Desde 2004, todas las muestras de orina y sangre que tienen que facilitar todos los atletas terminan en un gran congelador, en un laboratorio en Lausana, Suiza.
Esas muestras, repartidas por colores diferentes, según las Olimpiadas, se conservan a 20 grados centígrados bajo cero para evitar su degradación, con la idea de que puedan ser utilizadas en el futuro para ser sometidas a nuevos métodos que no se tenían en el pasado.
La ceremonia de clausura de los Juegos no es una garantía de impunidad para los atletas dopados, que permanecen con la amenaza de ser descubiertos durante ocho años, el plazo de prescripción fijado por el Código Mundial Antidopaje.
En ocho años, los métodos de detección de variantes del EPO se han perfeccionado y los de la hormona de crecimiento han permitido “cazar” a varios deportistas, mientras que ahora existen pruebas para la insulina u otros productos que antes no se detectaban.
Los primeros “análisis complementarios” efectuados por el COI en 2009 fueron fructíferos.