Predecir que Giselle Goyenaga sería la primera baja del gabinete de Laura Chinchilla era sencillo, hasta para aquel adivino tico que fue incapaz de adivinar su propio asalto.
Más bien, doña Goyenaga duró mucho en el puesto; son las cosas que pasan en Costa Rica.
Recién nombrada, concedió una entrevista a La Nación; encuentro que me tocó transcribir y redactar.
Fue una tarea penosa: sus ideas y proyectos con el deporte tenían la profundidad de un charco; su discurso devino nervioso e incoherente, como le pasaría en Mónaco meses más tarde. La entrevista salió porque la página no puede publicarse en blanco.
Sin ser un genio, supe que ella sería la primera baja del gobierno, tal fue la pobre impresión que me dejó aquella entrevista.
Conforme pasó el tiempo, hilvanó desacierto tras desacierto. El incidente monegasco nos llenó de vergüenza ajena: fue el más chambón, pero no el peor.
Dice la presidenta Laura Chinchilla que revisó sus atestados antes de designarla.
No podemos dudar de la palabra de la mandataria, mas es imposible de creer que en este país no existieran, al menos, 10 personas justas con currículos superiores, mayores conocimientos y mejores aptitudes para un cargo tan delicado.
Como tenemos que dar por cierta la afirmación de Chinchilla, le recordamos el capítulo XXII de El príncipe de Maquiavelo: ahí se enseña que a un gobernante se le tiene por sabio y prudente por la selección de sus colaboradores.
Por eso no se vale que doña Laura y su ministro de la Presidencia, Marco Vargas, nos maquillen la gestión de la señora y nos hablen de los logros de una gestión sin rumbo, que no dejó huellas.
Tal actitud demuestra cómo los políticos nos toman por tonticos.
¿Por qué llegó Giselle Goyenaga? ¿Por qué duró tanto?
Las respuestas a ambas preguntas son suficientes para sonrojar a cualquiera de este gobierno.
Ya se fue y se le dio una salida digna (las siempre cómodas “razones personales”) a una funcionaria que opacó en grado sumo el puesto que se le encomendó (sin olvidar que ella no se nombró sola).
Se fue al sitio donde pasan sus días personajes de la talla del perínclito y el nunca bien olvidado doctorcito .
Ya se fue y ojalá pronto la acompañe el alto funcionario del deporte estatal que resistió el remezón (¡pero qué pereza hablar de él hoy!).