
Pache siempre me dijo Luisillo, a pesar de que ese no es mi nombre. Nadie le dijo que lo fuera, ni mis padres ni yo, pero él nunca dudó en llamarme de otra forma que no fuera Luisillo. Fue solo con el tiempo que descubrí que no lo hacía por error: sabía que mi nombre era Danny, pero quería decirme Luisillo.
Yo, en cambio, de mi barbero de infancia no sé el nombre. Solo doy cuenta de su apellido, que es al mismo tiempo soy marca comercial en el universo de las peluquerías y salones de belleza de Cartago: Pacheco.
Pacheco no fue mi barbero por elección, sino por designación: los recortes de cabello más antiguos que recuerdo en mi vida fueron todos obra de Pache. Una vez cada mes y medio, más o menos y sin falta, cada entrada a clases mis padres me llevaban al centro de Cartago, cerca de la entonces estación de buses de Sacsa, para que Pacheco me pasara la dos.
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Fue la misma suerte de miles de niños, generación tras generación de cartagos que, unos días antes de iniciar el nuevo curso lectivo, hicieron fila en la tradicional barbería.
La tradición, dice Pacheco, es precisamente lo que lo ha apoyado en los años recientes, cuando han aparecido múltiples opciones de cuidado del cabello –multitud de barberías y salones dirigidos a todo público– y Pache se ha negado a cerrar: la tradición de una clientela fiel de acudir a su negocio.

No es gratuito, claro: es el resultado de ser, durante 45 años continuos, una institución de los barberos de Cartago. Por su tijera han pasado muchísimas personas, desde que a los 17 años su papá le dijo que no iba a pagarle el colegio y que fuera a conseguir un trabajo.
Dice Pache que su familia lo lleva en la sangre: son peluqueros y peluqueras por naturaleza. Él mismo ya había peluqueado a chiquillos en Churuca (como llaman los de antes y los de ahora al poblado de San Rafael de Oreamuno).
Por ello, su primer instinto fue tocar puertas en barberías del centro de la ciudad, hasta que los Álvarez, cerca del Teatro Apolo, decidieron enseñarle el oficio.
“A los seis meses ya estaba trabajando y empecé a hacer mi clientela”, recuerda Pache. Con los Álvarez trabajó 15 años y luego decidió aventurarse por sí solo. No ha parado desde entonces.
En sus tiempos de Sacsa, los más provechosos de su carrera, podía atender a 50, 60 clientes en un día. “Tengo 35 años de usar medias elásticas, para que no se me hagan várices y no se me inflame el pie”.
No hubo, sin embargo, padecimiento alguno que lo detuviera. Con su sordera –presente desde la niñez– han aprendido a vivir no solo él sino sus clientes.
“Yo comencé a trabajar en los años setenta, en tiempos de mechudos. Yo mismo me dejé el pelo largo, para que la gente se me sentara”, cuenta Pacheco y se ríe como una cascada: moja de alegría a quien tiene cerca.

Conversar con Pacheco es impregnarse de buen humor, algo que es recíproco: “Aquí la pasa uno bien. A veces viene uno con problemas de la casa y cuando empieza a trabajar se siente mal. Aquí uno vacila, la pasa contento”.
Pacheco exhibe su alegría como una fotografía pegada con cinta scotch en la pared de su barbería. De esas, por cierto, tiene miles; montones de imágenes, viejas la mayoría, muchas decoloradas ya, que tapizan la peluquería del techo al piso con recuerdos de personas famosas, de familias amigas, de paisajes de Cartago y de este y otros países, del glorioso Club Sport Cartaginés –del que Pacheco es fanático a rabiar, aunque prefiera no ir al estadio–.
“Tengo como 40 años de recoger fotos. No sé cuántas fotos tengo. He regalado algunas también, para que la gente las vea, porque las fotos no son para tener guardadas, son para verlas”.
Casi todas las imágenes, cuenta Pache, han sido regaladas, lo cual no es más que una muestra más del gran aprecio que, cuenta Pache, la gente le demuestra todos los días.
“Yo no puedo meterme a un bar, porque si me meto salgo borracho: todo el mundo me invita, porque todo el mundo me quiere mucho". Dice que cuando se topa gente, clientes de varias generaciones –no es raro que un niño cliente, ya crecido, lleve a sus propios hijos al peluquero cartago–, lo que toca no es un mero saludo, sino un abrazo y buen recuerdo.
“Hace muchos años, manejaba moto y me estrellé una vez. Bueno, me estrellé como ocho veces; decían que frenaba con la cara”, recuerda. “La última vez, duré como un mes sin trabajar; me jodí un dedo y aquí en el ojo. Mi tata se puso todo bravo y vendió la moto, y no me dio nada”.
Sus clientes, que ya eran fieles, cuando se enteraban de su accidente, le mandaban una ayuda con su mamá. “Hacía más con lo que me daban que con lo que me ganaba trabajando. Es que la gente me quiere mucho”.
Pache, además, cuenta que ha desarrollado una relación de mucho respeto y cariño con sus colegas. “Si llegaba alguien a preguntar por otro peluquero, yo no le decía ‘pérese, pérese, yo se lo corto’, yo lo mandaba donde el colega. ¿Cómo le va a quitar una la comida al compañero?”.
Pache achaca su don de gentes a la educación que recibió, sobre todo en otro pilar del imaginario cartaginés: el colegio San Luis Gonzaga.
“Aprendí a ser sociable, a ser una buena persona con los demás. Yo no tengo plata, pero soy feliz”.

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No fue sino hasta que crucé el umbral de la adolescencia que Pacheco dejó de decirme Luisillo y comenzó a llamarme Danny. La primera vez que escuché mi verdadero nombre salir de su boca, sentí una sensación extraña que no pude descifrar de inmediato. Es como si también se cortara un puente con la niñez.
Quizás por eso, tantos años después, cuando tuve finalmente la oportunidad de preguntar al barbero de mi infancia por su nombre de pila, preferí quedarme con la duda.
