
Guantes, tacos y rodilleras descansan en cualquier desván. La emoción no muere. Vive en el testimonio de sus protagonistas, en las crónicas viejas, en el trazo del reportero, en el clic que eternizó el blanco y negro.
Evaristo Murillo, Jorge Cholo Rodríguez, Carlos Aguilucho Alvarado, Hernán Alvarado, Marco Antonio Rojas y Hermidio Barrantes... son arqueros, viejos de manos grandes, legendarios de un puesto que de líder, centinela y loco, todos tienen un poco.
Los seis se reunieron en La Nación, a raíz de la visita de Evaristo Murillo, quien radica en México y estuvo en nuestro país hace varias semanas. Con ellos charlamos al tenor de una pasión que los convocó una mañana, durante casi tres horas.
El periodista Javier Rojas González, director de Deportivas Columbia y moderador del diálogo, y el futbolista Mario Murillo Chaverri, conocido exdefensor del Herediano y de la Selección Nacional, completaron el grupo.
¿Por qué Mario Murillo asistió a una cita exclusiva de los arqueros, si se desempeñó siempre como jugador de campo (defensa)? Javier Rojas lo explicó así: "En el Herediano y en la Selección Nacional, Mario siempre fue el guardameta emergente, y le tocó en muchísimas oportunidades desempeñarse bajo los tres palos, con sobrada categoría", enfatizó el periodista.
Entre dos hitos
Estas seis figuras han escrito la historia entre dos hitos: Manuel Manolo Rodríguez, arquero de La Libertad y del primer seleccionado en 1921, cuando comenzó el futbol organizado en Costa Rica, y Luis Gabelo Conejo, centinela de la Tricolor en la gesta mundialista de Italia 1990.
En el devenir de agua y sal, un flaco avispado esperaba el rompimiento de esa ola cíclica y grande que los puntarenenses conocen como la "capitana".
La playa larga del Puerto fue el sitio de entrenamiento de Hernán Alvarado en sus años mozos. Ansiedad y reflejos. El chico esperaba a la ola. ¡Y la saltaba! Aunque, más de una vez, esta le ganaba el duelo y un dios rencoroso lo ponía de bruces a sufrir en la arena.
Evaristo Murillo es un oso grande y cálido. Del arco herediano emigró a México el 10 de julio de 1943, a defender el honor de otras divisas. Sentimental, de vocación mística, cada vez que alguien nombró a Santa Bárbara, su tierra natal, o evocó la gloria de otros grandes, como Alejandro Morera, se puso de pie, en señal de reverencia.
Jorge Cholo Rodríguez se dedicó a hablar de todos y se olvidó de él. No hubo manera de controlar la picardía de este "muchacho".
Sereno y culto, Carlos Alvarado inspira generosidad. Sin olvidar al panameño Roberto Tyrrel y a Alejandro González, dos de sus sucesores, la portería de Liga Deportiva Alajuelense es un espacio en deuda. El puesto espera a un consagrado.
Marco Antonio Rojas mantiene su recia personalidad. Después de que salió del Deportivo Saprissa en 1987, tuvieron que transcurrir varios años para que la afición morada aceptara como suya a una nueva figura. Está claro, Erick Lonnis recogió los guantes.
Hermidio Barrantes es el único activo. Mantiene sus condiciones intactas y la experiencia necesaria para ocupar ese puesto, solitario y difícil, en cualquiera de los conjuntos de la Primera División; actualmente está en prueba con el Saprissa.
-Comienzo con el mayor -dijo Javier Rojas-. Evaristo, ¿es cierto eso que dicen de los arqueros, que son un poco locos?
-"Yo debo tener más de eso que todos ellos, porque tirarse de palo a palo y lanzarse a los pies del delantero, es ni más ni menos que un suicidio", respondió Evaristo Murillo.
"A mí me quebraron las dos clavículas, cuatro dedos de una mano y me fracturaron la nariz -terció Marco Antonio-, por esa locura, precisamente, un riesgo que a mis 46 años, con gusto volvería a correr".
"El que no es loco, no es un buen arquero -opinó el Cholo Rodríguez-. Solo que, claro, vos te tirás a los pies del delantero y de inmediato te volteás para dar la espalda", explicó.
"¡Yo era un loco cuerdo!", exclamó Hernán.
-¿Cómo es eso?, preguntó Javier.
-Sí, mientras el delantero avanzaba, yo trataba de medir la distancia.
-Era calculador, no muy valiente...
-Por eso digo: loco cuerdo. Enfrentaba pero a la vez protegía mi integridad. No era pendejera, perdone que se lo diga.
-Dije cal-cu-la-dor, enfatizó Javier.
"Alguien cuerdo, no se mete a portero", sintetizó Hermidio.
Cuestión de estilo
"Mi estilo eran las salidas hasta el límite del área. Ahí la bola era mía. Nunca la apañaba, porque me dolía el pecho. La agarraba así, con los brazos extendidos. Salía por todas", explicó Evaristo.
-¿Y el suyo, Carlos?
"Cuando yo era un chiquillo de diez años me ubicaba detrás del marco de Evaristo y procuraba realizar sus movimientos, su manera de atajar, su especialidad de cuidar el área", comentó el Aguilucho.
"Nosotros éramos porteros muy ágiles, así como Rojas (Marco)", opinó el Cholo Rodríguez, "aunque yo, como no era muy alto, no salía mucho, porque me podían bañar.
"Llegué al Herediano debido a que Amado Calvo estaba lesionado, y me pusieron a jugar. ¿Usted quiere que le dé la alineación de ese día?"
-¡Dios guarde, se nos acaba el tiempo!, protestó Javier.
-Bueno, por eso decidí venir temprano, porque tenemos tanto que contar que esto va para largo... (risas).
"Cuando llegué a Alajuela con la ilusión de probar suerte en la Liga -recordó Carlos- tuve la suerte de que me recibió un gran señor: ¡don Alejandro Morera Soto!
"Hay que ponerse de pie". Evaristo Murillo repitió el ritual.
-¿Cuál es el futuro del guardameta?
"En un juego de 11 contra 11, se quiere que sea mucho más rápido, mucho más vivo, mucho más candente, pero están dejando de lado el espectáculo", opinó Marco Antonio.
"Me quedo con las reglas viejas. Más allá de los cambios, lo que un arquero necesita es la técnica. Por ejemplo, yo siempre acostumbré a sacar con la mano, porque es como hacer un pase.
"Así lo aprendí de otros grandes, como el argentino Antonio Roma, a quien pude observar en viejas películas. Una cosa es sacar de patadón y otra es hacer un pase.
"En el Saprissa, al despejar con la mano sabías que la pelota iba dirigida y además, caramba, la recibían un (Asdrúbal) Yuba Paniagua o un (Edgar) Guita Marín que la sabían bajar con clase al piso".
Un percolador vertió varias veces su contenido. En los momentos chispeantes, las palabras se atropellaban. Mas, también hubo lapsos de reflexión. Atento, el Aguilucho observaba a sus compañeros. Asentía, meditaba, sonreía.
¡Este don Carlos...! Es un hombre agradecido. Se le notó la emoción cada vez que pronunció el nombre de Morera Soto. (Y en todas, Evaristo se puso de pie).
"Saben -dijo el Aguilucho-, no solo hizo de mí un arquero, sino que, lo más importante: don Alejandro me ayudó a crecer. `Usted aprenderá mucho', solía decirme, aunque nunca ha estudiado, se matriculó en la mejor cátedra: la vida".
Hermidio, el mundialista del grupo en Italia 90, también supo escuchar. A él le tocó el cierre.
"¡Qué gran honor estar con ustedes, aprender y compartir sus grandes momentos como arqueros. Es enriquecedor. Esto lo vivo como una escuela, porque uno nunca termina de aprender!
"¡Siempre hay algo nuevo, siempre!"
Sin guardaespaldas. Detrás del arquero, no hay nadie. Es el último bastión del futbol; el héroe... o el villano.