
Regresar a Alaska, al verdadero Alaska, era una especie de hipoteca sentimental para mí. Por ahí del 2004 tuve mi primera oportunidad cuando tomé un crucero a esa región junto con 2.000 almas más. No creo que alguno lo haya disfrutado más que yo. Pasaba horas y hora afuera, en la borda, hipnotizado por los paisajes. Pero las únicas tres paradas que realizó el crucero me impidieron explorarla como yo quería; aún así, fue un gran viaje del que me traje una visión otoñal de Alaska: frío controlable, nada de nieve y cielos algo grises que creaban paisajes y atardeceres que me quitaban el aliento.
Recién fui invitado por el gobierno de los Estados Unidos a participar en una feria de turismo llamada Go West. Los estados del Oeste de los Estados Unidos realizan esta feria cada año en un estado diferente ¡y el 2016 fue el turno de Alaska!
Organizaron tours antes y después de la feria; esperaba con ansias poder ver las auroras boreales, mucha vida salvaje y paisajes inolvidables. Iba a filmar y en Fairbanks, donde comenzaba toda a aventura, la temperatura estaba a -20 grados celcius.
Esto implicó llevar más ropa de lo normal para asegurarme estar caliente (controlar el frío con capas), además de todo el equipo de filmación. ¡Podrán imaginar que salí de Costa Rica con tremendo sobrepeso en mi equipaje!

A mi arribo, tuve el primer contacto con un lugareño. Se llama Ed y ahí mismo, en el aeropuerto, me contó que era del Polo Norte, donde existe la casa de Santa Claus, quien es el alcalde del pueblo. Por un momento me sentí muy grande para creerme la historia ¡pero resultó que es verdad! A 20 minutos en carro desde Fairbanks existe un pueblo que lleva el nombre de North Pole, donde efectivamente está la casa de Santa Claus, una atracción turística donde venden toda clase de artesanías y adornos de Navidad. Además hay un museo de esculturas de hielo y tiene renos para que los turistas se fotogafíen con ellos. ¡Y Santa Claus es verdaderamente el alcalde! Un hombre de gran barba blanca muy parecido al Santa que todos vemos en libros y películas, decidió cambiarse legalmente su nombre a Santa Claus y es el actual alcalde de North Pole.
Todo parece surrealista pero es tal cual: ¡en este pueblo hasta tienen un grupo de voluntarios que se dedican a responder la gran cantidad de cartas que llegan de todo el mundo dirigidas a Santa Claus!
Así comenzó mi viaje, ratificando que el Polo Norte existe tal como alguna vez lo soñé de niño.
Ed, la persona que me dio la bienvenida a Alaska, no dudarlo es uno de los ayudantes de Santa; lo sé no solo por su apariencia, sino por su especial forma de ser.
Después de haber pasado toda la noche completa volando de Costa Rica hasta Alaska, la idea era dormir un rato y descansar.
La verdad, el frío de Fairbanks y su blanca ciudad cubierta toda por nieve, me sedujo a explorarla antes de que comenzara mi tour a las 6:30 p.m.
Llegué al hotel, armé mi equipo y salí a filmar. La idea era aprovechar y hacer tomas del centro de la ciudad. Salí a pie bordeando el río Cheena, que me llevaría hasta el centro, pero un acontecimiento cambió mi rumbo. A un lado de una calle, un grupo de personas con ollas bastante grandes cocinaban al aire libre entre la nieve.
Claramente era algo diferente, interesante. Cautamente me acerqué con mi cámara. Un hombre “blanco”, quien dirigía la orquesta, espontáneamente se acercó a contarme que hacían frente a una costumbre Athabaskan. Para empezar, yo no sabía ni que existía una etnia llamada Athabaskan.

Segundo, me parecía algo absurdo encontrarme con 7 personas cocinando a -10 grados bajo cero a las 11 a.m. Resulta que todo era parte de un funeral. Una mujer Athabaskan de mayor edad y muy querida por la comunidad había muerto y ese día era su despedida. Los hombres de la comunidad que no son familiares de la persona muerta se encargan de preparar toda la carne para los asistentes al funeral. Las mujeres preparan en una cocina las ensaladas y los hombres cocinan alce, caribú y castor, carnes que no están a la venta en el estado de Alaska pero que a los nativos les permiten cazar.
Así, en mi primer día probé el alce y el caribú. Adicionalmente tenían algunas delicatessen para los cocineros que también me invitaron a probar: halibut crudo y congelado y la parte de adentro de los huesos del alce, después de haber sido carbonizados. Todo fue una explosión de sabores muy diferentes entre sí y de todo lo que había probado anteriormente en mi vida.
Me contaron sobre algunas costumbres de esta tradición. Las mujeres no pueden cocinar carne. Debe haber comida para todos los presentes a la vela. A la persona muerta le ponen comida por tres días después de su entierro para que se alimente antes de pasar a la otra vida.
Mis descubrimientos culturales fueron interrumpidos cuando me convocaron a un tour de “dog mushing”, primera vez que escuchaba este término. Resulta que Dog Mushing es el principal deporte de Alaska. Se trata de un trineo de nieve empujado por perros. Eso sí, no son los perros que todos posiblemente imaginamos, pues estos eran más delgados que los grandes Alaskan Malamute. Los perros que utilizan hoy en día son Alaskan Huskies pero no tienen la apariencia que todos conocemos. Son perros mas delgados y en su genética buscan que sean mas fuertes, resistentes, rápidos y con buen comportamiento.
Este deporte comenzó como una forma de transporte, pues alguna vez fue la única manera de recorrer esas montañas, glaciares y lagos congelados en los inviernos. En memoria, hoy en día organizan el Iditarod, una carrera de más de 1000 millas que recorre una buena parte del estado y que pone a prueba la sobrevivencia de cada uno de los participantes.

Los perros se tornan en más que compañeros de viaje. Pasan a ser amigos del alma, de ellos depende la vida de cada participante. ¡El Iditarod es todo un acontecimiento en Alaska!
Conforme fueron pasando los días, fui entendiendo cada vez mejor que en realidad Alaska es un mundo muy distinto. No sé si es por su naturaleza, por su geografía, por sus fríos inviernos y cálidos veranos o por la mezcla de culturas nativas de la zona. Es un mundo aparte, un mundo donde aún se conserva la esencia de su naturaleza humana, como si se hubiese congelado en el tiempo la bondad del ser humano y su naturaleza como persona.
En invierno tienen días de muy pocas horas de luz; en diciembre este fenómeno causa inclusive ciertos trastornos en algunas personas, pero en verano tienen días de 24 horas con luz. Los alaskeños son personas que saben adaptarse a su naturaleza y convivir con esta.
Sus gentes son cálidas y amables. Tienen el sentido de vivir en comunidad, de ayudarse unos a otros. La supervivencia es algo natural en ellos y lo esencial pasa a ser el disfrutar cada día. Tienen algunas costumbres que quizá sean difíciles de entender para nosotros, pero cuando se viven ciertas experiencias en el lugar, es posible comprender un poco los por qué. Cada acto para ellos tiene un sentido, pues deben prepararse ante los cambios de clima y temperatura a fin de poder seguir con sus quehaceres. Lecciones aprendidas: miles. Hay mucho que aprender de este pueblo, pero me cuesta ponerlo en palabras.
Muchas personas que van a visitar Alaska se quedan por allá. No creo que sea casualidad. Existe una razón, y es que Alaska ejerce una suerte de encanto sobre uno.
Espero con este recorrido gráfico, ofrecer una pincelada de lo que es la vida cotidiana en aquella tierra mágica, inhóspitamente fría pero cálidamente humana, llena de personajes irrepetibles y hasta de costumbre ancestrales que, en otra latitud, serían impensables.