A falta de goles y jugadas espectaculares, lo mejor del partido entre Saprissa y Alajuelense fue el ambiente que se generó alrededor del primer clásico del año.
Mucho antes del arranque del partido, algunos asistentes al estadio Saprissa se acicalaron con las ya tradicionales pinturas en la cara. Los rostros de color morado eran la inmensa mayoría.
Las ventas de carne asada, banderines, gorras, camisetas, llaveros y hasta bufandas mostraron su mejor día de mercado.
El estadio, como se anunció durante la semana, se llenó en toda su capacidad y presentó su mayor gala del Torneo de Clausura.
Según reportó Mariana Soto, periodista del club tibaseño, al Saprissa ayer le ingresó el tope máximo de espectadores fijado por la Comisión de Eventos Masivos: 21.000.
La vocera detalló que el club capitalino recaudó cerca de ¢60 millones por la taquilla.
Este fue el primer partido que los morados juegan a estadio lleno en el presente Torneo de Clausura y solo se recuerdan dos ocasiones durante la temporada: la semifinal (ante Puntarenas) y la final (frente a Pérez Zeledón) del Apertura.
Bullicio. El gentío hizo que en las gradas predominara gran algarabía y un arco iris de camisetas, gorras, banderas y pañuelos.
Pero lo que más llamaba la atención era el ensordecedor ruido que producían tantas gargantas gritando su aliento a los jugadores.
Era tanto, que los futbolistas no escuchaban el silbato que soplaba Jhóccer Molina. A los tres minutos, Rolando Fonseca fue la primera víctima del bullicio: marcó, pero la acción había sido anulada antes.
La gradería sur le añadió los cánticos propios de la Ultramorada , la que alcanzó el clímax cuando en sus narices fue derribado Rónald Gómez para el penal que luego detuvo Wardy Alfaro. Éxtasis y agonía se unieron al momento.
En la tribuna norte se instaló la Doce, porra de la Liga. Escasa en número, no tuvo la vistosidad ni los decibeles de su contraparte.
Aunque fueron inferiores en número, los hinchas manudos recibieron un buen trato de los anfitriones. No hubo insultos a los erizos, que tampoco provocaron.
Contra quien sí hubo reclamos de ambas partes fue hacia el árbitro, a quien le reclamaron "cortar" el futbol con exceso de pitazos.
La mayor muestra de descontento se presentó al final del cotejo, cuando Molina anuló una anotación conseguida por Wálter Centeno ante pase de Rándall Azofeifa, quien cobró un tiro libre.
Mientras Paté y compañeros celebraban, el silbatero señaló que el volante concretó en posición prohibida. Entonces, cientos de gargantas moradas gritaron su enojo.
Con el pitazo final se acabó la tensión en las gradas, pero se trasladó a las calles.
Morados y manudos se trenzaron en discusiones en cuanto a cuál equipo ganó más (o perdió menos) con el empate a cero.
Hubo, incluso, amagos de violencia física, pero la presencia de la policía, en especial la montada, impidió que se llegara a las manos.
Poco a poco el estadio y sus cercanías quedaron en solitario, aunque -como de costumbre-, regadas por una gran cantidad de basura, señal inequívoca de que hubo mucha gente y gran algarabía.