Por Gustavo Borges
México, 30 may (EFE).- Se jugó en una cancha con dos equipos de 11 jugadores cada uno, a dos tiempos de 45 minutos y con el fin de colocar el balón en la puerta contraria, pero el partido no fue igual porque transcurrió a puertas cerradas y careció de alegría.
El partido de vuelta América-Toluca, correspondiente a los cuartos de final del torneo Clausura'04 del fútbol mexicano no tuvo que ver con ese deporte que apasiona a multitudes; hoy los jugadores parecieron estar desesperados por escuchar el silbato final porque esta vez tocar el balón no causó diversión.
América necesitaba ganar para clasificarse, pero se mostró decepcionante y ni su principal figura, Cuauhtémoc Blanco, tuvo deseos de marcar la diferencia con su talento, o para fingir faltas, algo que saca de quicio a sus detractores, pero da vida al espectáculo.
Blanco fue esta vez un jugador bien portado, no tuvo público para actuar y aunque se ganó una tarjeta amarilla, nunca se sintió cómodo en la cancha y si un rival lo empujó, se levantó rápido sin fingir falta, algo que en un juego con público no le hubieran perdonado.
El partido a puertas cerradas en el Azteca, escenario de dos finales de Copa Mundial, fue un castigo para todos; verdad que los rijosos que agredieron hace tres semanas a los brasileños del Sao Caetano, quedaron fuera, pero con ellos pagaron un montón de inocentes, entre ellos el fútbol, diseñado para ser una fiesta.
La estatua de metal de un aficionado con el uniforme del América, una bandera del equipo y un vaso de cerveza al lado fue el único testigo de la jornada más triste de la historia del Azteca, que para colmo de coincidencias apenas ayer cumplió 38 años de vida y se quedó sin pastel de celebración.
El locutor del estadio quiso poner color al anunciar que una niña perdida era buscada por sus padres y los directivos del Toluca, hombres respetuosos que suelen andar vestidos de traje, trataron de alejar la melancolía quitándose las camisas para imitar a la porra de su club, pero ni eso alegró, porque no hubo nadie para verlos.
Si la medida va a servir para erradicar la violencia del fútbol en México, tal vez valió la pena el atentado al deporte cometido hoy; pero parece difícil que con el solo hecho de cerrar un estadio, las bandas de delincuentes desistan de hacer daño.
A mitad de semana, los hinchas del Toluca apedrearon el ómnibus del América y la semana pasada los seguidores de los dos equipos de Monterrey se liaron a golpes en una discoteca, por el simple hecho de un odio inventado por causa de las camisetas de sus equipos.
El América fue eliminado porque su rival jugó mejor; pero de todas formas desde antes sus hinchas tenían pretexto para llorar; les quitaron el sueño de hacer algo por su equipo, aunque solo fuera gritar, lo cual ha sido, contrario a lo que se puede pensar, un triunfo callado de los violentos del fútbol, esos que con una paciente labor, siguen alejando a la gente de los estadios. EFE
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