Nadar por primera vez 3,2 kilómetros en el mar ya era, por sí solo, un mundo nuevo, toda una experiencia incluso sin haberla completado.
Pero hacerla reforzó o agregó sentimientos esperados y otros no tanto, sobre todo de sorpresa, enseñanza y satisfacción.

La elección fue las Aguas Abiertas de Las Catalinas, en Guanacaste. Había escuchado del lugar, de una natación hermosa y se ajustaba a mi deseo de empezar el año retándome con más distancia.
“La natación es bastante plana cuando no hay viento, pero se complica cuando hay y justamente hoy hubo bastante”, contó el sábado, horas después de la competencia, el organizador Luis Diego Chaverri.
Eso me habían dicho días antes, incluso el viernes en la noche el mismísimo Leonardo Chacón, quien me comentó que el agua estaba calmada... aunque en el mar todo puede cambiar.
Definitivamente le agregó ingredientes a un evento que desde la inscripción puede resultar emocionante. Los entrenamientos, la búsqueda de hospedaje, hidratación, la comida, el tiempo que quisiera hacer, pensar en los pequeños detalles o imaginar el escenario, por ejemplo.
En eso último me quedé corta en mi imaginación. No solo por el viento. El viernes llegué a Brasilito, donde estaba el hotel, y en la noche me trasladé a Las Catalinas, en un trayecto de 20 minutos.
Ese día fue la entrega de paquetes en un pueblo o ciudad que intenta ser visto como tal y del que, al menos yo, no tenía idea.
Desde la entrada sorprende una arquitectura que invita a recorrer sus calles, únicamente peatonales (un alivio para la vista). No es un lugar privado, ahí entra quien quiera; para hospedarse obviamente es otra historia.
Hay oficinas, tiendas, casas, apartamentos, parques recreativos, un restaurante y más proyectos en mente. Su filosofía es “crear una forma de vida que sea saludable, sostenible, satisfactoria y divertida”.
Se ajusta a un fin de semana lleno de deporte. Por eso, desde hace siete años se realiza el triatlón de montaña y desde hace cinco las aguas abiertas.
Con ese aperitivo no sabía si aumentaba la ansiedad, la emoción, el miedo, la felicidad, o todos juntos. Después de la charla técnica y una cena de pastas, todo estaba dicho.
El sábado a las 7:15 a. m. me esperaba a mí y a 98 personas más un circuito de 1.600 metros demarcado por ocho boyas y al que había que darle dos vueltas, o solamente una para la distancia menor, en la que compitieron 150 más.

El mar de pocas olas se convirtió en una natación difícil. El sábado fue un día sumamente ventoso en Guanacaste y otras partes del país, debido a un sistema de alta presión que quedó más que evidente en el agua.
Definitivamente el mar enseña lo que la piscina no puede. Para sentirse fuerte dentro de él hay que visitarlo frecuentemente.
Las primeras brazadas fueron de felicidad, al darme cuenta que veía corales y había una relativa claridad; en pruebas anteriores eso no lo pude disfrutar.
“Los problemas” empezaron cuando tragué el primer sorbo de agua. Lo que tanto quería evitar sucedió apenas en 200 metros. Ya de entrada la garganta iba seca, queda una necesidad de agua dulce, potable... pero era muy temprano para lamentos.
Dando la primera vuelta hacia la izquierda llegué a la parte más complicada del circuito —y la más larga—. El viento soplaba fuerte, era como una cachetada en cada respiración y el mar me movía fácilmente. Perdí la cuenta de las veces que seguí probando el agua salada.
El mar es impredecible, me dijo una experimentada nadadora hace pocas semanas en entrevista. Eso lo comprobé ahí, en playa Danta, el marco ideal que completa al pueblo de Las Catalinas.
Y sucedió algo que me dijeron que se debe evitar: quedarse sola. Lo ideal en el mar es estar con un grupo, de un ritmo similar al suyo.
No observaba la boya, algo fundamental para ubicarse, y me extravié algunos metros, no podría decir cuántos. No era la única y otra nadadora tomó la voz de guía: “por aquí”. Ella, otra persona y yo seguimos un poco más y logramos ver de lejos las brazadas de quienes iban adelante.
Todo estaba mejorando, la lógica dice que en la segunda mitad se va más cansando, pero sentí lo contrario. Iba cómoda después de los 1.600 metros. Fue algo así como una vuelta de reconocimiento, aunque no era la idea.
Mientras tanto, no quise ver el reloj. Sabrá Dios si estuvo bien o no. Tardé cuatro minutos más de lo deseado, pero quedé con dos sentimientos, uno de satisfacción y otro de certeza: las Aguas Abiertas de Las Catalinas debería ser un infaltable en la lista de nadadores.
Un lugar acogedor, una organización notable y las playas Danta y su “hija”, Dantita, hacen un panorama ideal.
