Por Juan Frisuelos
Lisboa, 1 may (EFE).- El portugués José Mourinho, ya ex entrenador del Oporto y desde mañana del Chelsea, ha conseguido en cuatro años situarse en la cima del fútbol europeo y quienes le conocen dicen que una de sus recetas es no tener miedo a ser mal visto u odiado.
Como todos los grandes líderes, y Mourinho se considera uno de ellos, el técnico capaz de llevar a Oporto la Liga de Campeones es obcecado y se considera toda una autoridad en la materia, pero la verdad es que vive el fútbol desde que se levanta hasta que se acuesta.
"Tengo que admitir que la imagen que transmito es la de alguien poco simpático, un poquito arrogante, inconveniente a veces", dice de si mismo, y también bromea sobre sus ideas políticas: "Soy de derechas. Ser de derecha en Setúbal (su patria chica y feudo comunista) es más difícil que ser del Oporto en Lisboa".
A la hora de valorarse ha comentado en alguna ocasión que "estoy tan convencido de mis potencialidades, de mis capacidades y de mi competencia, que no voy a tener mayor confianza en mí mismo ni decisión por ganar o no títulos".
Con sus jugadores, dicen algunos de ellos, es un líder que sabe motivarles, por eso varios de los futbolistas que trabajaban hasta ahora con él en Oporto estarían dispuestos a seguirle ciegamente al Chelsea.
Además, el técnico es como esos padres que saben que cada hijo es diferente y requiere un tratamiento personalizado, y ello acaba por traducirse en un ambiente especial en el vestuario y se dice que a Mourinho le adoran hasta quienes se ven relegados a la suplencia en el banquillo, convencidos de que ello no es más que un camino a la titularidad.
El mismo ha dicho que le gusta "atizar el orgullo de mis jugadores", lo que para otros no es más que una facilidad suya para jugar con las emociones ajenas.
Cuentan que las vísperas de los partidos decisivos Mourinho les habla en ocasiones a sus pupilos de la buena forma en la que están los adversarios y de que si no reaccionan encajarán una goleada, hasta conseguir que se sientan despreciados por el rival y saquen su orgullo a relucir.
En el banquillo del Benfica, por el que pasó, y en el del Oporto tienen un buen número de ejemplos de lo anterior, pero a él los retos no parecen quitarle el sueño y ha manifestado en alguna ocasión que "antes de los partidos estoy muy tranquilo y la noche anterior más. Siempre duermo muy bien, hasta el punto de que en los aviones a veces me quedo dormido antes de despegar".
Pero sabe que llegará el día de la derrota y dice: "Hay que ser realista. Conozco el fútbol por dentro y fuera, lo conozco desde que nací y sé que un entrenador por competente que sea, tiene alguna vez una mala temporada. Llegará la mía y cuando eso pase, haré frente a la situación con naturalidad".
Sus ideas a veces resultan primarias, como cuando sostiene que "el adversario es enemigo. Ni siquiera me gustan los saludos antes de comenzar el juego. Y cuando mis colegas entrenadores me desean buena suerte, ni les respondo".
Autor de su propio mito, en el libro de su amigo Luis Lourenso sobre el técnico se le atribuye la siguiente frase: "Nuestra imaginación no tiene límites, como no la tiene la confianza que vamos adquiriendo y nada de lo que nos suceda es una sorpresa. Nada nos dejará con la boca abierta".
En cuanto a su ya ex equipo, José Mourinho comentaba en vísperas de la final de la Liga de Campeones que "no sufrirá cuando salga. Es un equipo con gran porvenir. Si tuviese 55 años, quizás debía ganar la final e ir a disfrutar con mis hijos. Pero tengo una carrera por delante y aspiro a nuevos desafíos".
Seguro de si mismo ha dicho que, "quiéranlo o no, he pasado a ser un entrenador decisivo en la historia del Oporto. Cuando regrese dentro de diez años, seré aplaudido, bien recibido y querido". EFE
jff.arh