Revista Dominical

¡Amor con amor se paga! Cómo la solidaridad salvó a ‘El señor del carrito del Tec’

Don Antonio Calderón Roldán, de 79 años, le ha vendido repostería y golosinas a los estudiantes y empleados del ITCR durante 35 años. La pandemia puso su negocio en jaque, pero la comunidad salió en su auxilio.

A don Antonio Calderón Roldán, de 79 años, lo conocen como un salvatandas. Así lo describen los estudiantes, profesores y demás personal del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en Cartago.

No es para menos. Cuando el hambre ataca, Toño les ha pegado una salvada con la repostería que vende; si tienen dolor de cabeza, él tiene alguna pastillita, y si les falta un lapicero o quieren algún confite o un chicle, don Antonio ha estado ahí para ellos durante los últimos 35 años.

Y si por alguna razón no tienen dinero en ese momento, eso no ha sido impedimento, ya que este humilde hombre siempre ha estado dispuesto a fiarles porque sabe lo dura que es la vida de estudiante y que con sus pastelitos hará más soportables las largas jornadas universitarias.

Con su carrito rodante repleto de golosinas, pastelería y mucho más, don Antonio se estacionaba —antes de la pandemia— frente a uno de los edificios de la escuela de Administración de Empresas del Tec, un punto estratégico por donde cada día pasaban cientos de alumnos y empleados, quienes se han convertido en sus amigos.

Toñito, como también le dicen, es tan conocido, pero especialmente, tan querido entre la población de esa institución universitaria que caminar a su lado por el campus brumoso resulta casi imposible porque todos —literalmente— lo saludan a su paso.

Es tanto el afecto que le tienen, que hace ocho años cuando tuvo un quebranto de salud, los funcionarios Eduardo Benavides y María Estrada le crearon una página de Facebook llamada El señor del carrito del Tec con la intención de recoger fondos para que se pudiera desentender del puesto y hacerse una operación de los ojos con tranquilidad y sin preocuparse de que a su familia le faltara el sustento.

“Iniciamos una colecta de dinero para que don Antonio pudiera ausentarse y efectuarse la cirugía ocular en la Caja y que había postergado por no desatender el puesto y dejar de percibir los ingresos de los que depende su familia. Fue muy exitosa la campaña y tuvo buena respuesta de parte de estudiantes, funcionarios y egresados de la institución”, explicó Benavides, quien le administra la página y está al tanto de todo lo que Toño necesite.

Hoy la página tiene casi 10.000 seguidores y, por ejemplo, el pasado 13 de junio, cuando el señor cumplió 79 años, acumuló 1.400 “Me gusta” y casi 200 comentarios; números que muchos de los hoy llamados influencers quisieran alcanzar así, de forma natural.

Pulseador innato

Don Antonio, quien nació en la localidad cartaginesa de Taras, no deja de sonreirle a la vida, aunque esta no siempre ha sido tan bondadosa con él. Recuerda que desde que estaba en la escuela empezó a ganarse sus primeros cincos en sus ratos libres.

El mayor golpe de su vida se lo llevó bien temprano. Cuando a los 12 años murió su mamá y no tuvo más opción que abandonar los estudios y aprender a valerse por sí mismo para subsistir ya que su madre era todo para él. Quedó a cargo de un familiar mientras sus tres hermanos mayores empezaron a hacer su propio camino. “Ahí empezó la lucha de mi vida”, rememoró.

Recuerda que tuvo varios oficios: vendió lotería y también trabajó en una panadería de 8 p. m. a 3 a. m. por un salario de tres colones. “Era bastante para esa época”, recuerda.

“Yo me crié en la calle, y tuve muchas juntas que no eran las mejores, pero tuve una ventaja y fue que siempre me gustó mucho la lectura y me llegó a mis manos un libro sobre cómo clasificar a las amistades y fue lo que me alejó de los malos pasos. No recuerdo el autor, pero me cambió la vida. Yo no me enojé con mis amigos, solo me fui alejando”, relató con un poco de nostalgia.

Luego estuvo jalando sacos y fue así cómo llegó al gremio de la construcción, donde aprendió a ser albañil y se dedicó a esa labor por más de tres extenuantes décadas. “Era muy matado y me puse a pensar que tenía que buscar otra opción”, afirmó don Antonio.

“Yo fui por 35 años operario de la construcción, con mucho orgullo lo digo, fui albañil y aprendí el oficio y eso me sirvió para sacar adelante a mi familia y posteriormente tuve que abandonar por la edad y lo grosero que era trabajar en construcción y empecé a idear en qué podía emprender y así descubrí este mercado que me ayudó para avanzar en el resto de mi vida”, añadió.

Un día fue a tomar café y probó la repostería de Gerardo Solano, a quien describe como el mejor pastelero de Cartago y ahí se le ocurrió la idea que tanto anhelaba y con la que podría alejarse del desgastante oficio de la construcción.

“Le pregunté a Gerardo que si él no me daría algo de su repostería, que es tan buena, para irla a vender. Él me dijo que claro, pero me preguntó que adónde la iba a vender y yo le respondí que ya tenía el lugar indicado”, cuenta con una sonrisa repleta de astucia.

“Así que me fui con dos cajitas llenas de pasteles al hombro y me fui oficina por oficina para el TEC, y me dejaron entrar gracias a la ayuda que me brindaron Eduardo Araya Molina y Gerardo Ávila, con quienes tenía yo gran amistad y que me permitieron ingresar”, recordó lleno de agradecimiento mientras se asegura de listar —con nombres y apellidos— a todas las personas que lo han ayudado a lo largo de los años.

Como al año y medio de estar vendiendo, un profesor le sugirió la idea de crear un carrito para que se pudiera estacionar en un solo lugar y donde además pudiera ofrecer otros productos adicionales como la confitería y los artículos que los estudiantes pudieran requerir como lapiceros y lápices, entre otros. “En ese entonces no había nadie que vendiera nada de eso y como yo llegaba a las 5 a. m. y la librería abría hasta las 8 entonces los podía ayudar”, añadió.

“Ellos (los profesores) trabajaban en el área de metalurgia y me dijeron que porqué no me hacía mejor un carrito movible para estacionarme en un punto estratégico y así lo logré con ayuda con ellos. Empecé a hacer el díbujo, y me ayudaron con los materiales y lo fuimos haciendo hasta que me logré establecer en un mismo punto y atender a toda la gente”, relata Calderón.

Desde el primer momento que empezó a vender sus productos, don Antonio asegura que fue bien recibido por la población del Tec. “Me respondieron de una forma maravillosa y hasta el momento ha sido una belleza estar ahí, es una experiencia de mi vida maravillosa porque la gente ahí ha sido de una calidad humana increíble”, destaca.

Gracias a este trabajo logró no solo llevar el sustento a su familia, sino que también pudo pagar su casita, como él la llama. “Vivo con mi núcleo familiar, mi hijo Adolfo, el mayor, tiene una discapacidad y hay que hacerle todo”, relata. Su esposa, María Cecilia Figueroa Vega, con quien lleva casado 53 años, es su gran apoyo. Ella lo acompañó durante al menos 11 años a vender en el carrito, pero tuvo que retirarse para atender a su primogénito.

“Mi señora me ayudó muchos años en el puesto de ventas y ella fue muy apreciada y ella tuvo que abandonar por razón de mi hijo y yo quiero hacerle un agradecimiento a ella porque bastantes mojadas y momentos difíciles pasó conmigo y ella merece todo el reconocimiento”, resalta con profundo agradecimiento.

Llega la pandemia

Así fueron pasando uno a uno los días hasta que don Antonio llegó a acumular ya 35 años de ser un integrante más de la comunidad del Tecnológico y uno muy querido gracias a que solía pasar hasta 13 horas seguidas en su puesto, atento a lo que cualquiera necesitara de él.

Sin embargo, llegó el 2020 y la vida cambió para todos y Toño no fue la excepción. La pandemia ocasionada por el coronavirus estableció como norma las clases remotas y el teletrabajo y de un pronto a otro, los pasillos llenos de estudiantes y empleados se convirtieron en un desierto. No había nadie a quién venderle chocolates, ni galletas, menos aún un pastelillo.

Él mismo también tuvo que guardar confinamiento con la preocupación adicional que le provocaba la incertidumbre de no saber cómo iba a hacer para llevar el sustento a su familia que dependía de él.

Sin embargo, toda esa preocupación se le hizo un poco más ligera cuando se dio cuenta de que no estaba solo y empezó a recibir ayuda, tanto en especie como en efectivo, por parte de todas aquellas personas que él ayudó a como pudo en su momento y que le demostraron que no lo iban a abandonar tampoco en esta oportunidad.

“En esta pandemia, me ha tocado darle valor a toda esa gente de la comunidad del Tec, desde el personal docente, administrativo, el estudiantado de entonces y el presente”, asegura conmovido don Antonio. “Algunos de ellos me conocieron desde los días en que el Instituto empezaba a recibir más gente y me decían: ‘¿se acuerda cuando todos éramos piso de tierra?’ y así fue cómo aprendí lo duro que la pasaban los estudiantes en esas épocas, para muchos era muy difícil y hoy día son grandes profesionales y me han respondido mucho en esta crisis que se nos vino”.

“Hemos podido sobrevivir gracias a toda esta gente egresada, a los estudiantes, a todo el personal administrativo y docente. Ellos son poseedores de una calidad humana que la han reflejado. Eso lo he estado valorando estos días, lo valoraré y moriré valorando esa solidaridad que me manifestaron en este año y, gracias a eso, mi familia y yo hemos podido aguantar esta dura situación”, agregó.

Con el buen verbo que denota su afición por la lectura, don Antonio confiesa que espera ansioso a que la pandemia acabe para poder regresar a los pasillos del Tec y reencontrarse con los suyos, porque, sin duda, esa comunidad es parte de su vida y él de la de ellos. “Yo tengo 35 años cumplidos de estar ahí y quisiera regresar apenas esto pase. Yo tengo problema de la vista y ya no es en cualquier trabajo que me puedo desempeñar, y todas esas ayudas que me dieron, no tengo cómo pagarles”, aseguró este casi octogenario , quien ya está vacunado contra la covid-19.

“Anteriormente cuando tuve problemas con los ojos, y toda esa gente se manifestó de inmediato, pero es que fue de inmediato... es algo que me hace sentirme orgulloso de pertenecer a ese núcleo de personas del Tecnológico, pertenecer como ser humano y cómo agradecer tanto... soy muy creyente de las leyes de la Madre Naturaleza y una de ellas es la ley de la compensación de que lo que usted haga malo o bueno será recompensado con creces, por eso hay que actuar con mucho cuidado en esta vida”, añadió.

Al ser consultado sobre las razones a las que atribuye la cálida respuesta que ha recibido por parte de la comunidad del Tec, con modestia genuina don Antonio afirma que solo cumplió con su labor. “Yo simplemente tuve la mejor atención para ellos, muchas veces fui el salvatandas para ellos y siempre les pregunté porqué tanta belleza y solidaridad conmigo. No tengo palabras para agradecerles por su expresión, yo no creo mucho en las palabras, yo creo en los hechos, y eso me lo han demostrado esa gente del Tecnológico que tienen una calidad humana tan grande y no me cansaré nunca de repetirlo y valorarlo sobre todo”, insistió.

Debido a la pandemia, Toño dejó su carrito ahí bien guardado en el Tec, donde se lo cuidan esperando su regreso. “El carrito lo tengo ahí mismo en el Tecnológico, ellos me dieron la oportunidad de guardarlo, antes lo guardaba en los alrededores, ahora ahí lo tengo y ahí me lo cuidan los pocos que están trabajando y que me conocen. Espero volver pronto, yo a todo nivel he recibido mucho cariño, desde los conserjes hasta los rectores”, aseguró.

Con motivo de esta historia, quisimos hacerle unas fotografías a don Antonio con su carrito en las instalaciones del Tecnológico. Con el celular que recién le habían regalado sus hijos para el día del padre marcó de inmediato a la institución para pedir el respectivo permiso. Al otro lado se podía escuchar la voz del interlocutor.

“Toñito, ¿cómo está?”, le respondió con genuino entusiasmo el encargado de Seguridad y prometió hacer la consulta. Unos minutos después llamó para informar sobre el visto bueno y nos enrrumbamos al campus. No más bajarse del carro, no hubo persona —sin excepción— que no lo saludara por su nombre y le expresaran que era un gran gusto el volver a verlo.

Uno de ellos fue William Hernández, técnico de Mantenimiento, que se le acercó para saludarlo. “Don Antonio es un ícono aquí, es el centro de atención cuando están todos los estudiantes y es el que nos vende los fresquitos, el pancito del bueno, es un señor muy querido, es una leyenda aquí en el Tecnológico. Ya eran casi dos años sin verlo, y hace mucha falta, siempre con gran carisma, siempre cariñoso, lo recibe a uno con los brazos abiertos, tenga uno o no, siempre le da alguito”.

Aunque su limitada vista se lo dificulta, don Antonio responde a todos los saludos. “Son muchos años y mucha gente, ahí me conocen todos, usted pregunta por Antonio el señor del carrito y todos me conocen, pero yo a mucha gente no me acuerdo, es que es demasiada gente, algunos eran muy allegados, pero por favor haga énfasis en el agradecimiento a esa gente que estoy seguro que la ley de la compensación les pagará con creces”, concluye el gran Toñito.

Con la diligencia que lo caracteriza, don Antonio aprovechó su visita al Tec para preguntar si es cierto que pronto volverán las clases presenciales. No puede esperar a que llegue la hora de volver y ganarse “los cinquitos” con el trabajo honrado tal y como aprendió desde que era casi un niño. Sin duda, su mamá estaría muy orgullosa del hombre que dejó.

Gerardo González

Gerardo González

Graduado de la Universidad de Costa Rica en Comunicación Colectiva. Especializado en gastronomía, turismo y entretenimiento.