Kimberly Herrera. 16 enero
Alexander Solís trabaja atendiendo emergencias desde 1980, cuando entró a la Cruz Roja. Foto: Alonso Tenorio.
Alexander Solís trabaja atendiendo emergencias desde 1980, cuando entró a la Cruz Roja. Foto: Alonso Tenorio.

Desde hace ocho meses, Alexander Solís no llega a su trabajo en bicicleta, al menos no con la frecuencia que lo hacía antes. En junio del 2020 tomó la decisión de movilizarse desde su casa hasta su trabajo en un automóvil.

En la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) le dicen que desde que cambió de medio de transporte se le nota menos tranquilo; pero él, lejos de enojarse, reconoce que la bici fue y continúa siendo “la cosa que me calma” desde que tiene memoria y no le sorprende que lo molesten por llegar a trabajar en un vehículo.

Tomar la decisión no fue para nada sencillo; sin embargo, su deber como ciudadano y ese instinto de responsabilidad y compromiso que ha desarrollado a lo largo de los años como parte de su labor, es más fuerte que su amor por la bicicleta, esa con la que se trasladaba al menos cuatro veces por semana desde su casa, en Santa Ana, hasta el edificio de la CNE, en Pavas.

La razón es muy simple: en tiempos de pandemia, las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) son escasas y los ciclistas no dejan de correr riesgo mientras circulan por las carreteras del país.

“Andar en bici tiene un riesgo muy alto, uno se tiene que quitar los furgones y los buses y yo, por ejemplo, tengo que subir por una calle que es muy estrecha y yo me le tengo que quitar a los carros, porque muchas veces a nadie le importa pasar, golpearlo a uno y dejarlo tirado. Entonces, ahora, evito moverme en bicicleta porque un accidente implica una cama menos en un hospital, porque hasta por una simple caída uno puede terminar en una Unidad de Cuidados Intensivos y hay que ser conscientes de eso como equipo de respuesta y como parte del equipo de Gobierno en el manejo de la pandemia”, explica.

EL jerarca de la CNE es un apasionado de su trabajo y de la labor humanitaria. Foto: Rafael Pacheco
EL jerarca de la CNE es un apasionado de su trabajo y de la labor humanitaria. Foto: Rafael Pacheco

La fascinación del jerarca de la CNE por las bicicletas no es nueva, de hecho comenzó a mediados de la década de 1970, cuando una llanta de este medio de transporte era su juguete favorito. Sin embargo, fue en sexto grado cuando finalmente se pudo subir a una.

Solís, de 52 años, recuerda que la experiencia no fue muy buena y su abuela Eudoxia Delgado, mejor conocida como Docha, quien lo cuidaba mientras su mamá, María Elena Delgado, trabajaba, terminó castigándolo.

“Yo aprendía a andar en bici a escondidas de mi abuela, usaba la de mi amigo de infancia, pero me estrellé y llegué todo golpeado a la casa y ese fue un gran problema. Mi abuela decía que yo no tenía que andar pidiéndole cosas prestadas a la gente. Su temor era que yo dañara algo que no era mío y luego cómo lo pagábamos y por eso no dejaba que pidiera nada prestado. Entonces lo que hacíamos es que salíamos de clases y nos íbamos a andar en bici y yo decía que nos quedábamos haciendo tarea”, relata.

Años más tarde se pudo comprar la suya. Eso sí, era de segunda mano, pues era la que le alcanzaba y también la tuvo a escondidas de su abuela. Para ello, a los 12 años comenzó a trabajar como voluntario en la Cruz Roja, un lugar que lo marcó, no solo porque le permitió adquirir la bici que tanto anhelaba, sino porque sin darse cuenta le permitió descubrir su vocación, que hasta la fecha mantiene.

“Yo salgo a cada conferencia de prensa convencido de que la gente va a hacer caso. Y es que yo tengo que creérmelo, entonces yo salgo convencido y lo digo convencido y no puede ser de otra forma, porque de lo contrario no podría transmitirlo”, Alexander Solís, presidente CNE

Alexander Solís Delgado es uno de los jerarcas que se ha mantenido en su cargo desde que el presidente Carlos Alvarado llegó al poder, en mayo del 2018. Desde entonces le ha hecho frente a las emergencias de diferente índole que se presentan en el país.

No obstante, fue en marzo del 2020 cuando su rostro pasó a ser uno de los más familiares entre los costarricenses. Ese mes se reportó el primer caso de covid-19 en el país y como jerarca de la CNE le correspondió crear mapas de alertas y articular con los comités de emergencia en todos los rincones del país la atención de una emergencia sanitaria para la que nadie estaba preparado.

“Creo que ningún ejercicio de simulación nos había preparado para enfrentar una emergencia sanitaria del calibre que estamos enfrentando. Tenemos gente muy preparada desde el punto de vista científico y operativo, hay virólogos y epidemiólogos altísimamente preparados, pero desde mi perspectiva, en múltiples ejercicios y simulacros que hemos hecho, nunca nos imaginábamos que nos íbamos a enfrentar a algo tan complicado.

Cuando ocurre una emergencia en algún punto del país, Alexander Solís es de los primeros en llegar al punto. Foto: Cortesía.
Cuando ocurre una emergencia en algún punto del país, Alexander Solís es de los primeros en llegar al punto. Foto: Cortesía.

“La pandemia nos demostró, en la práctica, que es un gran riesgo sistémico y que las medidas de control y de mitigación de la amenaza principal nos genera una serie de efectos derivados que tienden al colapso de todo el sistema y eso realmente es lo más preocupante”, explica.

Humilde infancia

Antes de hablar de su infancia, Solís hace una pausa, se ríe y duda si debe o no contar sus anécdotas.

“José Mariano no puede leer esto”, afirma, pero luego continúa.

Su hijo tiene 12 años y desconoce la faceta rebelde y las tantas travesuras que su papá cometió siendo un niño y adolescente: se escapó de la escuela, se peleó con los compañeros y reprobó al propio sétimo para que su mamá lo cambiara de colegio y hoy esas son lecciones aprendidas y que espera que su hijo no siga.

“Eso es algo de lo que me avergüenzo toda la vida con mi mamá, porque ella hizo todo el esfuerzo para pagar un colegio semiprivado porque ella quería que yo tuviese una carrera técnica, porque sabía que no me podía pagar la universidad y así iba a salir con un oficio. En ese momento yo no entendí eso y es realmente algo que me ha atormentado toda la vida. Y por eso, yo le dije a mi esposa que a nuestro hijo no lo podíamos obligar a estudiar en un colegio en el que él no quería, porque yo siempre estaba con el corazón en las manos (de que su hijo hiciera lo mismo que él)”, explica.

Sin embargo, siendo un adolescente también supo lo que era trabajar para ganarse unas cuantas monedas y poder ayudar en su casa. Tuvo varios trabajos en los que confiesa no era muy bueno.

Coger café, sembrar cebolla y bañar chanchos, fueron algunos de esos puestos que asumió siendo un estudiante de secundaria.

Alexander Solís tiene 52 años. Foto: Alonso Tenorio.
Alexander Solís tiene 52 años. Foto: Alonso Tenorio.

“Mientras yo estudiaba, en vacaciones trabajaba, porque sino, no me podía comprar nada en vacaciones, entonces hasta noveno año cogía café en los cafetales cerca de mi casa y aunque no era muy bueno, por lo menos recuperaba el almuerzo que llevaba. Y a partir de ahí empecé a trabajar no solamente durante las vacaciones, sino que también los fines de semana, cuando bañaba a los chanchos de una finca, también les daba de comer y les dejaba lista la alimentación para el día siguiente. Y ya no le cuento lo que me costaba quitarme el olor de las manos... pero bueno son experiencias y eso me permitía ganarme algo para invitar a la novia los domingos después de misa.

“De igual forma yo sentía que tenía que tratar de hacer algo para ayudar a mi mamá y a mi abuela, y por eso intenté sembrar cebolla, pero era muy lento. Entonces, el finquero me dio la oportunidad de aprender tareas agrícolas, porque yo no le servía a él y no le servía pagarme por horas porque yo no le iba rendir. Ahí estuve un buen tiempo“, relata.

Más adelante trabajó como misceláneo y operario de planta.

Hasta que cumplió 15 años vivió sin electricidad en su casa, pues su abuela Docha decía que mientras ella viviera no permitiría que les instalaran el servicio. La alquilaban por ₡125, cocinaban con cocina de leña y se alumbraban con candela o canfinera.

“El tratar de devolverle la esperanza a las personas que están en el albergue me cuesta y me hace sentir muchas veces débil, porque uno necesita entender qué es lo que ellos están viviendo para poder transmitir ese mensaje de esperanza”, Alexander Solís, presidente CNE

“Nosotros éramos bastante pobres, mi abuela no usaba zapatos y ni tampoco quería que tuviéramos electricidad, porque ella decía que cómo íbamos a pagar la luz, porque mi mamá trabajaba para mantenernos y ella aún así lavaba ropa ajena para ayudar con los gastos.

“Además, era increíblemente honrada, entonces aprendí que si había un árbol que tenía algunas ramas que quedaban en la calle y tenía alguna fruta que yo alcanzaba, tenía que comérmelo antes de llegar a la casa, porque de lo contrario me iba muy mal. Pero así aprendí que si quería algo de algún vecino tenía que pedir permiso”, relata.

Su abuela, quien fue prácticamente una mamá, murió cuando él tenía 15 años por diferentes enfermedades que deterioraron su salud. Hoy, viendo hacia atrás considera que tal vez la falta de posibilidades o las condiciones de vida le impidieron tener un mejor acceso al sistema de salud.

No obstante, la honradez, la sencillez y el esfuerzo que aprendió de la abuela Docha, son enseñanzas que lo marcaron y que hasta la fecha trata de aplicar en su vida y, de paso, inculcárselas a su hijo José Mariano, con quien tiene una relación “muy hermosa”.

El jerarca de la CNE solo espera poder terminar este periodo con la satisfacción de haber podido ayudar a muchas personas. Foto: Rafael Pacheco
El jerarca de la CNE solo espera poder terminar este periodo con la satisfacción de haber podido ayudar a muchas personas. Foto: Rafael Pacheco

Su hijo es fruto de su matrimonio con Mariana Soto, con quien está casado desde hace 13 años. Juntos pasan los momentos más felices y disfrutan hacer ciclismo en familia y ver documentales, series o películas.

Ellos son los que lo mantienen en pie y que lo recargan de energía, aunque en el último año han tenido que sacrificar tiempo juntos, pues Solís ha pasado atendiendo reuniones y recorriendo el país de gira en gira.

Entre bomberos y ambulancias

Cuando entró a la Cruz Roja siendo tan solo un adolescente, soñaba con poder subirse a una unidad de emergencia y vivir la adrenalina de la ambulancia. Sin embargo, pasó mucho tiempo para que eso ocurriera.

Tuvo que empezar desde cero, formarse y ayudar en lo que le pidieran; y a los 14 años ya andaba subido en las ambulancias atendiendo emergencias.

“Creo que eso me sacó completamente de cualquier otra actividad y me generó un aprendizaje de muchas cosas, porque entonces yo quería saber de primeros auxilios, de rescate, de muchas otras cosas y fue una de las cosas más maravillosas que le puede pasar a uno. A mí me salvó de hacer cosas que no tenía que hacer, porque además en esa época uno estaba mucho en la calle, de arriba para abajo; a veces llegaba de la escuela se quitaba el uniforme y se iba a jugar donde los vecinos y andaba en los potreros y en las montañas y regresaba en la noche a la casa, entonces había mucho riesgo de tomar un camino inadecuado”, asegura.

Tras formar parte de la Cruz Roja como voluntario, en 1992 ingresó al Benemérito Cuerpo de Bomberos. Allí se desempeña como encargado del departamento de Ingeniería y actualmente tiene un permiso, pero es un oficio que le apasiona y le llena.

“Yo soy un funcionario público por naturaleza, porque además del trabajo humanitario que hacemos yo amo lo que hago y ese sentimiento de hacer lo que uno ama es parte de un principio fundamental del Cuerpo de Bomberos”, dice.

Alexander Solís es un amante del ciclismo y afirma que la bicicleta es su escapatoria. Foto: Alonso Tenorio.
Alexander Solís es un amante del ciclismo y afirma que la bicicleta es su escapatoria. Foto: Alonso Tenorio.

También ha trabajado en la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en un proyecto centroamericano sobre la preparación para desastres desde la parte sanitaria. Y colaboró en el sismo y la epidemia del cólera en Haití.

Hasta la fecha no sabe de dónde proviene esa pasión por trabajar atendiendo emergencias; lo que sí puede decir es que él siente la necesidad de ayudar a la gente en situaciones de riesgo.

“Somos humanos y no podemos separarnos del dolor de llegar y ver que alguien perdió todo, la impotencia también se encuentra ahí”, Alexander Solís, presidente CNE

Y aunque es un hombre de emergencias, confiesa que su mayor temor es tener un accidente.

“Me he caído de una bici, de árboles, he chocado, me han chocado, pero nunca nada grave; entonces, le tengo mucho temor al momento de enfrentarme a un accidente grave donde posiblemente sé que no voy a vivir. Creo que ese momento, de estar uno seguramente muy mal herido, es una de esas cosas que le tengo mucho miedo. Puede ser por lo que hemos vivido, porque uno ve tantas cosas en esto que sí me da temor”, cuenta.

De hecho, afirma que laborar atendiendo emergencias es una labor muy complicada, pues implica trabajar con el dolor humano 24/7 y eso trae consecuencias emocionales.

“Ese tema del dolor humano es complejo y hay diferentes formas de abordarlo. En la vieja guardia lo abordábamos de una forma muy compleja desde el punto de vista emocional y eso pudo haber marcado mucha gente, incluso a mí; yo creo que yo no tengo traumas, pero seguro se me deben salir hasta cuando camino, porque es bien frustrante.

“Usualmente el cruzrojista se enfrenta, muchas veces, a que la persona muere en sus manos y eso es muy doloroso, porque uno hace todo el esfuerzo para aplicar todas las técnicas que aprendió para que eso no ocurra. Mientras que la frustración del bombero, el dolor más grande, es saber que no pudo entrar al sitio donde la persona muere quemada y eso también es muy impactante. Hoy sí existen programas y las personas son intervenidas, se les atiende con terapia, pero de que existe y de que es complejo, es complejo”, detalla.

Finalizado este periodo en la CNE, Solís regresará a su puesto en el Benemérito Cuerpo de Bomberos.

Alexander Solís trabaja como bombero desde 1992. Foto: Cortesía
Alexander Solís trabaja como bombero desde 1992. Foto: Cortesía
De emergencia en emergencia

Un casco y una gabacha cuelgan en una esquina de su oficina. Está listos para el momento en el que lo llamen a atender una emergencia.

También está una pantalla en la que se aprecia en tiempo real el clima del país.

Si bien el 2018 y el 2019 no fueron años fáciles, ninguno se compara al 2020, donde, además de la pandemia, debió atender inundaciones, derrumbes y tormentas tropicales de gran escala que afectaron el país, más que todo en los últimos meses del año.

Explica que a nivel emocional este tipo de desastres naturales no dejan de afectarle a pesar de los años y la experiencia, más aún cuando se trata de niños y adultos mayores en albergues o familias que lo han perdido todo.

“Es difícil enfrentarse a la realidad de un albergue y a entender que hay gente que tiene que estar ahí porque es un sitio que le da seguridad, pero que no se le puede llegar a dar todo lo que necesita para vivir, porque no es su casa. Y es que no importa si es grande y lujosa, o sencilla y humilde, o con pocas o muchas cosas, es su casa y un albergue no representa eso. Entonces nosotros, como servidores públicos, debemos de procurar darle a las personas en alta vulnerabilidad lo que esté en nuestras manos para ayudarlos a que pasen una o algunas noches en una mejor condición, pero a todas luces no es lo mejor”, afirma.

En los albergues trata de entretener a los niños, procurar que los adultos mayores y personas con discapacidad tengan camillas para dormir y que la alimentación y medicamentos siempre lleguen rápido.

Mientras que en las zonas de emergencia busca soluciones para las personas que lo han perdido todo y habla con ellos buscando la forma de poder ayudarles. Afirma que compartir unos minutos con esas personas le deja muchas enseñanzas y le motiva a ser un mejor profesional.

Luchar con el dolor humano es uno de los mayores retos del jerarca de la CNE. Foto: Cortesía.
Luchar con el dolor humano es uno de los mayores retos del jerarca de la CNE. Foto: Cortesía.

“Somos humanos y no podemos separarnos del dolor de llegar y ver que alguien perdió todo, la impotencia también se encuentra ahí. Por ejemplo, me tocó llegar a la casa de alguien y ver que hasta el fregadero estaba lleno de barro y yo no sabía si abrazar a la persona o qué hacer y cuando voy saliendo de esa casa, hay una señora afuera y cuando me vio, me dijo: ‘Yo lo conozco, lo he visto por la televisión’, y me lo dijo con una sonrisa tan grande y yo decía: ‘Esta gente perdió la casa, perdió todo y están con ese positivismo de ver que llegó el presidente de la CNE al que ve en tele’. Yo lo que deseaba era agarrar una pala para empezar a sacar barro de las casas, porque es muy duro ver esa escena y eso genera mucha impotencia. Uno se encuentra cosas tan frustrantes”, detalla.

En cuanto a la pandemia, el jerarca de la CNE comenta que lo más difícil de ese año fue el estar llamando la atención diariamente a la población, explicando la importancia de hacer caso a las medidas que se anunciaban en conferencia de prensa y que aún así la población hacía caso omiso.

“Fue un año doloroso, perdimos más de 2.000 vidas por la pandemia y es doloroso porque es evitable si todos siguiéramos las medidas de prevención y pusiéramos un granito de arena. Fue un año muy complejo en el que todos sentimos angustia en algún momento y creo que nos hizo aterrizar, entender cuán vulnerables somos y cómo la vida puede cambiar de un día para otro.

“Quiero pensar que esto es un mal sueño o una película”, dice.

Sin embargo, no pierde la fe y confía en que la humanidad pronto pasará la página de este capítulo lleno de aprendizajes para las personas y que podrá volver a ponerse su casco y subirse a la bicicleta y recorrer 14 kilómetros para llegar al trabajo.