Este Mundial se merecía juntar a las dos escuelas de mayor abolengo en una final.
¿Acaso no ha sido una Copa única? Anote: fletó temprano a los dos favoritos (Argentina y Francia), dejó en ridículo a las grandes estrellas (Zidane, Verón, Chilavert, Batistuta, Recoba, Henri, Sucker, Figo, Keane y Okocha), jubiló a varios figurones del banquillo (Lemerre, Maldini, Bora , Oliveira, Bielsa y Jozic) y vistió de sorpresa a equipos impensados: Corea del Sur, Senegal, Estados Unidos y Turquía.
El broche, en consecuencia, debía ser igualmente único. Quizá por ello el destino materializó la final soñada, que, a simple vista, nos plantea un duelo entre dos estilos opuestos: el rigor alemán frente a la fantasía brasileña. O si prefiere verlo de otra manera, la solidez del sistema ante la desfachatez del genio y la inventiva.
Si ya tomó partido por alguno de los finalistas, no se llame a engaño con los pronósticos fáciles. Brasil la tendrá difícil el domingo en el estadio Yokohama.
Alemania es una máquina de hacer podios. Échele un vistazo a la historia: desde 1954 es el gran candidato de Europa en las Copas del Mundo. Posee tres títulos, está a uno de igualar a Brasil y tiene fama de no bajar los brazos nunca.
Los alemanes siempre se agigantan en la adversidad, gracias a su espíritu indomable. Y, en el plano que nos ocupa, el técnico-táctico, es el equipo más refinado del mundo: su bloque nunca se agrieta, es un devoto de la disciplina y las dos o tres recetas de gol que domina, las aplica de memoria.
Esta Alemania versión 2002 viene granítica desde atrás, con un guardameta como Oliver Kahn, especialista en simplificar lo difícil. Oli achata el peligro, le baja el perfil con sus achiques sobrios que tienen un efecto psicológico sobre el rival: les encoge el arco.
En el principal pecado de los germanos descansa su gran virtud: anotan un solo gol, es cierto, pero lo defienden a cabalidad. Históricamente han armado equipos que descansan sobre su solidez defensiva. La Bundesliga (torneo local) es un caldo de cultivo de grandes porteros y defensores, de ahí que Kahn y Metzelder, Kehl, Linke, Frings y Schneider, son dignos herederos de los Seep Maier, Verti Vogts, Beckenbauer, Sammer.
El gran problema del técnico Rudi Voeller será reemplazar a Michael Ballack ausente por acumulación de amarillas, su gestor del juego ofensivo, cuya plaza la ocuparía Jens Jeremies. El mediocampista del Bayern es un típico volante central, de ida y vuelta, pero sin toque de pelota ni arribo a gol. La carta de Rudi pasaría por un ajuste táctico: adelantar a Christian Ziege como media punta, retrasar a Hamann y recostar Neuville sobre la izquierda (vea infográfico). Miroslav Klose, el llanero solitario del ataque, dispondría así de un proveedor de balones a sus espaldas, en tanto que Neuville podría ganar la banda y tirarle centros.
Si Alemania es una máquina de precisión perfecta, el tetracampeón Brasil es la encarnación de la fantasía. Pero, cuidado, que los auriverdes no están rezagados en lo táctico. En la verdeamarelha , tras el sonado fracaso de Telé Santana en España 82, con aquella selección fantástica de Sócrates, Falcao, Zico y Toninho Cerezo, se empezó a reparar en aspectos tácticos y de organización. En los 90 adoptó el sistema de líbero con marcadores, y empezaron a ganar protagonismo en la alineación, junto a los estilistas, los volantes centrales garantes del equilibrio, tipo Dunga o Mauro Silva.
Esta selección de Scolari tiene dos buenos representantes de esa estirpe: Kleberson y Gilberto Silva, un par de "cabezas frías" con mucha marca y anticipación, en un equipo frenético y obsesionado por el ataque. Pero, lo mejor de Brasil siguen siendo sus individualidades, generosas en los costados, con ese par de "aviones" llamados Cafú y Roberto Carlos, y espectaculares del medio hacia arriba cada vez que Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo toman la pelota.
Estas escuelas dispares se enfrentarán el domingo en Yokohama.
Brasil parte como lógico favorito, pero, Alemania es Alemania.