Cañas (Guanacaste). El ulular de las sirenas trajo a la memoria la escena del corredor en punta, aquel que en loca escapada visualizaba sobre su cabeza el ondear de la bandera de cuadros. Ayer, en su última etapa, Carlos Alvarado Reyes cruzó la línea eterna y dijo adiós al pueblo que, una vez más, se lanzó a vitorearlo.
La tristeza fue la invitada al cortejo para despedirlo. Su gente lo lloró, abrumada por el dolor de la pérdida y la desazón por ver partir al hombre que ancló en sus corazones gracias a las proezas escritas en la carretera.
Lazos negros prendidos de las mangas fueron los testigos mudos de cientos de dolientes, que se unieron a la última etapa en la carrera del hijo predilecto.
Una caravana de ciclistas recorrió el asfalto cañero desde el mediodía de ayer, como señal de ofrenda para Carlitos, el amigo, el deportista, que regaló alegría a todo el país.
"La muerte está en el camino de la vida desde que la vida comienza. Esta iglesia que lo recibió en el bautismo, despide hoy al hombre que terminó su carrera y conservó su fe", dijo el obispo Héctor Morera, quien ofició la misa celebrada en la parroquia de Cañas.
Dolor compartido
La amargura de la familia del expedalista fue mitigada por la dosis de solidaridad, que centenares de personas, hasta ayer desconocidas para los Alvarado, testimoniaron en las horas cruciales que siguieron a la muerte de Carlos.
En la banca de la primera fila, su madre, doña Mercedes, sus hijos, Mercedes, Carlos, Adrián y su esposa, Nelly, entrelazaron sus manos en un esfuerzo estéril por detener el llanto, que discretamente corría por sus mejillas.
Amigos, desconocidos, compañeros y autoridades del Gobierno de la República se sumaron a la ceremonia para exaltar las virtudes del hombre de los pedales.
La madre del Presidente de la República, doña Karen Olsen, abandonó la iglesia consolando a la progenitora de Carlos. En medio del tumulto, figuras conocidas saltaban a la vista: el corredor Carlos Palacios, el ciclista Rigoberto Zúñiga, Jorge Muñoz, director de Deportes, José Antonio Herrero, presidente de la Federación de Ciclismo, Albin Brenes, entrenador y Marcos Rodríguez, director de la pasada Vuelta Ciclística, entre otros amigos, viajaron hasta las tierras guanacastecas para despedir al campeón del giro de 1977.
Citando las palabras del profeta Jalil Gibrán, su hermana, Josette Alvarado, agradeció las muestras de apoyo brindadas a su familia: "Cerrad los ojos y me veráis con vosotros hoy, mañana y siempre."
La ceremonia, que comenzó a las 2 de la tarde, culminó una hora y 15 minutos después, con el aplauso de los asistentes, que siguieron el cuerpo del expedalista hasta el cementerio de la localidad.
Su paso por las calles derivó en una escena recurrente. Gente a la vera del camino, flores, aplausos y una meta. De nuevo, el ulular de las sirenas, trajo el anuncio del corredor en punta. Hasta siempre, ¡CAMPEON!