab se encuentra en Paseo Colón, contiguo al Hotel El Lago.
